La madurez militante

(Aparecido originalmente en el nº 43 de Ekintza Zuzena, de diciembre de 2016)

Hemos de aceptar que actualmente existe un divorcio entre el anarquismo y el resto de la población. Cuando se plantea abiertamente esta circunstancia la mayoría de anarquistas suelen afrontarla con tres actitudes que considero igualmente erróneas: negación, aceptación orgullosa y desesperación por enmendarlo a cualquier precio.

La negación es fácilmente identificable y sin embargo es uno de los aspectos que menos nos cuestionamos. Es incómodo sonreír y no tener los dientes tan limpios como se esperaba. La negación parte de una concepción pueril y dogmática del anarquismo que podríamos resumir así: el anarquismo es una idea superior; sus adeptos, superhombres o supermujeres; la Anarquía (como concepto abstracto) sustituye a Dios. ¿División entre el pueblo y el anarquismo? Gilipolleces. El anarquismo es lo mejor, insuperable, incuestionable, incriticable; el pueblo es anarquista, sólo que no lo sabe ¡hay que despertarlo!; siendo los mejores y moralmente superiores al resto, nos toca iluminar al pueblo; nuestro descrédito actual se debe exclusivamente a la manipulación mediática y al tándem Estado/Capital; no tenemos ninguna responsabilidad; volveremos a ser grandes; la revolución está cerca; vamos a nuestros locales a regodearnos con esta idea.

Este pensamiento lo relaciono con nuestra infancia militante. Es lo que sucede cuando uno se entusiasma con algo de forma ciega, acrítica, cuando nos gusta sentirnos pertenecientes a un grupo por la propia idea de pertenencia (identitarismo social), pero sin necesidad de trabajar por un objetivo concreto. Es la mentalidad infantil del groupie o del hincha de fútbol; su ídolo o su equipo son intocables, matarían por él, pero todo ese fanatismo lo concentran en un objeto superior y por ello ajeno a ellos mismos. Esta idea, ingenua pero tremendamente autodestructiva, no acepta ni admite el autoanálisis ni la autocrítica necesaria para detectar fallos, implementar estrategias y hacer que los objetivos anarquistas puedan dotarse de realidad a corto plazo. Ha sustituido la militancia real por las consignas, la simbología, los mitos y el folclore. Su campo de trabajo es la nostalgia y la escolástica; construir la revolución hoy, día a día, destruiría su idealización de un movimiento y un pasado.

Tenemos después la aceptación orgullosa ante esa separación con la gente de a pie. Puede que esta actitud sea el resultado de una salida traumática de la anterior etapa, de un choque con la realidad; puede también que sea el fruto de un contacto poco satisfactorio con los demás. Este período de descreimiento y hostilidad hacia el resto, de encerrarse altivamente en un mismo, lo asocio con la etapa adolescente de nuestra militancia. Esta actitud, entendible en un principio, poco a poco tiende a degenerar en la más abyecta autocomplacencia.

Como anarquistas es lógico sentir aversión hacia a lo que nos rodea, no sentirse identificados con la sociedad que nos ha tocado, sentirse distanciados de sus usos y costumbres, humillantes y opresivos. Pero la cuestión es si esta distancia la sentimos hacia la opresión o hacia los oprimidos. Hay gente muy orgullosa de su anarquismo, tanto que lo considera un artilugio exquisito y complicado, de uso restringido, no apto para ineptos. Creen situarse con Albert Libertad en su oposición a los pastores y a los rebaños, pero sólo odian a los rebaños, y del rebaño a las ovejas más raquíticas y tullidas. Buscan grados de perfección, encerrados en herméticos círculos de retroalimentación, y todo lo que suene a popular, inculto, sucio, pobre, “lumpen”, les da alergia. Como los anteriores, pero en este caso con desprecio hacia la “gente normal”, no quieren mezclarse con nada que no huela a ideología, porque cualquier contacto con la realidad rompería su perfecto concepto de una idea de invernadero, protegida de la luz y el aire tras un cristal. No pueden enfrentarse a la contradicción, al error, al fracaso. No sienten empatía, y su anarquismo es un monstruo cerebral pero sin corazón ni entrañas. Piensan a sí mismos en clave anarquista, y le ponen al término bonitos apellidos, pero son tristes aristócratas. Pueden sentirse amparados por Stirner, Zo d’Axa o La Boétie y su férula contra la servidumbre voluntaria, pero la verdad es que siguen ciegamente a Nietzsche, Sade o Spencer en el desprecio hacia el esclavo, recitando aquello de “que los pobres y débiles perezcan, primer principio de nuestro amor a los hombres. Y que se les ayude a morir”1. Sienten por la “plebe” lo mismo que el marqués o el empresario, pero lo disimulan tras la bandera negra y la jerga intelectual robada de la última novedad editorial. Ya lo decía Agustín Hamon: “contemplan al pueblo desde las serenas alturas donde moran y que la vil multitud jamás alcanzará. Se creen y se llaman a sí mismos superiores a la raza humana. Son libertarios… para ellos y autoritarios para los demás”2. Son el paso previo a una senectud amargada, incapaz de establecer contacto con la realidad, con sus actores, con la gente de carne y hueso; incapaces de contactar con la vida al fin. En su mente todo es perfecto, ¿por qué exiliarse de ella y salir a la calle? No moverse, quedarse quieto, ese es el secreto de la perfección; si no te mueves no hay margen de error. Quizás no sean felices, pero lo encubren tras una terrible sensación de superioridad que les hace sentirse orgullosos de no querer saber nada de los problemas de los demás; problemas que quizás, sin darse cuenta, puedan ser los suyos mismos.

Finalmente tenemos la desesperación, aunque desapasionada, por corregir esta situación. Quizás se provenga de las dos anteriores etapas, se esté cansado y ahíto de tanto tiempo perdido. Se ha crecido, emocional y biológicamente, y las malas experiencias, tanto con la irreflexión folclórica como con el esnobismo, ha llevado a tirar mucho equipaje ideológico, a aborrecer tanto purismo anarquista y a querer implicarse justo en lo que se cree lo contrario a lo que los anteriores defienden. Se busca seriedad, romper con los clichés, pero se tiene ya poca energía para crear nada nuevo y trazar la propia vía. Es lo que identifico como la vejez del anarquismo.

En esta etapa, por simple oposición, por agotamiento y renuncia, se traspasan todas las líneas rojas que uno mismo se había fijado para no parecerse a ese poder al que tanto se despreciaba, se acaba confundiendo la tolerancia con la renuncia, y se acaba apoyando la vía institucional o partidista. Es el momento en el que para centrarse se acaba en realidad desorientado, sin norte. Ya no se ve mal contemporizar con los partidos, cualquier aversión hacia ellos parece un prurito dogmático. Colaborar con lo institucional, votar, pierde su importancia; cualquier oposición a esto es una reminiscencia de estrechez tribal. Se cree que para aproximarse al pueblo hay que dejar de mostrar oposición a los mismos elementos que lo han despojado y destrozado, contemporizar con quienes lo saquean o manipulan. Al final, los militantes que han caído en la decrepitud, que no han sabido hacerse mayores de forma natural, defienden algo que no conserva ningún rasgo diferenciado con respecto a cualquier otra idea o práctica, nada que lo singularice lo suficiente de lo que predican los partidos o los sindicatos amarillos como para llamarlo anarquismo. Conservan el nombre por inercia, por rutina, porque son muchos años portándolo y el resto del espectro político está copado. La realidad es que se ha perdido cualquier atisbo de rebeldía, de oposición a ley, de carácter revolucionario; ya sólo interesa la parcialidad como meta, la concertación como fin, el mínimo como máximo. Se habla de comunismo libertario, pero tal y como los religiosos hablaban de la tierra prometida: una promesa de futuro que no llegaremos a ver. No queda nada trasformador. Todo se ha perdido, salvo el nombre.

A estas etapas pienso honestamente que hay que contraponerle la simple y llana madurez3. Hay momentos en los que comprendes que no necesitas la mitología para realizarte, ni la identidad grupal; que los tiempos de ritos iniciáticos han pasado; y que parecerse a quienes nos degradan y postergan, hacer las paces con ellos, no es un signo de amplitud de miras sino de rendición incondicional.

Podemos acercarnos al pueblo sin idealizarlo. Si se toma partido por su causa no es por sus cualidades y virtudes, sino porque en esta guerra son los damnificados, los que van perdiendo. Cuando intervenimos en una pelea no nos paramos a pensar si la víctima agredida le da un beso a sus hijos antes de acostarse o si respeta la vida de los animales; intervenimos aunque a lo mejor estamos ayudando a alguien que no es mejor que su agresor. No hace falta idealizar al que se lleva la peor parte para tomar partido. Cuando hablamos de las civilizaciones precolombinas, ¿necesitamos idealizarlas, mostrarlas libres de jerarquía, propiedad e injusticias para condenar y oponernos a la masacre que padecieron? No es necesario. Se puede uno acercar al pueblo aceptando sus fallos y contradicciones. Son muchos años de condicionamiento, de domesticación, no podemos pretender romper millones de cadenas mentales de un solo golpe. ¿Qué somos si no nosotros mismos? Parte de ese pueblo: una parte igual de sucia, de fea, de maloliente, con sus mismas mezquindades, prejuicios y estrecheces. Hemos de mirarnos al espejo, ver qué éramos antes de creer que habíamos aprendido cómo funciona el mundo, y cómo seguimos siendo en la intimidad y sin auditorio. Una parte, sin embargo, que pudo darse cuenta de su situación siguiendo un proceso que a nadie le está vedado, aunque se produzca de distintas formas.

Hemos de acercarnos a la gente a cara descubierta, sin renegar de lo que somos, con nuestros bártulos y herramientas, pero no para guiarla, sino para construir con ella. Basta de pensar que sólo podemos acercarnos a la gente a través de la caridad y el asistencialismo, de pensar que nos odian sólo por desconocimiento cuando a veces es porque nos conocen demasiado bien. Nos gusta hablar de quebrar la ley en lo teórico, incluso de participar en un acto catártico durante una manifestación, pero no somos conscientes de que se puede romper esa misma ley a favor de los intereses del pueblo y no contra los mismos. Cuando se okupa y se comparte, cuando se expropia y se socializa, cuando se para un desahucio a través de un piquete, la ley queda rota y la gente se siente identificada con lo que la han hecho añicos. Cuando salimos de nuestro ambiente, de nuestra zona de confort, surgen las contradicciones, pero también la única oportunidad de enfrentarnos a ellas y rebasarlas. Cuando analizamos la insolvencia y en vez de contemplarla resignados nos planteamos organizarla, plantearla no como una fatalidad sino como un desafío, podemos estar en disposición de crear sindicatos de inquilinos, organizaciones de deudores, de insolventes. Plantearnos como parte de un programa a largo plazo metas como las fijadas por la Comuna de París en 1871: liquidación de alquileres y cancelación de las deudas. E ir construyendo esto a base de efectividad, con acciones concertadas de impago. Convertir lo que va a pasar contra nuestra voluntad en un acto voluntario; lo que es una tragedia personal en un acto de resistencia colectivo con contenido político reivindicativo. Pasar a la acción.

Propuestas como estas, y muchas otras, más imaginativas y mejor planteadas seguramente, están ahí, en la calle, esperándonos. Los barrios, duros, cargados de códigos, de capitalismo desnudo, sin pretextos intelectuales, y en los que diariamente la solidaridad se da de hostias con la crueldad, requieren mucho trabajo de campo. La etapa madura de la militancia pasa por darse cuenta de lo que no se quiere ser, pero también por asumir que a veces hay que trabajar donde nadie más quiere, donde la situación no es cómoda; pasa por asumir lo desagradable como parte de nuestra vida, pues esa es la única forma de poder cambiarlo. Consiste en dejar los manuales a un lado y experimentar por uno mismo. Consiste en no resignarse, ni con la injusticia, ni con la revolución de papel, ni con el pacto como antídoto de la subversión. Consiste en contemplarse al espejo con toda la aplastante sinceridad del reflejo, sin quitar la vista de los defectos, de las flacideces, de las cicatrices, sin ocultar lo que se es, viendo también las virtudes y potenciándolas, sacando partido de nuestra osadía, de que no han podido corrompernos, de que no estamos en el ajo y tampoco podemos seguir al margen. Consiste, simplemente, en tener una mirada muy limpia y unas uñas muy sucias.

Ruymán Rodríguez


1 Friedrich Nietzsche, El Anticristo, 1888.
2 Auguste Hamon, Psicología del Socialista-Anarquista, 1895.
3 Advierto que no se debe confundir mi analogía con la edad cronológica. Hay militantes eternamente infantiles o adolescentes, otros que ya nacieron en la vejez y algunos que con independencia de su edad representan esa madurez de la que hablo.

XVII Seminario de Solidaridad Política: Por un puñado de dólares. Política y gestión de las muertes

En marzo, organizado por Acción Social y Sindical Internacionalista de Zaragoza, se realizará el XVII Seminario de Solidaridad Política, en el cual intervendrá nuestro compa Ruymán, el martes 28.

Enlace al programa del Seminario en la página web de ASSI:

http://www.assi-assi.org/index.php?option=com_content&task=view&id=1026&Itemid=1

Solidaridad económica con Ruyman de la FAGC

El portal libertario «A las barricadas» inició el 28 de febrero una campaña para recaudar fondos para nuestro compañero Ruymán. Más abajo ponemos el enlace a dicha campaña, para no duplicar contenidos y porque lo van actualizando.

Desde aquí, lo que queremos manifestar es nuestro inmenso agradecimiento al portal, a las compas que tuvieron la iniciativa de realizar dicha campaña, y a toda la gente que está aportando su pequeño grano de arena para poder enfrentarnos a nuestro secular enemigo en este montaje represivo-judicial.

Enlace a la campaña:

http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/38081

Encuentro y charla con la Asamblea de Firgas

Recogido del facebook de la Asamblea de Firgas:

https://www.facebook.com/asambleadefirgas/

Aquí su blog: http://asambleadefirgas.es/index.php

Ayer [por sábado 25 de febrero] celebramos en el centro socio-cultural La Casa Verde un interesante encuentro con miembros de la Federación Anarquista de GC, la comunidad «La Esperanza» y el Sindicato de Inquilinas de GC. Ruymán explicó cómo la necesidad de asegurar techo, abrigo y pan a muchas personas les llevó a desarrollar el proyecto de la Esperanza. También detalló cómo habían resuelto los conflictos de organización e incidió en los numerosos obstáculos que pone el Estado para desmontar un proyecto basado en el apoyo mutuo y la acción directa que cuestiona sus pilares más fundamentales. Agradecemos enormemente la excelente disposición y el interés sincero que han demostrado en venir a Firgas para compartir su experiencia y esperamos devolver la visita lo antes posible.

Clase de arquitectura en «La Esperanza»

El pasado 21 de febrero, unos 60 alumnos de 3º de arquitectura de la Universidad se acercaron a la Comunidad «La Esperanza» para conocer el proyecto de okupación más grande del Estado de primera mano. Este acontecimiento, inédito hasta hace poco, empieza a hacerse común con la visita de cada vez más estudiantes de distintas especialidades. La Universidad suele ser un mundo totalmente ajeno para los vecinos de una Comunidad como «La Esperanza», pero entre profesor, alumnos, vecinos y militantes se ha vuelto a conseguir una importante sinergia.

Los alumnos han comprobado que hay otro modelo urbano habitacional, uno que no encaja en las dos únicas opciones que contempla este sistema: la especulativa capitalista y la tutelada por el Estado. Más allá del interés privado y del paternalismo gubernamental, está el modelo social y autónomo de la autogestión.

El compañero Ruymán de la FAGC explicó en el asambleatorio el recorrido de 4 años del proyecto. Desde los primeros realojos de 20 familias, pasando por el intento de desahucio administrativo del año pasado hasta la creación entre los muros de la propia Comunidad del primer Sindicato de inquilinos del siglo XXI. Dejó claro en todo momento que el proyecto es hoy por hoy totalmente autónomo de la FAGC, y que son los vecinos los que gestionan los 4 edificios sin intervención del exterior.

Al explicar el compañero que el ayuntamiento incumple las mismas leyes y decretos que impone como obligatorios para el resto, que impide desde el pasado verano empadronarse a ningún nuevo vecino, y también el ninguneo de la administración racaneando los subsidios y el acoso al que los trabajadores sociales someten a algunos realojados, los alumnos no podían dejar de sorprenderse por la actitud de la corporación municipal. Vecinas como Ylenia y Wendy contaron su situación personal, y la lucha diaria que han llevado a cabo desde hace 4 años, cuando las vecinas más veteranas recogieron firmas para que a sus hijos los trasladara el transporte escolar como a cualquier niño, hasta la lucha cotidiana de otras vecinas más recientes para poder acceder a trabajos temporales del ayuntamiento o ayudas de alimentos.

El compañero de la FAGC explicó la motivación profunda que hay detrás de la siguiente manera: «es una táctica de hostigamiento para que los vecinos se vayan de la Comunidad por su propio pie. Al ayuntamiento le molesta ‘La Esperanza’ porque demuestra la ineptitud de las instituciones y que si los vecinos quieren mejorar sus condiciones de vida no pueden esperar nada del sistema ni de los partidos, y deben hacerlo por sí mismos. ¿Y qué pasa cuando uno se da cuenta de que las instituciones son innecesarias? Que las desobedece, y eso lo convierte en peligroso».

Los alumnos recorrieron todo el recinto de la Comunidad, lanzando en cada momento interesantes preguntas. Pudieron visitar las viviendas de Desi y Wendy y comprobar que eran completamente habitables. Pudieron constatar la capacidad de trabajo de los vecinos, que se afanaban en levantar el portón que el último temporal de viento que azotó la isla había tirado abajo.

Mientras estaban en el patio, dos trabajadoras sociales escoltadas por la policía local (ofreciendo con ello una pobre imagen), cruzaron la puerta que levantaban los vecinos y atravesaron el patio sin ni siquiera dar los buenos días. Si intentaban que los alumnos se sintieran incómodos, lo que consiguieron es que ratificaran todas las palabras de las vecinas sobre el comportamiento de la administración.

Al acabar, vario alumnos ofrecieron compartir ropas, enseres y muebles y pidieron contactos para hacerlos llegar a la comunidad. Fue un evento muy emotivo y muy rico donde una vez más pudimos comprobar que las personas reales tejen redes de empatía por encima de los poderes abstractos.

Márgenes estrechos para la disidencia

En el mundo en el que vivimos la conciencia de determinadas situaciones a veces implica un ahogo constante y profundo. Cada vez hay menos margen para la oposición, para el conflicto, aquel que es real, sobre lo esencial y que pone en juego al sistema (es decir, aquel conflicto que deriva de cuestionar el paradigma vigente, por ejemplo, la propiedad privada) . Abundan, en cambio, muchas «discusiones» banales entre políticos profesionales acerca de temas realmente intrascendentes y sobre los que ellos tienen muy poca potestad de decisión en términos efectivos. La calle se hace eco de estas discusiones, y a esto se le llama «hablar de política». Discusiones en lugar de conflictos, puro espectáculo frente a la interpelante realidad.

Hablando de realidades y ficciones, el Ayuntamiento de Barcelona se está poniendo las pilas últimamente en materia de vivienda. A raíz de la aprobación de la nueva ley de vivienda de diciembre de 2016, se pretenden impulsar una serie de medidas para garantizar el acceso o el mantenimiento de la vivienda en los próximos 10 años a los habitantes de la ciudad: ayudas para pagar los alquileres, subvenciones para rehabilitaciones, pisos de protección oficial, promoción de la co-vivienda … Así, aunque determinadas de estas medidas puedan representar una ayuda en momentos puntuales, cabe preguntarse: ¿cuál es la verdadera cara de estas políticas? Y sobre todo, ¿cómo nos «ayudan» a medio plazo o, por el contrario, sirven para enmascarar las causas profundas y las soluciones radicales que tenemos que afrontar en la época que nos ha tocado vivir? Nos gustaría hacer una reflexión más amplia al respecto.

La estrategia por parte de las instituciones desde el 15-M es muy clara y evidente. Una vez los que estaban fuera están dentro, ¿qué más podemos pedir? Cuando la balanza se inclinó desde el «no nos representan» al «que nos representen mejor», se supone que sólo podemos esperar que este mejor quiera decir que jugarán a nuestro favor. Pero el frente de la vivienda ha sido uno de los más activos y persistentes desde el 15M, porque en sus diversas peculiaridades sigue siendo una fuente de conflicto urgente para muchas personas. Así, las movilizaciones y acciones por esta cuestión han continuado con fuerza y con diferentes estrategias, desde las que contemplan la acción directa expropiadora hasta las más legalistas, de las que ahora el Ayuntamiento hace bandera.

La vieja socialdemocracia de la nueva política

La nueva política que tanta tinta y saliva hace correr a aquellos que se llenan la boca con ella, consiste básicamente en intentar hacer reflotar las cenizas de la vieja socialdemocracia. Esta, históricamente, y también ahora, trata de no tocar los cimientos de la estructura de barbarie y desigualdad en la que vivimos establecidos sino simplemente destinar una parte exigua de los recursos que puede conseguir a raíz de estar “en el poder” a gestionar la miseria. Por muy encomiable que esto pueda ser, la lucha necesaria en nuestros tiempos no es esta. Llevamos demasiados años poniendo parches y edulcorando la catástrofe y está claro que esta no la evitaremos si no cuestionamos de base el funcionamiento que la provoca (el sistema Estado-Mercado y los valores asociados a él de pasividad, competencia, egocentrismo, máximo beneficio. .) y empezamos ya a construir una nueva forma de vida. Si bien es cierto que en la situación de desamparo y desestructuración social a la que hemos llegado, a algunas personas las políticas socialdemócratas las pueden ayudar temporalmente, debemos ser conscientes de que éstas sólo contribuyen a medio plazo a alargar la agonía y apuntalar el sistema . Como dice la conocida frase: «Pan para hoy, hambre para mañana».

Pacificación y represión

Lo que es verdaderamente importante para mantener las dinámicas del sistema en el caso de la vivienda, en términos generales, es promover la pacificación del conflicto. Los intentos de mediación de la administración en este sentido se presentan como una solución, la actuación del policía bueno contra el policía malo (los bancos, los fondos «buitres», las inmobiliarias …) en este juego de máscaras que enturbia las conciencias populares.

Pero su objetivo real es pacificar, como decíamos, evitar una situación demasiado dramática que pueda propiciar la autogestión popular de este ámbito de la vida tan fundamental como es el hogar. Por un lado, la estrategia pasa por calmar los ánimos a través de «solucionar» temporalmente las necesidades materiales de las personas hasta que sólo queden luchando los «irreductibles» -aquellos que se movilizan por conciencia política y social más allá de sus necesidades concretas individuales- oponiéndose a aceptar según qué tipo de medidas que resultan contraproducentes para la autonomía y la libertad. Estos últimos serán reprimidos, como ha ocurrido con el movimiento de vivienda en la ciudad de Turín) (1). Por otra parte, los casos de okupaciones masivas en que se pone más en tela de juicio la propiedad privada en desuso, ponen sobre la mesa de manera muy clara que la principal voluntad de las instituciones es auto-legitimarse y legitimar el sistema establecido, y que no prime la autogestión popular a menos que sea a través y con autorización de sus leyes, aunque parezca una contradicción en términos. Los desalojos masivos de centros sociales que albergaban a refugiados en Grecia son ejemplo de ello. La protección de la propiedad privada es la norma legal que da cobertura a acciones bárbaras como estas, pero la norma invisible y aleccionadora es evitar a toda costa los ejemplos vivos de auto-organización y autogestión popular de las necesidades básicas. Porque si perdemos el miedo en esto, que nos mantendrá ligadas a la obediencia de sus códigos y normas inhumanas? El caso de la Comunidad «La Esperanza» de Gran Canaria es un ejemplo paradigmático de ello, no exento, claro, de represión (2).

Burocratizar o autogestionar?

Frente a una problemática real que nos afecta a muchas personas, podemos decidir tomar las riendas de la lucha o dejarla en manos de las administraciones «públicas» e incluso no hacer nada y esperar que la «mano invisible» del mercado siga su curso. Estamos tan triturados como personas y como colectividad que parece que pocas posibilidades nos quedan más que el sufrimiento individual y la pasividad más absoluta, o bien pedir y reivindicar que alguien haga algo para nosotros. Al fin y al cabo, el Estado democrático y de derecho debería servir para algo, no? Al menos eso defienden los promotores de las instituciones establecidas y los que cree en ellas.

Si nos dejaran «solos», después de todo lo que nos han despojado a lo largo de los últimos dos siglos, tendríamos posibilidades reales de autogestionarnos? Algunos ejemplos actuales sugieren que si (3), a pesar de numerosas dificultades, producto sobre todo de limitaciones humanas y relacionales. En Canarias la lucha mediante la acción directa expropiadora ha recogido muchos más éxitos en número que el trabajo de las administraciones y plataformas de tipo más legalista de todo el Estado juntas (4). Pero para ello se necesitan personas con dedicación, con iniciativa, con voluntad y fortaleza. Con capacidad de convivir y cuidarse. Sólo asumiendo fortalecernos y responsabilizarnos de las situaciones de vida en que nos encontramos, tanto a nivel personal como colectivo, podremos avanzar hacia algo sustancialmente mejor que el orden establecido.

Desnaturalización y cooptación

Lo que no hagamos nosotros, alguien tendrá que hacerlo por nosotros. Y lo que hacemos nosotros, también! Así, si creamos oficinas de expropiación popular (OEP), las instituciones promoverán leyes de expropiación forzosa e inventarán sus oficinas de vivienda pública. Duplicando estructuras, cooptando a los marginados y a la disidencia -pero no a los más marginados ni los más disidentes, sino a aquellos recuperables, los que sólo necesitan un pequeño impulso para seguir manteniéndose a flote-, profesionalizando el activismo, pretenden acabar con toda iniciativa de auto-organización popular real.

Otro ejemplo reciente de este tipo de políticas, más allá del ámbito de la vivienda, son las subvenciones a la creación de “ateneos cooperativos» a golpe de talonario por toda Cataluña (5). Promocionando desde arriba lo que sólo puede surgir de la voluntad y la fuerza de los de abajo, este tipo de cosas buscan desnaturalizar los movimientos y las prácticas, vaciándolas totalmente de contenido al presentar proyectos similares en apariencia pero totalmente opuestos en funcionamiento y objetivos (en este caso los «ateneos cooperativos» se entienden como una herramienta para crear puestos de trabajo, y aquí se queda el asunto. El cooperativismo mercantil se acaba convirtiendo también en una herramienta hermosa para lavar la cara al sistema y hacer pasar gato por liebre, más allá de la retórica de continuidad histórica gloriosa con los ateneos obreros que se pueda utilizar) (6).

Por lo tanto, vemos con estos ejemplos que la nueva táctica del sistema para renovarse resulta ser mucho más la cooptación que la represión abierta y explícita. La cooptación, el bienestar dado, la autogestión subvencionada, hace mucho más difícil la rebelión, a no ser que se mantenga un nivel de conciencia muy elevado y unos fines estratégicos y pragmáticos muy claros que pudieran darle la vuelta (y este no es el caso hoy en día, desgraciadamente).

Legitimarse y deslegitimar

Con este tipo de políticas se hace patente que cada vez hay más asfixia de la disidencia y de todos aquellos que apostamos por una vida libre. Si os lo damos todo, nos dicen, de que os quejais? Con la entrada en las instituciones oligárquicas y las escasas medidas que se pueden impulsar desde allí nos pretenden hacer creer que ya está todo listo, consiguiendo así deslegitimar las luchas populares que buscan ir más allá, es decir, construir una vida diferente en un marco diferente, y no venderse el futuro a cambio de pasatiempos envenenados. Con sus políticas no crean un nuevo imaginario social sino que de hecho hacen más y más presente y más real y más legitima la necesidad del Estado para proteger a las personas de los males del «sector privado», así como para gestionar la miseria social . Es importante tener en cuenta que aunque los resultados de las políticas institucionales sean muy escasos, con poca inversión y sin tocar nada esencial del marco actual consiguen legitimarse, básicamente a base de propaganda y de su capacidad de visualizar y organizar el trabajo de quienes vivirán de ser gestores de las miserias de los demás. No obstante, en términos reales, cuantitativos, no pasarían ni siquiera la prueba de la suficiencia, pero es altamente improbable que alguien se dedique a investigarlo y comprobarlo.

Mantener las apariencias

Otro resultado buscado de estas medidas paliativas es edulcorar la realidad, mantener a la gente en las ciudades con una situación menos decadente a costa de subvenciones que escondan lo obvio: cada vez es más difícil vivir en el sistema actual y del sistema actual. Es como cuando en los años 70 del siglo XX la economía parecía que no podía crecer más y las élites decidieron suprimir el patrón oro y acelerar la deuda para generar la ficción de la abundancia, ficción que en determinados momentos nos ha explotado en la cara.

Lo que interesa a las dinámicas del sistema actual es que a pesar de la catástrofe en la que estamos inmersos, se mantenga en lo posible una apariencia de normalidad. Como dice Ruymán Rodriguez, quieren que pasemos de ser potenciales revolucionarios a indigentes tranquilos. Quieren una sociedad de indigentes tranquilos, por eso ya no se habla tanto de exclusión social sino de exclusión habitacional / residencial por ejemplo, para fragmentar la opresión. Ahora puedes ser un excluido total en algunos ámbitos pero tener casa. Como también puedes tener un trabajo totalmente precario pero en las estadísticas contribuyes a bajar los índices de desempleo. Al banco le interesa más darte un alquiler social de 50 euros y que dejes de quejarte y luchar, que no realmente el dinero que deja de percibir. Le interesa más hacerte callar y no perder legitimidad, que no el dinero. Los factores inmateriales más que los materiales.

La apariencia, pues, acaba siendo más importante que la realidad. Esto lo saben los inversores, debes «dar confianza». También lo saben los psicólogos: haz «como si» y acabarás siendo lo que quieres.

Cómo romper el cerco?

¿A qué nos podemos oponer? El aro es cada vez más estrecho. Intentan hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles cuando de hecho no paramos de perder más y más autonomía, y más capacidades.

¿Qué podemos hacer?

Primero de todo, aprender a cuestionar la normalidad, quitar el polvo de debajo de la alfombra de la realidad establecida. Recuperar una forma inocente de estar en el mundo, que no ingenua, para no dar por supuesto el sistema actual y su barbarie. Combinar la aceptación firme del mundo en el que vivimos con el cuestionamiento imprescindible que nos recuerda lo que debería ser, lo que podría ser.

Por otra parte, contribuir a aumentar el nivel de conciencia de más personas que puedan comprometerse y arriesgarse a proponer y vivir en una nueva realidad, sin perder los vínculos con quien actúa más por pura necesidad porque no le queda otra, o porque así lo decide (estar en segunda línea). También tejer puentes con personas del entorno donde nos encontramos que se ven afectadas en su propia piel por las dinámicas que denunciamos y que para ellas la lucha es una cuestión irrenunciable y de sentido común más que de ideología (7).

Igualmente resulta fundamental para las dinámicas presentes de asimilación no dejarse cooptar, siempre mirar en cada momento cuáles pueden ser los puntos de conflicto, los huecos donde puede crecer y florecer la disidencia. Estar atentos a las necesidades a las que el sistema no da o no puede dar respuesta, mutando rápido porque esto va cambiando. Estar alerta a la realidad y saber detectar los campos minados antes de que sean desactivados por la legalidad vigente. Sin embargo, la táctica del conflicto constante seguramente no será suficiente para evitar las dinámicas asistenciales y la posibilidad de convertirse en simple gestora de los males del sistema. Será necesario mantener viva la llama del espíritu de disidencia y darle vías concretas de salida, diversidad de tácticas que pueden ir cambiando en función del lugar y el momento, pero que son parte de un mismo camino del que debemos intentar no perder el norte, forjando una estrategia conjunta más allá de los ámbitos concretos de acción tales como el frente de la vivienda.

Para cualquiera de estas cosas es asimismo imprescindible un cambio de valores y de prioridades, al menos entre algunos sectores de la población que pueden ser los más dinámicos. Mientras la búsqueda de estabilidad, de seguridad, de normalidad, etc. sea más importante que la libertad, de conciencia sobre todo, y material también, en forma de autogestión, no hay nada que hacer. Deberíamos vivir como si no pudiéramos perder nada, o como si lo que pudiéramos perder no tuviera tanto valor -perder el miedo a la muerte sería también importante para la revolución-. Corremos el riesgo de que la comodidad nos entierre vivos (8).

Laia Vidal


NOTAS

1 El movimiento de lucha por la vivienda en Turín ha sido desactivado de esta manera, con una táctica de suspensión administrativa de los desahucios. 13 personas que se resistían a aceptar esta «solución» han sido detenidas en los últimos tiempos. Aquí se puede escuchar una charla donde se explica esta lucha.

2 Aquí se pueden encontrar varios artículos sobre los intentos de desahucio en la Comunidad y aquí sobre la represión directa a personas como el activista Ruymán Rodríguez.

3 El barrio de Errekaleor, en Vitoria-Gasteiz, donde conviven más de 180 personas, es una muestra de las posibilidades de la acción directa y la autogestión.

4 Desde 2012 más de 300 okupaciones y 1.000 familias realojadas.

5 La convocatoria se puede encontrar aquí.

6 Ateneos como La Base o La Baula, que han adoptado el adjetivo de «cooperativos» pretenden ir mucho más allá de esta herramienta institucional y mercantilista y, aunque alojen proyectos productivos, la lógica es comunitaria y pro-comunal, y la visión va mucho más allá de crear puestos de trabajo.

7 En la ZAD de Francia se da una situación de tríada en este sentido, entre activistas, campesinos que ya habitaban los terrenos okupados y personas excluidas del sistema.

8 Sin embargo es importante ver hasta qué punto podemos cortar los amarres que nos sostienen de manera que no potenciemos más el caos que impera y que estamos tratando de evitar. Es importante que las deserciones y las luchas se afronten con amor y apoyo comunitario. Una reflexión en este sentido se puede encontrar aquí. También es importante aprovechar nuestros «privilegios» en las «zonas peatonales del capitalismo» para contribuir a la revolución y no meramente para renegar de ellos y pasar a engrosar las filas de desarraigo y desamparo de una mayoría cada vez mayor.

Fuente: http://integralivital.net/2017/02/11/marges-estrets-per-a-la-dissidencia-catcast/