Desde mi trinchera: sobre la derechización de la izquierda y la guerra social

Publicado originalmente en La Soli

En nuestros barrios se está librando una guerra. Silenciosa y lenta, pero guerra al fin. Hay una guerra cotidiana, contra el hambre, el desempleo, los desahucios y, a veces, de vecinos contra vecinos, pero también hay una guerra social de mayor envergadura. Es una guerra ideológica, aunque nadie de mi alrededor le daría ese nombre.

Escribo esto desde mi viejo móvil, sentado en el banco de una plaza. Estoy haciendo tiempo hasta que lleguen las vecinas y afiliadas del recién reconstituido Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria. [1]  Nos queda por delante una mañana de gestiones administrativas en el ayuntamiento. Tenemos encima un proceso de desahucio masivo. ¿Por qué las vecinas contactan con unas anarquistas para detenerlo? Porque nos conocen, lo primero; porque les hemos demostrado que sabemos de lo que hablamos; porque somos eficaces. Sin el contacto, el conocimiento y la eficiencia bien podrían haber buscado otra mano. No es la ideología en abstracto lo que les une a nosotras. Ese proceso, de preguntas y respuestas, de curiosidad por lo que significa “anarquismo”, de comentarios por lo que han visto en Youtube, se dará algo más adelante, quizás hoy mismo, pero siempre después de entablar una relación de cercanía y demostrar la solvencia de las propias herramientas. Es lo que hace que en esa guerra no abiertamente declarada que les comentaba antes, estas vecinas estén en nuestro bando y lo hagan suyo. Pero el enemigo, toca admitirlo, bien podría habérsenos adelantado. De hecho, casi siempre, parte con ventaja.

En los barrios compiten diariamente fórmulas organizativas y de confrontación con la realidad antagónicas y excluyentes. De hecho se despedazan y mutilan a diario. A veces hasta mueren ante nuestros ojos.

Ningún sistema de ideas es más fuerte en los barrios que el que emana del capitalismo. Es muy difícil competir con él, ni siquiera plantarle cara. El consumismo es ley sagrada, por encima de cualquier precepto religioso y afectivo. La burguesía progresista no entiende que se dé este fenómeno entre los pobres. Parece que creen que los anuncios y vídeoclips, las vallas publicitarias, las películas y demás artefactos comerciales están codificados y no son accesibles para los que no tenemos recursos. No queridos, lo que sale en las televisiones de ustedes también sale en las nuestras y nos ordenan lo mismo. Nos dictan que para ser seres humanos completos estemos dispuestos a prescindir de lo básico, pero no de electrodomésticos, de marcas, de vehículos, ni de todo lo que ustedes tienen pero sin renunciar nada. Ya explicaba Galeano que en hogares donde falta leche sí hay Coca-cola. [2]

También en el barrio hay fascismo, y no debemos infravalorar este hecho. Un fascismo informal, sin  desfiles militares ni marchas con antorchas, pero fascismo en esencia. Esa necesidad de “un hombre fuerte”, de un líder que ponga orden, que esté dispuesto a meter “mano dura”, es muy común. El culto a la fuerza bruta, a la “hombría”, prepara el terreno para el machismo menos retórico, aun en comunidades impulsadas y construidas mayoritariamente por mujeres. El racismo, la búsqueda de un enemigo exterior, de un culpable identificable por su color y acento, no por su bolsillo, es otro recurso recurrente, también en barrios multiculturales. El fascismo sociológico y cultural antecede al político.

Pero ¿podemos quejarnos de que eso pase en los barrios cuando la izquierda bien formada y educada, la izquierda universitaria, la izquierda politizada, de asamblea o partido, de terraza y Gin tonic, está cada vez más derechizada?

Bramamos contra el auge de los partidos de extremaderecha sin ser capaces de mirar más allá de nuestras narices. La sociedad se derechiza cuando hasta la izquierda política, los movimientos sociales, o incluso el anarquismo, están cada vez más derechizados.

Ciegos de determinismo positivista, creemos que todo necesariamente siempre va a mejor, que nuestra izquierda de hoy tendría que estar necesariamente más evolucionada que la de hace décadas. La realidad es que nuestra izquierda contemporánea apesta a espacio cerrado, involuciona año tras año y no deja de desplazarse hasta posiciones cada vez más conservadoras y reaccionarias. Más allá del aspecto simbólico, en muchas ocasiones es imposible diferenciar el discurso y la políticas de la izquierda de las de la derecha.

Tenemos una izquierda casposa comprando el discurso antimigración de la extremaderecha, a una cohorte de señores rojos, intelectualmente seniles, hablando de “buenismo” y de que “aquí no caben todos”, mientras alaban las políticas fascistas de Salvini, Le Pen o Trump. Tenemos una izquierda demagoga, alérgica a la diversidad, envidiosa de las fórmulas populistas empleadas por la derecha para despertar los más bajos instintos. Una izquierda de puro, copa de coñac y peña taurina que nos explica desde las estanterías del Corte Inglés que el problema de la clase obrera son sus distintos adjetivos sociales y no que el capitalismo la haya precarizado y atomizado laboralmente.

Tenemos a una izquierda patriótica desatada, borracha de ultranacionalismo español. El conflicto catalán ha dejado al descubierto el chovinismo y el fanatismo patriótico de una izquierda ciega de banderas, más preocupada por mantener la integridad del Estado que por tumbar reformas laborales, leyes de extranjería o rebajar la edad de jubilación. Una izquierda que intenta exportar de forma acrítica la narrativa de “patria o muerte” de los países colonizados, sin asumir que eso no vale cuando tu país ha sido el colonizador, el imperio. Después de 40 años de dictadura, aún esperan rescatar banderas pintadas en charcos de sangre y que el nombre de España no produzca arcadas o escalofríos.

Tenemos también incrustado en el movimiento feminista corrientes ideológicas acostumbradas a disparar horizontalmente y nunca verticalmente, subescuelas que odian más a las putas que a la prostitución, que discriminan a las mujeres trans y las llaman “señores con tetas”, sin sentir el más mínimo espasmo de vergüenza al reproducir el mismo argumentario machista que legitima la esclavitud fundada en el género. Han levantada su iglesia sobre un altar innatista, y prefieren por compañeras de barricada a ministras, banqueras, policías, militares y reinas, antes que a putas, presas, migrantes, pobres y paradas. Su mayor enemigo no es el patriarcado, sino las putas organizadas y las mujeres trans gritando feminismo.

Tenemos, en fin, una izquierda profundamente gilipollas, conservadora y tan derechizada que ya no es posible distinguirla de las opciones reaccionarias.

¿Cómo podemos quejarnos del avance social de la derecha cuando se ha renunciado a presentarle batalla callejera en beneficio de una vía electoral racionalizada, cuando no directamente defendida, incluso por libertarios? Cuando hasta dentro del anarquismo –esa tendencia socialista que siempre se consideró opuesta a la conquista del poder político y se caracterizó por su abstencionismo [3] – empiezan a surgir voces que minimizan los efectos de la participación institucional, eso significa que todo el arco ideológico, todo el espectro político y social, ha girado en bloque hacia la derecha.

Ante la derechización integral que estamos viviendo, el anarquismo debería marcarse un rumbo claro e inequívoco: si todos desfilan hacia arriba, a nosotras nos toca marchar hacia abajo. Por vocación y necesidad, ese fue nuestro papel en todas las escenas históricas de la tragedia social. Nosotras, con independencia de nuestra propia ascendencia, siempre nos situamos entre las oprimidas y marginadas, sin segregar ni discriminar, sin mutilar diferencias ni tratar de meter la individualidad en un molde uniforme. Ese fue el campo de trabajo de las anarquistas de todas las épocas y también, a pesar de las excepciones, ese fue el ambiente en el que más se las aceptó, porque siempre hubo motivos sociales, económicos, e incluso culturales, para ello.

Y es que en esa guerra ideológica subterránea, innombrada, no sólo hay capitalismo y fascismo, también queda un reducto para el comunismo libertario. En los barrios, aunque cada vez menos, aún sobreviven códigos solidarios. El apoyo mutuo no ha sido completamente erradicado. De hecho lo común sobrevive aún en algunas comunidades de vecinos. Familias que comen indistintamente en unas casas y en otras, que recogen a los hijos de sus vecinos a la salida del colegio tal y como hacen con los suyos, que se mueven juntos en coche cuando estos escasean. Niños que duermen en casas de sus vecinos, que meriendan cada día en una cocina diferente, que son cuidados y queridos por personas con las que no comparten ninguna relación consanguinea. Ese vínculo, cada vez más débil y desvirtuado, aún no ha muerto en algunas de nuestras comunidades. En los barrios, rodeados de confidentes y chivatos, sobrevive el odio a la policía, el desprecio al colaboracionista. Y también se mantiene el rechazo a la legalidad que nos impide sobrevivir, la hostilidad al sistema judicial y sus cárceles. Además, y a pesar de la labor estatólotra de las instituciones, con su dependencia y paternalismo, con el cordón umbilical de acero que supone para los más pobres las ayudas y los subsidios, subsiste el deprecio al político y la desconfianza hacia los grandes poderes estatales. El anarquismo, sin ese nombre, sobrevive en los barrios. Son las anarquistas las que no sobreviven en ellos.

Ciertamente estas fórmulas pierden cada día más terreno, y en algunas barrios están en total decadencia. Si antes se escupía al suelo cuando se veía pasar un coche de policía, ahora a nadie le extraña que uno de nuestros vecinos, en ocasiones el mismo que pasa hachís o tiene a los padres viviendo de okupas, esté “estudiando” para policía. La mentalidad del “sálvese quien pueda” ha sustituido en muchos sitios esos códigos internos de solidaridad que antes comentaba. El aplastar al débil, aprovecharse y sacar tajada es casi el ABC de algunas de nuestras calles.

Sin embargo, con todo y eso, el campo de trabajó óptimo –aunque duro y arriesgado– del anarquismo está ahí: en frenar ese deterioro acelerado de los valores solidarios y en reforzar el rechazo contra el Sistema, radicalizar el conflicto entre Sociedad y Estado, entre Comunidad y Capitalismo.

Sin embargo, la práctica cotidiana del movimiento libertario no suele ir por esos derroteros. En realidad hay dos tipos de militancia: para convencidos y para convencer. Se suele preferir la primera, es más cómoda y permite largas conversaciones sobre pequeños detalles revolucionarios; pero es con la segunda con la que se crece y se hace revolución. Pensar sin actuar siempre fue más fácil que actuar pensando. Ciertamente las ideas son muy importantes: son el motor que inician y continúan los proyectos políticos. Pero creer que su solvencia en el plano intelectual basta para que lleguen a la gente es algo terriblemente ingenuo. Numerosos filósofos y pensadores han acabado asumiendo la anarquía como “el fin ideal de la humanidad”. Hay pocas personas que, mientras sean tolerantes, desprejuiciadas y con una mente abierta, no acaben reconociendo después de una conversación que sería “el sistema más deseable”, por mucho que lo definan como utópico. Hasta los marxistas clásicos reconocían que el objetivo final del socialismo era una sociedad comunista sin clases y sin Estado, es decir: la anarquía. La fuerza intelectual del anarquismo es evidente para el interlocutor “formado”. Pero esto, por sí sólo, es sólo un poco menos que nada. La mejor idea, mientras no se materialice ni intervenga en la vida real de la gente, vale tanto, a efectos prácticos, como la peor.

La teoría anarquista puede sofisticarse o simplificarse cuanto se quiera (mejor esto último), pero por atractiva que intentemos presentarla, por persuasivo que nos parezca su soporte, nunca transcenderá del terreno de las hipótesis si no se acompaña de una práctica anarquista. Es éste el verdadero escollo que debemos salvar y contra el que recurrentemente ha tropezado el anarquismo.

La alternativa libertaria siempre había sido inminentemente masticable, tangible, concreta. Si estaba errada o era cierta podría demostrarse a los pocos minutos de enunciarla. Bastaba una huelga, un conflicto laboral o social, para ver en qué quedaba eso del apoyo mutuo y la acción directa. En un período de revoluciones, como fue el que transcurrió entre 1871-1936, nuestras propuesta fue sometida a varias pruebas de fuego. La fuerza y la debilidad del programa anarquista residía ahí: en que su validez o ineficacia podía contratarse en el propio terreno de la revolución práctica, en el mismo campo de la vida. ¿Y no es eso lo que, por suerte o por desgracia, ocurre con el resto de planteamientos políticos y sociales? Lamentablemente, no. La mayoría se escudan en elementos abstractos, inaprensibles, etéreos, que, a lo sumo, culminarán en el más allá (sea esto una interminable etapa intermedia o la ascensión al cielo), y que por tanto no pueden contrastarse aunque sometan a la gente, diariamente, a una vida miserable.

Asumir que el problema que padecemos es el sistema político y económico en su conjunto, conlleva una solución compleja y comprometida, atacar a estructuras de poder que están dispuestas a defenderse con un arsenal mucho más amplio que el nuestro; asumir que son los migrantes o cualquier otro chivo expiatorio, colectivos humanos identificables, criminalizables, en los márgenes del poder, sólo requiere dos cosas: irreflexión y odio. Es un planteamiento que ya desarrolló Hans Magnus Enzensberger en El corto verano de la anarquía (1972): defender la religión, la santidad de  un carpintero o la grandeza inmortal de la patria no requiere una demostración práctica; defender un modelo de autogestión que garantice el techo, una alimentación suficiente, la igualdad económica y la libertad política si requiere una demostración sobre el terreno [4].

El anarquismo huye cada vez más de este terreno de los hechos concretos, y cuanto más se escuda en la sofística, en la doctrina convertida en dogma y no en praxis, más se escora a la derecha, porque pierde el contacto con el medio natural que lo radicaliza: la calle, la mugre, el pueblo, o como carajo quieran llamarlo.

La izquierda hace ya mucho que se alejó de la gente real, a la que ve como en un cuadro naturalista del siglo XIX, con una caricaturización (toda idealización lo es) de un obrero que sólo puede ser hombre, blanco, heterosexual y de mediana edad. Cree ser “pragmática” al aludir a este arquetipo, y eso sólo demuestra que hace mucho tiempo que no pisa un barrio o un tajo, donde el sustantivo obrera, desempleada o desahuciada puede recibir el adjetivo de migrante, trans o lesbiana. Y el anarquismo, por complejo o comodidad, le acompaña, cada vez más, en ese viaje hacia ninguna parte.

Sí, la sociedad está derechizada, y la culpa es en gran parte de la propia izquierda. ¿Por qué ha perdido el rumbo marcado por pensadores centenarios, ha ignorado los viejos decálogos y ha abrazado las ideologías posmodernistas y fluidas? No, porque ha abandonado su barricada al lado de la gente de a pie para abrazar posturas cada vez más clasistas, conservadoras, discriminatorias y reaccionarias. Esa es nuestra realidad, la que debemos enfrentar a la cara. Al borde de que se cumpla el centenario de la irrupción histórica del fascismo, ¿podemos hablar de un resurgimiento totalitario, de una preponderancia de las ideas que nos abren las puertas de los hornos crematorios? Sí, y repito, es en gran parte responsabilidad de una izquierda inminentemente retrograda.

Cuando la izquierda se vuelve fascista, el fascismo se vuelve hegemónico.

 

Ruymán Rodríguez

 

REFERENCIAS

[1]Inicié este texto a mediados de diciembre del 2018. Hasta hoy, agosto de 2019, después de 8 meses de intensa militancia habitacional, no he tenido tiempo de retomarlo y terminarlo.

[2]“Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor trasmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio” (Eduardo Galeano, Patas arriba: Escuela del mundo al revés, 1998).

[3]Para el historiador José Álvarez Junco,aunque pueda parecer una simplificación, el “anarquismo se distinguía de cualquier otro movimiento político contemporáneo por su antipoliticismo”, según él esa era la “carácteristica verdaderamente definitoria del anarquismo” (intervención en La víspera de nuestro tiempo. Diálogos con la historia, en el programada dedicado al anarquismo del 5 de enero de 1982). Para más información leer la recurrente tesis del mismo autor La ideología política del anarquismo español, 1868-1910 (1976).

[4]“[…] Las  promesas  del  fascismo  estaban  más  allá de  toda práctica  posible,  desde  el  principio.  Se  excluía un  conflicto  con  la realidad social. ¿Quién podría definir racionalmente lo que exige el honor de la nación española o a qué aspiran los deseos de la Santa Virgen? El cielo no suele desautorizar a sus beneficiarios ideológicos.  Cuanto  más  trascendentales  son  los  valores  que  invoca  una ideología,  tanto  más  grande  suele  ser  la  falta  de  escrúpulos  de  sus defensores.  […] Fue  precisamente  la  total  irracionalidad  de  sus  consignas  lo  que favoreció la fascinación ideológica del fascismo. En España, como antes  lo  había  hecho  en  Italia  y  en  Alemania,  el  fascismo  activó fuerzas inconscientes en cuya existencia la izquierda no había reparado: temores y resentimientos que existían también en el seno de la  clase  obrera.  Lo  que  los  anarquistas  prometían  y  no  pudieron realizar  era  un  mundo  completamente terrenal,  un  mundo  enteramente futuro en el cual desaparecían el Estado y la Iglesia, la familia y la propiedad. […] En cambio, el fascismo ofrecía el pasado como refugio, un pasado  que  naturalmente  nunca  había  existido.  El  odio  contra el  mundo  moderno,  que  tan  mal  había  tratado  a  España  desde  el Siglo de las Luces, pudo encastillarse en una Edad Media ficticia, y la  identidad amenazada  se  aferró  a  las  rejas  institucionales  del Estado autoritario”. (H.M. Enzensberger, op.cit.).

 

 

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