La SAREB anuncia paralización temporal del desahucio

El pasado viernes día 14 de diciembre el director de responsabilidad social y corporativa de la SAREB, Gaspar González Palenzuela, anunció en directo en el programa de RTVC “Buenas tardes Canarias” que la SAREB empezaba las negociaciones con el Ayuntamiento de Telde y con el Gobierno de Canarias para buscar “una solución” a las familias de la Comunidad “La Ilusión”. Anunció también públicamente que mientras se desarrollaban esas negociaciones habían comunicado al Juzgado nº 2 de lo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria que detuvieran el proceso de desahucio. Varios medios de comunicación recibieron la misma información y así la difundieron (La Vanguardia, El Diario.es)

La SAREB había aceptado las demandas iniciales de las vecinas que el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria le había trasladado dos días antes por correo electrónico: empezar las negociaciones con las instituciones públicas y paralizar el desahucio.

El martes pasado (día 18 de diciembre) se produjo también una reunión con la alcaldesa de Telde, Carmen Hernández, en la que tres delegadas de “La Ilusión” y dos delegadas del SIGC, exponían sus demandas entre las que se encontraban presionar a la SAREB para que aceptara la cesión en uso del inmueble, un posicionamiento público contra el desahucio y otras cuestiones de régimen interno del edificio. Ninguna de estas demandas fue rechazada. Pocas horas después, el Ayuntamiento celebraría una reunión con responsables del área de vivienda del Gobierno de Canarias en la que, supuestamente, le trasladaría dichas demandas. El encuentro también quedó recogido por la prensa (La Provincia, El Día).

Todo esto podría entenderse como una pequeña victoria. Un alto cargo de la SAREB se ha visto obligado a hacer declaraciones públicas (algo muy inusual) y ha anunciado que el desahucio queda paralizado hasta que se llegue a un acuerdo con las instituciones. Las instituciones han declarado que “bajo ningún concepto, estas doce familias se van a quedar en la calle, por lo tanto, les enviamos un mensaje de tranquilidad porque hay una solución para esta situación”. Podríamos decir que en 10 días hemos conseguido detener un desahucio masivo; que en menos de dos semanas hemos hecho un trabajo legal apabullante, redactando escritos para cada vecino con alegaciones que sobrepasan las 8 páginas; que en menos de medio mes hemos conseguido movilizar a la opinión pública y conquistar la hegemonía del relato en los medios de comunicación. Las vecinas de “La Ilusión” han dado la cara en cada situación, ante cualquier foco, comiéndose los micros mejor que ningún profesional de la información, y lanzando su corazón como un arma contra el capitalismo especulador. Hemos conseguido además un perfecto equilibrio estratégico, donde la FAGC se ha encargado de la labores de presión y hostigamiento político y social y el SIGC se ha encargado de la parte constructiva y negociadora. La piqueta y la palabra.

Todo esto, repetimos, podría interpretarse como un pequeño éxito. Pero no. La paralización temporal de un desahucio es sólo una tregua. Aunque nuestras demandas estén encima de la mesa por ahora no tenemos más garantías que las palabras. Nada nos asegura que la situación se revierta, que las instituciones olviden los acuerdos contraídos y la SAREB siga adelante con el desahucio cuando pasen las elecciones de mayo de 2019. Nos toca seguir alerta y no bajar la guardia. Sí, estamos mucho mejor que a comienzos de diciembre, hemos vencido el miedo, hemos derrotado al pánico, hemos puesto de rodillas temporalmente a esa ideología que prima la propiedad privada por encima de la vida, pero nuestra mentalidad es y seguirá siendo la que manifestaron nuestras vecinas cuando la SAREB anunció la paralización del desahucio: “lo creeremos cuando lo veamos, porque las palabras se las lleva el viento”.

Estamos obligadas a seguir adelante hasta la victoria definitiva. Porque los dieciséis niños que dependen del resultado de nuestra lucha no pueden permitirse una derrota.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde

36 personas que habitan en un edificio desde hace un año y medio se encuentran en riesgo de desahucio ya que la Sareb, propietaria del inmueble, pretende venderlo

El propietario del edificio, que había sido embargado, ofreció las llaves de las casas a estas personas con la condición de que lo cuidaran

Las familias viven con luz de obra y el agua la traen en cubas. Están dispuestas a pagar un alquiler social para vivir en ellas

Llegar a la puerta del edificio de La Ilusión es llegar a un lugar donde se alberga esperanza y familiaridad. Hace un año y medio 12 familias de diferentes zonas de Gran Canaria lograron encontrar en El Valle de Los Nueve, en el municipio grancanario de Telde, la confianza y seguridad que habían perdido meses o años atrás cuando se vieron en la calle, con una mano delante y otra detrás, sin saber a dónde ir. La principal preocupación eran los menores. 16 niños y niñas que han visto a sus padres luchar por tener un sitio donde vivir. Y lo consiguieron. Pero, ahora, la situación se ha torcido y la inseguridad se ha vuelto a adueñar de estas 36 personas. La Sareb (Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria) pretende ejecutar un desahucio y dejarlos en la calle para cumplir con su objetivo de vender el inmueble.

La comunidad de La Ilusión escribió la primera página de su libro en el mes de junio de 2017. En una asamblea del Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria que tuvo lugar en San Telmo, en Las Palmas de Gran Canaria familias desahuciadas, mujeres maltratadas con hijos y madres solteras vieron la luz. El propietario del edificio, que había sido embargado, ofreció las llaves del inmueble a esas personas con la condición de que lo cuidaran y lo convirtieran en el lugar donde formar su hogar. Antes era un sitio donde se iba a robar o a consumir drogas.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde
Cocina de una de las viviendas de la comunidad de La Ilusión ALEJANDRO RAMOS

Cuando las vecinas recuerdan el momento en el que que llegaron a su nueva casa no pueden ocultar la alegría. “Teníamos las llaves y cada uno iba abriendo la puerta que le tocaba, una locura. A partir de ahí empezamos a trabajar y sacar basura para convertirlo en lo que hoy es”, explican a este periódico. Por eso lo llaman La Ilusión. Tuvieron que poner cableado nuevo; arreglar las humedades; conseguir piezas para los baños de segunda mano; limpiar el garaje; construirse cada uno las cocinas como podían. “Aquí no había nada, esto estaba pelado”, aseguran, mientras muestran con orgullo las imágenes de lo que era y lo que es.

Han intentado, en varias ocasiones, poner un contador de luz, pero no se los permiten, al igual que de agua. Cuando llegaron pusieron todo el cableado nuevo y, gracias a la luz de obra, pueden disfrutar de electricidad. Para el agua vienen unas cubas de agua cada dos o tres semanas que les llenan los bidones. “Al principio teníamos que venir con garrafas”, recuerda una de las habitantes.

Cada casa una historia, pero se consideran una familia. Tienen edades comprendidas entre los 25 y 55 años y se ayudan unos a otros, no hay conflictos entre ellos y se han consolidado en el barrio sin ningún tipo de problemas. Frente al edificio un colegio. Ahí estudian la mayoría de sus hijos. Un centro escolar que se recuperó la vida que le faltaba con la incorporación de estos más de 10 niños. “El colegio estaba a punto de cerrar y nosotros matriculamos a nuestros hijos y se ha mantenido”, afirma una de las vecinas entre lágrimas.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde
Habitación de una niña que vive en la comunidad de la Ilusión. ALEJANDRO RAMOS

El pasado 30 de noviembre, un señor, acompañado de la Policía, llegó al edificio para entregarles una notificación que se remitía a los “ocupantes de la vivienda”. El pasado lunes enviaron unos escritos Juzgado Mercantil Nº2 de Las Palmas de Gran Canaria para identificarse y explicar en calidad de qué se encuentran en el edificio. Hasta el momento, no saben cuál será su futuro ni si el desahucio tiene una fecha prevista. “¿Cómo pasamos las navidades nosotros ahora?”, se preguntaban.

Han intentado llegar a un acuerdo para pagar un alquiler social y seguir habitando las viviendas, pero no lo consiguen. “Hemos hablado con la Sareb y ellos no quieren nada, solo vender”, asevera una de las residentes. “Quieren dinero y nosotros queremos un techo, no pedimos nada más”. La intención de este grupo de vecinos no es otra sino buscar una solución que no pase por quedarse tirados en la calle. “A mi me da igual coger mis cosas e irme debajo de un puente, pero con mi hija no me voy a la calle hasta que me den una casa y no de gratis. Yo la voy a pagar”, afirma con contundencia.

Ahora buscan una respuesta. Que paren el desahucio. Que aunque aún no tiene fecha prevista, es algo que no les deja dormir, hasta que el Gobierno de Canarias o el Ayuntamiento de Telde les busque una solución.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde
Escaleras del edificio de la comunidad de la Ilusión. ALEJANDRO RAMOS

Estas 12 familias precaristas, que no oKupas, ya que no entraron en las viviendas por la fuerza, sino con un juego de llaves y con la autorización de su antiguo dueño, aseguran que van a seguir luchando por lo que les pertenece, una vivienda donde poder formar un hogar. Con la ayuda del Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria, a quien “tienen mucho que agradecer”, según manifiestan, no van a parar por su futuro y el de sus hijos.

“La Esperanza” dice NO al desalojo de “La Ilusión”

La Esperanza” dice NO al desalojo de “La Ilusión”

Desde la Comunidad “La Esperanza” (la comunidad autogestionada más grande del Estado) queremos manifestar nuestro total apoyo a la comunidad hermana de “La Ilusión” y rechazar con todas nuestras fuerzas la amenaza de desalojo que se cierne sobre ella. Exigimos a las entidades financieras que pretenden desalojarlas que abandonen ahora mismo sus pretensiones y a las administraciones públicas que les ofrezcan una alternativa habitacional asequible y digna en caso de que no se pueda detener lo que a todas luces sería un desastre humanitario. Desde el norte al sur de la isla, la situación de paro, precariedad, salarios insuficientes, alquileres elevados, desahucios constantes, ha ocasionado que muchas familias no hayamos visto obligadas a organizarnos, a pedir la colaboración de organizaciones como la FAGC y a impulsar comunidades como éstas para evitar la indigencia y la disolución de nuestras unidades familiares. Es el sistema el que ha incumplido sus deberes, no nosotras. Por eso, también desde el norte al sur de la isla, es importante fortalecer nuestros lazos de solidaridad y apoyo mutuo, porque en cualquier momento pueden venir a por cualquiera de nuestras comunidades y es vital que demos una respuesta conjunta y coordinada. Repetimos una vez más: “Ni casas sin gente, ni gente sin casa”. Nadie nos puede quitar “La Esperanza” y nadie nos quitará “La Ilusión”.

Comunidad “La Esperanza”

Catalunya y las anarquistas

Aparecido originalmente en Solidaridad Obrera

Hablar de Catalunya, desde el anarquismo (y casi desde cualquier sitio) resulta difícil. Lo cómodo parece ser mantenerse al margen, implicarse en las propias dinámicas, desdeñar lo que allí pasa como si no fuera nada de importancia o despacharlo tirando de lugares comunes y fórmulas doctrinarias. Parece que uno se juega el prestigio al inmiscuirse en temas tan enconados en los que se dibujan dos frentes claros, aún dentro del anarquismo. Sin embargo, yo no tengo prestigio alguno que arriesgar y hablar sin nada que perder aligera bastante la labor.

Lo siento por quien no coincida conmigo, pero no puedo callarme ante lo que veo (si no he dicho nada antes es por cuestiones ajenas a mi voluntad). Advierto que por las mismas cuestiones no me ha sido fácil mantenerme completamente informado sobre la situación en Catalunya, y puede que se me escape algún detalle que seguro las lectoras sabrán perdonar. Ninguna de mis observaciones alude por tanto a ninguna compañera o texto concreto, sólo a sensaciones y corrientes de opinión que he detectado.

Advierto también otra cosa, quien esto escribe se considera a sí mismo un apátrida, una persona opuesta por convicción y sensibilidad a cualquier nacionalismo y estatismo, desafecto a cualquier bandera y enemigo de toda frontera. Criado literalmente en un ambiente nacionalista, nunca he conseguido que me motiven ni los identitarismos ni las patrias. He visto durante demasiado tiempo, y lo siento por los aludidos, como las anarquistas en Gran Canaria nos comíamos solas (o casi) piquetes antidesahucio y realojos, sin que los nacionalistas intervinieran cuando desahuciaban a algún paisano suyo ni les ofrecieran a los afectados más que folclore y apoyo simbólico. El nacionalismo en Canarias ha ofrecido durante décadas galeradas y galeradas hablando de abstracciones, pero ni una sola respuesta organizada (excluyendo la caridad), a nivel callejero, a la miseria de un pueblo que no come banderas ni puede reivindicar una patria cuando ni siquiera tiene tierra. No es la primera vez que escribo esto.

Sobre la cuestión catalana, si simplificamos mucho un asunto que es verdaderamente complejo, parece que el anarquismo se ha dividido en dos posturas principales: una que llamaremos ortodoxa (aunque el término es deliberadamente engañoso), y que se opone a cualquier participación de las anarquistas en el conflicto catalán, y otra heterodoxa (ídem), que cree que las anarquistas deben implicarse. Yo no pienso atacar, ni siquiera analizar, ambas reducciones; pero sí voy a cuestionar sus exageraciones y lo que tomo por fallos estratégicos. Puede que leyendo el anterior párrafo quizás alguien se imagine ya dónde sitúo mi voz, pero no les recomiendo que se apresuren. En el anarquismo siempre hay hueco para no estar “ni al margen ni en el ajo”1, para estar con la gente y contra los Estados.

Lo siento mucho, pero del discurso ortodoxo se desprenden en demasiadas ocasiones dos vertientes, subyacentes pero importantes, que no consigo tragar. En primer lugar detecto que muchas veces tras las críticas a la intervención de las anarquistas en lo que se ha venido a llamar el procés se esconde una mirada indulgente hacia el Estado español (la misma que se acusa de tener con la Generalitat al bando contrario), unos tics rancios de centralismo españolista con los que, como ápatrida, ni quiero ni puedo coincidir. Hay sorpresa y asombro, entre algunos de nuestros intelectuales, por que las catalanas quieren abandonar el naufragado cayuco español, cuando lo que debería sorprenderles es que el resto quiera continuar en él. Se alude a un impreciso internacionalismo que en realidad sirve de mampara para no admitir un pecado inconfesable: la propia comodidad dentro de una España cuya opresión se percibe como tolerable. Se tiene más miedo y se carga más tinta contra un Estado hipotético que contra uno real que nos aplasta a diario. El Estado catalán, como conjetura, asusta y preocupa más que el Estado español, como certeza. Cuando nuestra voz se une a los que cuelgan banderas de España de los balcones y a los que dan vivas a la Guardia Civil toca revisar seriamente qué está saliendo de nuestra boca.

El rejo españolista es la primera arista con la que no coincido, y la segunda es el eterno recurso de la “pureza”. La idea de que el anarquismo es algo demasiado grande y perfecto como para bajarlo de su pedestal de cristal de Swarovski y mezclarlo con causas espúreas, no es la mía. Así se entiende que en la mayoría de luchas sociales, como es el caso del frente de la vivienda en la última década, el anarquismo haya jugado un papel anecdótico o de comparsa, salvo aisladas excepciones. Porque para intervenir en esta lucha toca juntarse y trabajar con vecinos que pueden ser votantes del PP, que están cargados de mil prejuicios y que ignoran las ideas anarquistas. Así se entiende también que en el 15M nos mearan la mayoría de oportunistas políticos (nuevamente, salvo raras salvedades) y que en los últimos años nos adelante por la izquierda hasta una asociación de petanca. Creemos que solo podemos participar en luchas perfectas, con gente perfecta, con un porcentaje de un 100% de coherencia y de un 0% de contradicciones. Esas condiciones, todas lo sabemos, nunca se darán. Es por eso por lo que ya no participamos en casi nada.

Es triste, pero hemos guardado el pasado en ámbar. Creemos que el 19 de julio de 1936 la gente tomó las armas por la revolución social gracias a la ciencia infusa. Omitimos un trabajo previo pesado y agotador que describe Anselmo Lorenzo en el Proletariado militante2, y que conllevaba tragar mucha mierda e ir a discutir a círculos burgueses en los que a veces se acababa a las malas. Los anarquistas pudieron impulsar los acontecimientos revolucionarios del 36 en Barcelona porque antes contactaron con la gente en sus aspiraciones más básicas y no le hicieron ascos a disputarle terreno a los burgueses ante los auditorios más hostiles. Si hoy se produjera una movilización por reducir la jornada laboral a las 6 horas o por bajar la edad de jubilación a los 60 años, muchos anarquistas se inhibirían de participar y acusarían a la movilización de reformista mientras en sus locales lucirían con orgullo el retrato de los Mártires de Chicago. Parece que algunas prefieren hacer una manifestación a favor del Apoyo Mutuo, en abstracto, mientras sus vecinos son apaleados ante su mirada indiferente.

Lo siento, pero no me hice militante anarquista para ejercer de vigilante monacal de la pureza de un dogma.

Creo que las anarquistas debemos situarnos en unos parámetros bien distintos. El linchamiento que sufrieron las catalanas el 1 de octubre de 2017 debería de habernos hecho despertar y haber cambiado muchas de nuestras certezas. Estamos asistiendo al apaleamiento masivo de un pueblo (de una de sus mitades, si se prefiere) que reivindica, esencialmente, el derecho a autogobernarse, y ninguna anarquista puede ignorar esto sin acabar aceptando un centralismo estatal que supuestamente hemos combatido desde la I Internacional. Y aun cuando las exigencias de las catalanas fueran más peregrinas, aquí nos encontramos ante un pueblo desarmado y unas fuerzas policiales que lo aplastan. Nuestro lugar de la barricada no puede ofrecer lugar a dudas. Podemos disentir todo lo que queramos de ciertos planteamientos independentistas (de hecho lo haré en la parte final de este texto), pero igual que oponernos a la persecución de una minoría religiosa no nos convierte en creyentes, oponernos a la persecución de las independentistas catalanas no nos convierte en nacionalistas. La discrepancia de conceptos en abstracto no nos puede hacer ignorar una violencia gubernamental que es concreta, material y tangible. Pongo la represión en el centro del debate porque es la demostración más clara del origen de nuestros pruritos y reservas, y lo que pone contra las cuerdas a nuestra autentica sensibilidad anarquista. Las anarquistas estaban en los años 30 y 40 del siglo pasado con las judías como hoy están con las palestinas, porque nuestro lugar, sin necesidad de asumir banderas, Estados, creencias religiosas y culturales, siempre ha estado con las perseguidas y contra los perseguidores, con las oprimidas y contra los opresores, y nunca nos han cabido dudas al respecto. Las anarquistas somos mapuches cuando cargan contra las mapuches, somos kurdas cuando bombardean a las kurdas, somos artistas cuando encarcelan a las artistas, y así sucesivamente, porque nuestra carne se compone de todas aquellas que sufren la represión en cualquier lugar del mundo. ¿Por qué somos anarquistas entonces? Porque quien siempre reprime es el Poder. Hoy, por lo mismo, nos toca ser catalanas.

Seguramente varias compañeras verán exagerada la comparativa, pero lo esencial es que el sistema judicial español y su policía están apaleando, persiguiendo y encarcelando a personas que, peor o mejor, reclaman su derecho como comunidad humana a decidir por sí mismas. No reconocer que existe una agresión represiva nos vuelve a colocar ante una repugnante indulgencia con el Estado español, su judicatura y fuerzas policiales, que no le concederíamos a otros aparatos represivos internacionales. Para mí la sensibilidad anarquista debe estar con las catalanas que sufren las cargas y la persecución; lo demás es retórica. Creer que debemos asumir el ideario de una víctima para reconocerla como tal es unir nuestra voz a la de los verdugos. Ya lo decía Reclus: “Personalmente, cualesquiera que sean mis juicios sobre tal o cual acto o tal o cual individuo, jamás mezclaré mis voz a los gritos de odio de hombres que ponen en movimiento ejércitos, policías, magistraturas, clero y leyes para el mantenimiento de sus privilegios”3.

En el plano de la sensibilidad y la solidaridad, factores que se ignoran en política, creo que ésta debe ser nuestra conclusión. Pero, ¿y en el plano estratégico? La cuestión podría extenderse hacia cualquier situación de efervescencia social, más allá de Catalunya. ¿Deben las anarquistas implicarse en estos casos? Siempre he pensado que sí. Salvo contadas excepciones, toda situación de conflicto social es un campo de trabajo propicio para el anarquismo. Tener reparos porque su origen o aspiraciones iniciales no son libertarias es condenarse a la inacción. Cuando surgió el 15M muchas anarquistas despreciaron el fenómeno por reformista y pacato y se negaron a participar. El análisis podía ser acertado, pero no la reacción de mantenerse al margen. Las cosas son lo que dejamos que sean, y ese “dejamos” nos incluye a nosotras. Las cosas se institucionalizan, politizan (en el mal sentido) y desinflan a niveles revolucionarios porque precisamente nosotras, las revolucionarias, nos quedamos de brazos cruzados y lo permitimos. Somos responsables. La I Internacional surge en 1864, entre otros factores, por las ganas que tenía Napoleón III de dar un aspecto social y aperturista a su dictadura, por eso manda a un grupo de proudhonianos a Londres para que confraternicen con los cartistas ingleses. ¿Debían participar los anarquistas en eso o despreciar el invento por sus orígenes? La historia nos demuestra que no le hicieron ascos al asunto y que gracias a él acabaron teniendo preponderancia en el movimiento obrero de las regiones europeas latinas.

Cuando las anarquistas grancanarias intervinimos en el 15M no lo hicimos de forma complaciente y aquiescente. Seguramente muchas reformistas y miembros de partidos políticos nos recuerdan más como generadoras de conflictos y eternas disidentes que como otra cosa. Pero esa participación no sólo desbarató muchos de sus manejos y radicalizó algunas situaciones y reivindicaciones, también nos permitió dar a conocer las ideas y herramientas anarquistas y afianzarnos como colectivo. Cuando la FAGC empezó a andar por el frente de la vivienda convocó asambleas de inquilinas y desahuciadas en las plazas y así contactamos con muchas vecinas, pero no fue esa nuestra única forma de crecer. La PAH local de aquella época, refractaria a la okupación, no interesada por los casos de alquiler y, a nuestro entender, bastante institucionalizada, no parecía un buen lugar para que la anarquía dejara su semilla. Pero fue en algunas de sus asambleas, a las que nos autoinvitábamos y en las que exponíamos a modo de contraste nuestra forma diferenciada de abordar la lucha por la vivienda, cuando muchos casos que no hallaban solución en la PAH empezaban a contactar con nosotras. Hacía falta que fuera allí, en una confrontación de ideas directas, donde las personas cuyos casos de alquiler se desestimaban, escucharan que el problema de la vivienda requería soluciones integrales, sin situar a las hipotecadas por encima de las inquilinas y precaristas. Hacía falta que la gente que ya tenía una orden de lanzamiento firmada en la mano, escuchara allí que la okupación, convertida en tabú por parte de los activistas de clase media, siempre sería una alternativa más viable que dormir en la calle. ¿Qué potencial revolucionario tiene una movilización vecinal contra la colocación de parquímetros, la construcción de un bulevar o el levantamiento de un muro? Si nos dejáramos llevar por las apariencias, por lo inmediatista y localista de la reivindicación, por la voz de algunos participantes cargada de prejuicios y de ideas derechistas, seguramente nos parecería que ninguna. Pero como nos recomendaba Malatesta4, es nuestro cometido participar en esas reclamaciones parciales y llevarlas a lugares más lejanos y más hondos. De ahí vienen las explosiones sociales, aunque sea a pequeña escala y a modo de entrenamiento para el futuro. ¿Pueden ser los actuales CDR (Comités de Defensa del Referéndum primero, y de la República después) algo similar? Lo desconozco porque la distancia no me permite hablar más que de oídas. Lo que sí sé es que en cualquier organización barrial y vecinal de base las anarquistas debemos intentar participar (hasta donde veamos que nos sea posible) para profundizar en el carácter social de las reivindicaciones y tratar de radicalizar tanto las formas como los fondos. Algunas compas me aducen con razón que no se ven participando en un órgano que apoye referendos y repúblicas, pero nada cuesta que esa erre se transforme y se levanten Comités de Defensa de la Revolución, tan sólo con participar, implicarse e intentar desbordar las expectativas. De todas formas, el continente no debería pesar más que el contenido.

Leído lo leído, las compas que siguen estas líneas pueden haber concluido que propongo que el anarquismo se sume al proceso soberanista catalán y que apoye a éste, y a las fuerzas que lo impulsan, de forma incondicional. Nada más lejos de mi intención. De hecho considero que para ofrecer apoyo ciego e implicación acrítica es mejor no salir de casa. Vaya por delante que no pretendo desde mi ultraperiferia decirle a las compas catalanas, a los que lo viven en primera persona y tienen que lidiar con el asunto a diario, cómo deben o no hacerse las cosas. Sólo pretendo ofrecer una visión desde la perspectiva que da la distancia y también desde la cercanía a los procesos de independencia que nos ofrece nuestro cercano continente africano.

En todo acto de conflicto social es interesante y necesario que intervengan las anarquistas, pero deben hacerlo a su modo y con sus propias condiciones. La participación anarquista es necesaria en clave de tensión, e incluso de oposición callejera. Porque implicarse no es ni puede ser sinónimo de colaboracionismo. Este aspecto no se está contemplando, al menos en toda su dimensión. La acusación de equidistancia y neutralidad ante cualquier desacuerdo, el “esto no toca” ante cualquier discrepancia, el “le estás haciendo el caldo gordo a la derecha y al 155” ante cualquier crítica, generará un ambiente óptimo para que quienes controlan el próces desde las instituciones se sientan cómodos, pero jamás permitirá que se pueda ahondar en la radicalización social del conflicto. El papel de las anarquistas no puede ser ni de palmeras ante los políticos menos malos ni exclusivamente de carne de cañón en los desafíos físicos (piquetes, cortes de carretera, etc.), eso no es más que reproducir milimétricamente un pasado en el que no nos fue demasiado bien.

Cuando estalla la Guerra Civil en 1936, y la consiguiente revolución popular, los comités confederales y anarquistas pierden todo el verano, cuando el impulso de la revolución era más fuerte, debatiendo sobre el papel del movimiento libertario en los acontecimientos. La tesis que se impuso desde primera hora fue la de la colaboración con las instituciones republicanas, tesis que reforzaba a quienes desde dentro de las organizaciones libertarias ya habían pedido el 14 de abril de 1931, ante un marco muy distinto, que se dejara respirar a la nueva República Española y se rebajara la conflictividad social para no poner en peligro su asentamiento. Este espíritu, reeditado en 1936, iría cristalizando mes a mes hasta hacer inviable toda crítica al gobierno y a sus disposiciones. Allí también se aducía el “esto no toca” y se hablaba de deslealtad y de lo contraproducente para la causa común que era emitir cualquier crítica. Así se va aceptando la militarización, la participación gubernamental, se va quitando a los anarquistas más recalcitrantes, como Liberto Callejas, de la prensa confederal, y se les va sustituyendo por otros más dóciles como Jacinto Toryho, hasta que el anarquismo, motor ideológico de la revolución, se ata así mismo las manos y asume el rol de comparsa republicana. José Peirats diría que lo mejor para la CNT hubiera sido convertirse en oposición, manteniendo su trinchera en la calle y en lo social5. Si esta tesis, la de asumir el rol de oposición callejera, puede mantenerse –de forma bien fundada viendo los acontecimientos posteriores– cuando el anarquismo era una fuerza preponderante, ¿cómo no mantenerla hoy cuando es ultraminoritario?

La idea de intervenir sólo en los posibles altercados callejeros, pero sin elaborar un discurso propio detrás, con una estrategia de conflictividad propia, tampoco es propicia para que la cuestión social se abra camino. En todas las revueltas y conatos revolucionarios las anarquistas se han partido la cara en la calle las primeras, sin que esto haya evitado que desaparecido el alboroto también haya desaparecido su influencia. Victor Serge le relató a Ángel Pestaña cómo durante la Revolución Rusa las anarquistas ganaron mucho afecto popular al ser las primeras en batirse el cobre durante las jornadas de octubre, pero cómo todo se fue diluyendo cuando después de actuar como fuerza de choque se volvieron a sus locales a debatir sobre el sexo de los ángeles6. Las anarquistas hemos sido, a nivel histórico, perfecta carne de cañón en conflictos que generan otros, pero no siempre hemos sabido generar los propios o al menos introducir nuestras exigencias en dichos conflictos y mantener la tensión callejera necesaria para alcanzar nuestros verdaderos objetivos que son, por fuerza, populares y extraparlamentarios.

La implicación por tanto debe ser práctica, resolutiva, pero respondiendo a una estrategia propia y no prestada, y sobre todo debe ser crítica y autónoma, incómoda, debe ser generadora de tensión social y no pacificadora. Y esto debe aplicarse a todo.

Aceptar banderas e identitarismos sólo aleja el conflicto del terreno social y lo entrega en manos de quienes controlan la narrativa de las emociones abstractas. Mientras el conflicto gire entorno a lo abstracto y no a lo concreto, el pan, la vivienda, la asistencia sanitaria, el trabajo, la autonomía económica, serán elementos que podrán sacrificarse sin pesar alguno en el altar de las patrias y los himnos. Los que buscan la hegemonía de lo etéreo son los mismos que buscan que no se mencione el capitalismo ni las posibles alternativas a éste. El juego del nacionalismo es poner a los elementos abstractos, como la nación, la identidad colectiva, los símbolos, en el centro del discurso, para evitar que tomen voz las personas concretas. Lo más peligroso, para los vendedores de quimeras, es que la gente llegue a darse cuenta de que autogobernarse no significa cambiar una bandera por otra, sino tomar decisiones sobre su propia economía, su propio modelo social y su propia vida.

Por otra parte, asumir que las anarquistas sólo pueden implicarse en un conflicto asimilando las ideas de quienes hasta ahora lo han dirigido es haber perdido de antemano. Aceptar como un mal menor supuestos pequeños Estados de rostro amable y simpáticas repúblicas coloristas es pecar de exceso de ingenuidad y de un optimismo infantil. Los Estados que nacen, después de procesos revolucionarios o de independencia, son, a ojos de sus partidarios, como niños mimados a los que se les consiente y perdona todo. Cualquier error que cometen es culpa de las agresiones externas, cualquier exceso represivo es responsabilidad de la nueva situación, etc. Esta idea se extiende y se acaba convirtiendo en un mantra para los grupos de presión que intentan silenciar cualquier disidencia aduciendo a la vulnerabilidad del nuevo Estado y acusando de desestabilizar a cualquier discrepante. Los Estados jóvenes son pequeños tiranos consentidos, y creer que son más fáciles de moldear o desafiar, por parte de su población interna, es un ejercicio de inocencia política imperdonable7. Las anarquistas, en tanto en cuanto defiendan un proyecto de autogestión y autonomía real, no tienen porqué sumarse a una aspiración, por muy generalizada que se pretenda, de carácter estatista. ¿Que toda tesis que no contemple la creación de un nuevo Estado está descartada entre la población? Pues nuestra misión es introducir la idea opuesta, pero no a través de manifiestos, discursos y jeremiadas, sino a través de crear los órganos prácticos, prescindiendo de cualquier retórica, que la hagan posible. Crear comités, comisiones y asambleas, o la estructura que se prefiera, para empezar a gestionar recursos fácilmente asumibles por la comunidad (como vivienda y suministros) que demuestren que en un nuevo marco de ruptura se puede prescindir del Estado. Con Estado y república, como nos demuestran la mayoría de países del mundo que han renunciado a las monarquías y siguen siendo regímenes liberticidas y capitalistas, no hay ruptura posible. Hay un cambio institucional pero no una transformación real de las relaciones económicas y sociales, y eso es lo realmente importante.

Ese es el peligro de aceptar el transversalismo como consecuencia inevitable del conflicto catalán. Los movimientos nacionales suelen ser, por tendencia, transversales e interclasistas; los movimientos sociales no pueden ni deben serlo. Aceptar la necesidad de la transversalidad es aceptar que la batuta del procés la lleve la burguesía catalana, con las consecuencias que esto conlleva. A la burguesía catalana le pueden importar mucho los símbolos y los sentimientos, pero su mayor afecto es para con el dinero y su símbolo favorito es el de los billetes de 500 euros. La propiedad privada lo es todo para ella, y no sacrificará nada que pueda ponerla en riesgo. Ante todo lo que pueda afectar al statu quo económico (por eso desaceleró tanto el procés –quizás más que la propia represión estatal– la fuga de capitales y los boicots empresariales españolistas) sabe bien dónde debe situar su solidaridad de clase –mucho mejor que nosotras–. Por eso el PdeCat se ha olvidado de la humillación del 155, de la provocación de ser un país tomado por la Guardia Civil, de sus presos y exiliados, y ha firmado con el PP, Ciudadanos y el PNV un acuerdo para destrozar la okupación famélica con desalojos expeditivos8. Eso es transversalismo, y lo es también Felip Puig mandando a sus mossos a apalear manifestantes durante el 15M, lo son los mossos torturando a detenidos en comisaría y disparando pelotazos de goma en la cara, lo es Xavier Trías semiderribando Can Vies, lo son los desahucios, la gentrificación y la persecución de manteros, y lo son mil cosas más que las compas catalanas conocerán mucho mejor que yo. La retórica de los males menores es la madre de los grandes batacazos.

Y es aquí donde entramos en una cuestión capital. A la burguesía catalana sólo le interesa la independencia política, la de sus instituciones y sus estructuras de poder. Al pueblo trabajador catalán lo que le debe interesar es la independencia económica y social, porque sin esta última la independencia política se convierte en algo inútil y meramente estético. Si algo nos ha demostrado el sangrante ejemplo de África es que el supuesto proceso descolonizador que se produjo en el continente en la segunda mitad del siglo XX fue un proceso puramente formal que dejó intacta la estructura colonial en su mismo tronco. Los países africanos pueden presumir hoy de independencia política (a veces bastante parcial), pero su independencia económica está completamente en entredicho: los beneficios de sus recursos siguen sin permanecer en el suelo que los produce y siguen enviándose a la antigua metrópolis y su economía sigue siendo dependiente de las antiguas potencias coloniales. Los imperios de antaño sólo cedieron la independencia política cuando se aseguraron de que sus empresas tenían bien atado el monopolio económico. Catalunya puede conseguir mañana mismo la independencia sin que la situación de su clase obrera cambie en lo más mínimo, pues su economía puede seguir siendo perfectamente dependiente del Estado español y la Unión Europea (de ahí el temor de la derecha nacionalista catalana a romper con Europa). Cualquier intento de independencia que sólo contemple los aspectos políticos y no económicos sólo conseguirá una cosa: instituciones libres con ciudadanos esclavos.

Ese es el problema de que se haya aceptado que el proceso que se está dando en Catalunya tenga que ser dirigido por políticos profesionales, por partidos e instituciones. El protagonismo es suyo, y ellos deciden los tiempos y las hojas de ruta sin que les importe una mierda las exigencias de la calle. Si algo nos demostró la Revolución Francesa es el grave riesgo que corre el pueblo trabajador cuando se ponen al servicio de la burguesía y un supuesto “bien mayor”. Las obreras hacen la revolución pero después dejan que sean otras quienes decidan su curso. Así son utilizadas y explotadas para consolidar los intereses de una nueva clase dominante y finalmente son desechadas cuando ya no responden a ningún propósito útil. La misión de las anarquistas, y de todas aquellas fuerzas sociales extraparlamentarias, es una misión titánica pero importante: deben intentar que la capacidad de decisión se desplace de las instituciones a la calle; sacar el protagonismo del parlamento y los partidos y ponerlo en las organizaciones de base de barrio y su capacidad de generar narrativa y tensión; agudizar el antagonismo entre pueblo y gobierno, entre trabajadoras y clase política, hasta forzar el divorcio. La calle no está para apoyar a las instituciones y a los políticos, sino para presionarles y sobrepasarlos. Cuando antes citaba a Anselmo Lorenzo y cómo los primeros internacionalistas debatían en ambientes hostiles, no me refería –y espero que no se me haya entendido así– a mezclase con políticos ni a participar en sus aparatos de poder; hablaba de disputarles el auditorio; de cuestionar su legitimidad para encabezar cualquier proyecto colectivo; de juntarse con la gente de abajo, con independencia de sus ideas a priori, para empezar a desafiar la hegemonía gubernamental y poder construir desde la raíz.

La tarea es ardua y quizás, sobre todo a estas alturas, parezca imposible. Pero creo que las anarquistas que toman la decisión de implicarse en un proceso de ebullición social deben de hacerlo con sus condiciones; no por dogmatismo sino porque la propia práctica y la experiencia nos demuestran que es lo más pragmático. Para sumarnos a la combustión social no es necesario aceptar sufragios, Estados, banderas y chorradas; es necesario buscar el espacio para fracturar y meter nuestros discurso, y sobre todo nuestra praxis, por las grietas. Cuando Errico Malatesta lucha contra el colonialismo inglés en Egipto en 1882, o cuando Louise Michel apoya las reivindicaciones canacas y argelinas contra el Estado francés desde Nueva Caledonia en 1873, no hacen más que buscar una palanca social en conflictos que inicialmente sólo son nacionales. Bakunin mismo mantendría un fuerte idilio desde finales de los años 40 del siglo XIX con los movimientos soberanistas eslavos y las convulsiones nacionales que por entonces sacudían Europa y sólo lo rompería en 1863 después de sus últimos desencantos con el movimiento nacionalista polaco e italiano. Hasta cuando las anarquistas se han negado a participar en intentonas que consideraban fracasadas o que estaban impulsadas por los mismos que las perseguían, como el intento de proclamación de independencia de Companys en la Catalunya de 1934, no lo hacían para quedarse de brazos cruzados, sino para recoger los fusiles de los vencidos y prepararse para organizar sus propios levantamientos.

No soy optimista ni confiado. Tengo, de hecho, muchas reservas. Sólo sé que ante un caso de represión y cacería de disidentes como el que el Estado español está ejecutando en Catalunya nuestro deber, como libertarias, es estar con las catalanas y contra los resortes represivos del gobierno. Sólo sé que las anarquistas hemos de aprovechar casi cualquier situación de descontento popular para meter baza y para introducir presión en la olla social y evitar así que la gente siga sometida a la lealtad institucional y a la disciplina de partido. Sólo sé que para que el conflicto se externalice y el desafío con el gobierno pueda extenderse a otros puntos del Estado español es imperativo que transcienda de su dimensión nacional y aborde definitivamente la cuestión social. Sólo sé que el pueblo catalán, durante todo este proceso, ya ha dado por sí mismo varías muestras de rebeldía y de desobediencia a disposiciones, mandatos, ordenes y leyes. Sólo falta, por parte de nosotras, de todas las que componemos las fuerzas extraparlamentarias callejeras, que empujemos para coadyuvar a que también se vean capaces de desobedecer a sus propios líderes y empiecen a tomar decisiones sobre lo social, sobre la producción, sobre la distribución, sobre el pan y el techo, sobre su destino, sin delegar en nadie más que en ellas mismas. Repito que parece complicado e incluso imposible, pero ese es nuestro terreno: conseguir que lo extraordinario pase a ser cotidiano y que lo imposible sea factible. De hecho todos los proyectos que en este conflicto parecían posibles, por lejos que hayan podido llegar –sobre todo en lo simbólico–, hasta ahora han fracasado. Buscar lo imposible es hoy, en Catalunya, lo más realista.

Ruymán Rodríguez

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1Así decía Carmen Martín Gaite en un poema (Ni aguantar ni escapar) que versionó Chicho en A contratiempo (1978): “Ni de ida ni de vuelta/ni al margen ni en el ajo/ni pasión ni desdén:/vacilación resuelta/con el suelo debajo/por entre el mal y el bien/[…] ni súbdito ni rey/ni a cualquier viento hoja/ni el paso altivo y fuerte:/por donde pisa el buey/pero en la cuerda floja/mientras llega la muerte”.

2“Uno de los días de reunión del núcleo organizador aparecieron unos carteles anunciando una reunión pública que celebraría el domingo siguiente en la Bolsa la Asociación para la Reforma de Aranceles. Esto me inspiró la idea de proponer al núcleo que designase uno de los individuos para hacer una pública manifestación de sus aspiraciones, fundándome en que ninguna ocasión mejor que aquella para la publicidad que deseábamos; tratándose allí la cuestión social, aunque limitada por el criterio burgués a discutir sobre proteccionismo y libre cambio, nuestra intervención podría abrir una vía nueva que separase a los trabajadores de la sugestión política a que se hallaban a la sazón sometidos y les inclinase a ingresar, como es de razón, en el proletariado militante” (A. Lorenzo, El proletariado militante, tomo I, 1901).

3Citado por Antonio Téllez en La Guerrilla Urbana I. Facerías, 1974.

4“Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. […] Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas. En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos” (E. Malatesta, En tiempo de elecciones, 1890).

5“Fuera del gobierno estábamos en la oposición, en nuestra trinchera, y teníamos un factor importantísimo en nuestras manos: la producción, la economía. Podíamos ser una fuerza de presión muy difícil de manejar mientras que, yendo al terreno del adversario, nos separábamos de nuestro terreno firme y nos transformábamos –cual ocurrió– en fáciles marionetas en sus manos” (Entrevista con J. Peirats el 19 de junio de 1976, recogida en el cuadernito Colección de Historia Oral. El movimiento libertario en España I, sin fecha).

6“[…] Los grupos anarquistas fueron los primeros en batirse y dar la cara al enemigo […], de ellos partió la mayoría de iniciativas, batiéndose siempre en los lugares de más peligro. […] Arrastraron al pueblo a las trincheras y en ellas estuvieron hasta el último instante, mientras Lenin, Trotsky y Zinóviev y compañía, tomaban prudentemente el camino de Moscú. Pero después de esto, después de la heroica defensa de las trincheras y de batirse valerosamente, ya no se les vio por parte alguna. Se encerraban en sus casas o en sus clubs, y vengan y vayan discursos, sin interrumpir enérgicamente en el prosaísmo de una realidad que era, en aquellos momentos, muy superior a toda concepción abstracta de las ideas” (V. Serge citado por A. Pestaña en Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, 1924).

7En Dios y el Estado (1882) ya nos advertía M. Bakunin: “Pero los Estados medianos y sobre todo los pequeños, se dirá, no piensan más que en defenderse y sería ridículo por su parte soñar en la conquista. Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, como el sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en detrimento del vecino; redondearse, crecer, conquistar a todo precio y siempre, es una tendencia fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que sea su extensión, su debilidad o su fuerza, porque es una necesidad de su naturaleza”. Las palabras de Bakunin se ajustan a una realidad empíricamente demostrada. Nos basta con hacer un seguimiento a la historia de los imperios para descubrir que casi todos fueron pequeños Estados alguna vez y que muchos incluso nacieron de idealistas luchas por la independencia, pero ninguno pudo escapar a este axioma: aun los Estados más pequeños son homicidas en su sueños.

8“La comisión de Justicia del Congreso ha aprobado una proposición de ley para desahuciar a okupas […] en 20 días […]. La iniciativa del PdeCat ha sido apoyada por el PP, PNV y Ciudadanos […]” (E. Vega, El Congreso aprueba el desahucio exprés contra los okupas, 24 de abril del 2018, en Cadena SER).

La fuerza del apoyo mutuo

Como saben todas las personas que siguen el trabajo cotidiano de la FAGC, el pasado 22 de marzo la empresa Endesa dejaba sin luz, y con ello sin agua, a la Comunidad “La Esperanza” (la comunidad autogestionada más numerosa del Estado con más de 70 familias, 200 personas, entre ellas unos 100 menores). La FAGC se encontraba en su momento más delicado, derivando toda la actividad de realojos al Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria, acosadas por las enfermedades y la emergencia de cuidarnos. Como dice nuestro querido compa el Acratosaurio Rex, “huyendo [en nuestro caso a un proyecto agrícola en la periferia] para no tener que rendirnos”. Sin embargo, nos limpiamos el polvo de la ropa, nos pusimos en pie y activamos nuestro protocolo de emergencia.

Las vecinas, apoyadas por el SIGC, se organizaron en varias asambleas y decidieron los pasos a dar. Pero su situación también era complicada: les habían cortado los suministros justo en Semana Santa, cuando los días festivos mantienen vacíos muchos de los feudos institucionales ante los que protestar y cuando el interés mediático se concentra en ver pasear a muñecos llorosos y ensangrentados por las calles delante de enormes colas humanas que se rompen la camisa, la piel o los cuernos siguiendo a los guiñoles. Pero no pensaban dejar que las circunstancias les pudieran. Más valía partirse que doblarse.

El Sindicato dedicó mucho de su esfuerzo al apoyo presencial y a la asesoría técnica y la FAGC se dedicó a lo que mejor sabemos hacer aquí las anarquistas: meter mucho ruido y organizar la guerra de tinta y la red de solidaridad. También intentamos tranquilizar a las vecinas a nivel legal por los rumores de desalojo. Todas nos volcamos. Queremos destacar especialmente la labor de un compañero que a pesar de los complicados momentos de salud por los que está pasando se reincorporó para coger el móvil y el teclado, movilizar a sus contactos para que la rueda de prensa fuera un éxito, asesorar a las vecinas, preparar argumentarios y escribir comunicados que han captado perfectamente la sensibilidad y las demandas de “La Esperanza”. Todo el amor para él.

El anterior sábado se convocó una nueva asamblea para preparar la rueda de prensa del pasado lunes día 2 de abril y para afrontar una vez más el tema más duro y complicado: la falta de agua. Los servicios sociales del ayuntamiento, la misma institución que permitió la obra que facilitó el corte de luz, y que hoy se niega a responder a los medios, empieza su presión y sus amenazas veladas sobre el futuro de los menores si la comunidad continúa sin agua. La asamblea decide que, como primera medida de emergencia, debe comprar un motor para hacer funcionar el hidro que llevará el agua a sus casas. Consultan precios y modelos y uno de los más asequibles cuesta unos 1300 euros. Los vecinos sólo cuentan con los fondos que ha ofrecido la FAGC (todo lo que teníamos) y con la contribución de dos hermanos canarios que ofrecieron una ayuda que aún no habíamos pedido. Deciden entonces hacer una derrama de 15 euros por familia, pero saben que tardarán en reunirlos y que no todos podrán aportarlos. ¿Cuánto tiempo aguantarán sin agua antes de que las amenazas de los trabajadores sociales se cumplan?

La FAGC se angustia y nota el dolor de las madres de “La Esperanza” en su propio pecho. Entonces hace un acto casi improvisado y casual, sin demasiadas expectativas, y publica en su cuenta de Twitter una humilde petición de ayuda. En pocos minutos las peticiones empiezan a llegar. La community manager (la palabra nos parece que apesta, pero no conocemos otra) empieza a compartir con los vecinos cada nuevo ofrecimiento de ayuda. Al poco tiempo no da a basto para contestar, los “mil gracias” y los emoticonos de besos y corazones vuelan de sus dedos. No ha pasado una hora y ya hay casi hay 50 donantes. Escribe y llora, y chapotea en un teclado cada vez más humedecido por las lágrimas (y algún moco). De Estados Unidos, Alemania, Portugal, Italia, Catalunya, Euskal Herria, País Valencià, Madrid, Galicia, Asturies, Cantabria, León, La Mancha, Andalucía, Baleares, Canarias, y mil sitios más que desconocemos. Sólo en 24 horas se ha conseguido el objetivo y ponemos fin a la campaña solidaria, pero la gente quiere seguir donando. No sólo quieren ayudar con el motor, sino con las cubas de agua, con el combustible, con una solución definitiva para la luz, con lo que necesite la comunidad. Nos sentimos superadas. No todo es dolor para la FAGC.

El miércoles ya habíamos conseguido 2400 euros. La comisión de “La Esperanza” encargada de ir a comprar el motor recoge el dinero que le entrega la FAGC y se traslada hacia el comercio con el precio más asequible. Finalmente el motor de 6 hp que necesitaban está más barato de lo que habían creído y con 1000 euros pueden comprarlo y tener un importante remanente para pagar combustible y cubas de agua atrasadas. El motor entra en la Comunidad y ésta se convierte en un clamor. Se gritan dos cosas: “¡Ya hay agua!” y “¡Gracias!”.

Esta noche las niñas y niños de “La Esperanza” tienen agua. La angustias y pesadillas de adultos y menores se mitigan. Hoy se ha conseguido una pequeña gran victoria. Y ustedes, que sé que nos leen, han tenido mucho que ver.

El fantasma de los servicios sociales no ha desaparecido, aún queda solucionar el tema de la luz de forma definitiva, aunque sea a medio-largo plazo. Varios colectivos ecologistas de la isla implicados con las energías renovables han contactado con el SIGC para proponer una solución a través de placas solares que posiblemente pueda aplicarse también al resto de nuestras comunidades autogestionadas. El ejemplo de Errekaleor es fuerte, aunque tengamos que adaptarlo a nuestros humildes recursos. Aun queda mucha guerra, pero qué bien sienta cuando puedes sentarte tras la trinchera y saborear la victoria de una batalla junto a tus colegas.

Esto no hubiera sido posible sin ustedes, sin todas esas personas, tras siglas o un nick en una cuenta en una red social, tras la que hay un nombre, una carita, una circunstancia y un corazón. Desde aquí toda nuestra gratitud y amor por haber demostrado que el Apoyo Mutuo es mucho más que un lema. Es tan fuerte que se ha convertido en el verdadero motor que ha impedido que se apague el proyecto de socialización de viviendas más grande del Estado. Ustedes son la FAGC, ustedes son la Esperanza.

Gracias a Alasbarricadas.org, a El Lokal del Raval, al Colectivo Feminista “La Furia”, a Inèrcia Docs, a Calumnia Edicions, a CGT (Airbus Getafe), a CNT Premià, a CNT Jerez, a CNT Sabadell, a los bloques de Cal La Trava y Jahnela, al colectivo M.A.O.N, a Anarquismo en PDF, a Veganismo en Pie, al grupo de afinidad “El Jardí”.

Y gracias a David y Luis, a Israel, a Mireia, a Porrumentzio, a Lanjo, a Cristina, a Ana, a Miguel, a Luis, a Zurra, a Samuel, a Fany, a Elena, a Raul, a los Toños, a Guerrero y Gema, a Hora de Revolta, a Benjamín, a Patxi, a Sara y Ricard, a Andrea, a Guille, a Alex, a Marc, a Marta, a Aurelito, a Mateo Morral, a Rakel, a los Ilusionistas, a David, a Sager, a Dani, a Oti, a Xavier, a Pepa, a Negro, a Gonzalo, a Manuel, a Virginia, a Alfredo, a Juan, a Olga y Jesús, a José Luis, a F. Marco, a ander, a Marisa, a Santa, a Iago, a Neizan, a Mel, a Pablo y Nona, a Wiwutrnb y Sonata, a José, a Faísca, a Pedro, a Sven y Birte, a Pedrito, a Anita, a Daniel, a AnarquistaForever, a Javier, a Yaiza, a la familia Las Cuestas, a Magrit Matrice, a Edurne, a Lorenzo, a Eric y Cel, a Fernando, a Mike, a Carmen, a Antonio, a Amaia, a Esther, a Tito, a Rodri y a muchos otros nombres que no mencionaremos, hasta que nos digan, pero que también han estado y están ahí.

No les olvidaremos, mientras haya memoria.

FAGC

El tweet que desató la avalancha solidaria.

 

El motor que necesitaba la comunidad. Al final la comisión pudo encontrarlo a 1000 euros. 300 menos del objetivo propuesto.
Factura del motor.
Factura del bindón para rellenarlo.
Factura de la clavija para conectarlo.
El motor ya está de camino a casa. La alegría de Tay, una de las portavoces de la comunidad, y otro de los motores humanos con los que ha contado «La Esperanza» estos días.
El motor llega. Las vecinas que no están cargando garrafas de agua o buscándose la vida con distintos trabajos precarios, corren la voz por el patio de la comunidad: «¡ya está aquí el motor!».

 

Algunas vecinas se hacen una foto de familia con el motor. Si alguna vez les preguntan a ustedes qué es el «anarquismo de barrio» les basta con enseñar esta imagen.
Se procede a instalar el motor y a llenarlo de combustible.
Carlos, vecino de la comunidad, «manitas» y afiliado al SIGC, se encarga de que todo esté preparado. También los peques esperan oír arrancar el motor.
El hidro empieza a funcionar por primera vez en más de una semana. Tiene presión y ya puede distribuir el agua a las casas.
La explosión de alegría se desata. Los ojos brillan como brilla «La Esperanza».
Las cuentas bien claritas de Tay. Gracias a ustedes y su solidaridad hay dinero suficiente para combustible, para pagar las cubas de 90 euros los 20.000 litros y para que en no mucho tiempo podamos celebrar también que «La Esperanza» es energéticamente autosuficiente.

Nota de prensa

Convocatoria rueda de prensa

El pasado jueves 22 de marzo (2018) la empresa Unelco-Endesa cortó, sin previo aviso, el suministro eléctrico que abastecía a la Comunidad “La Esperanza” en el municipio de Santa María de Guía (Gran Canaria). La Comunidad “La Esperanza” es la comunidad autogestionada más grande del Estado español y se compone en su mayoría de familias sin recursos con hijos a cargo que a comienzos de 2013 fueron realojados allí a través de la Federación Anarquista de Gran Canaria, contando con el consentimiento de la promotora propietaria del inmueble que aún se encuentra litigando su proceso de embargo a manos de Bankia (siendo adjudicataria de la deuda la SAREB).

La gravedad del acto de Unelco-Endesa es incalificable desde una perspectiva humanitaria si atendemos a que en la Comunidad viven más de 70 familias, unas 200 personas, siendo más de la mitad de ellas menores. El problema no es sólo que la comunidad carece de luz, sino también de agua, pues el hidro que traslada el agua a las viviendas no funciona sin energía eléctrica. Las consecuencias directas para estas familias y sus hijos, obligadas de un día para otro a vivir sin agua y sin luz, pueden ser irremediables si no hallamos una solución urgente.

Unelco-Endesa siempre se ha negado a regularizar el suministro eléctrico, a pesar de la disposición de los vecinos a pagar contadores y cuotas. La negociación con ellos ha sido imposible desde hace 5 años. A su vez ninguna administración pública ha aceptado mediar o intervenir para garantizarnos este derecho a los suministros básicos que la propias normativas municipales establecen.

Es por eso que queremos convocar a todos los medios de comunicación a una rueda de prensa que tendrá lugar el próximo lunes día 2 de abril a las 9:30 en la Comunidad “La Esperanza” (carretera del norte kilómetro 24, Albercón de la Virgen, frente a la ITV) para denunciar esta situación, provocada por Unelco-Endesa con la complicidad de todas las administraciones públicas competentes que se proponen crear una crisis humanitaria en “La Esperanza” de consecuencias irreversibles. Las vecinas y vecinos de la Comunidad no pensamos permitirlo y buscaremos por nosotros mismos las soluciones que ellos no nos dan. Pero para eso necesitamos primero dar a conocer nuestra dramática situación y que los medios comparezcan e informen de un hecho que se prefiere silenciar: que en el democrático Estado español, en esa zona política progresista y avanzada llamada Europa, 200 personas, en su mayoría niños, carecen de los suministros más básicos (agua y luz) por culpa de la codicia de una empresa privada y por culpa de la vergonzosa inhibición de las administraciones públicas.

La identidad anarquista

Por Ruymán Rodríguez. Aparecido originalmente en Alasbarricadas.org

Nunca he entendido lo de considerarse anarquista como una identidad. Para mí las identidades colectivas tienden siempre a constreñirnos en compartimentos estancos, en categorías cerradas, cuantificables, cómodamente identificables y asimilables. Respeto todas ellas, siempre y cuando no se configuren en oposición a otras identidades que tengan por inferiores, pero en mi opinión la identidad que verdaderamente nos pertenece y define es la individual, la que desarrollamos aunque nos hubiéramos criado a oscuras y en una isla desierta. Cierto que la identidad se configura con el entorno, a veces absorbiéndolo y otras repeliéndolo (y muchas veces un poco de cada), pero me interesa conocer cuánto de lo que somos sobrevive al contacto con el medio. Siempre he considerado, seguro que erróneamente en opinión de los filósofos y sociólogos, que lo que somos realmente es lo que queda después de ese contacto con el entorno. Lo que el medio pone en nosotros es nuestra identidad social; lo que el medio no puede cambiar, lo que resiste a su contacto, eso es lo que somos. Seguro que para muchas es romanticismo individualista, pero no es mi intención filosofar. Baste con decir que para mí lo que define a una persona es su identidad individual, por encima de la identidad cultural, étnica, genérica, etc., que le hayan impuesto o que haya tenido que escoger entre un número limitado de opciones. A veces esas identidades, como son las políticas, no son neutras, y marcan bastante cómo es la persona en sí (por ejemplo, una identidad política autoritaria), otras están cargadas de unos privilegios de serie (como es la identidad genérica masculina) y hay que declararse en contra o a favor de los mismos, y eso también nos define como individuos. Pero en general, cuando simplemente nos limitan a ser algo circunstancial, que no hemos escogido, que otros eligieron en nuestra cuna por nosotros (identidades nacionales o religiosas), pues todas pueden ser igual de apercollantes. Lo he dicho alguna vez y siempre suena igual de duro, pero me gusta insistir: todas las culturas son iguales, porque todas pueden ser igual de malas. En definitiva, las identidades grupales no me sirven para definir a las personas, su identidad individual sí, del resto hago como hacía Jesús Lizano y sólo “veo mamíferos”.1

Para mí ser anarquista es una sensibilidad, una forma de entender la vida y las relaciones sociales que conlleva una práctica real y una propuesta de vida alternativa a lo existente. Es una sensibilidad que existía antes de que se le diera ese nombre y que existirá después de que éste se haya olvidado. Las manifestaciones anarquistas preceden a la etiqueta, son anteriores a que los griegos acuñaran la palabra2 y a que un francés se autodenominara así como gesto provocativo3. Se asume el nombre de anarquista porque recoge todo lo que conlleva esa sensibilidad, pero a lo largo de la historia han sido muchos y variados los sustantivos que han intentado definir lo mismo. El que corresponde a la edad contemporánea es ese, no hay más. Es posible que ahora, al no vincularlo con un concepto ideológico o científico, alguien entre por la puerta y me exija el carné de anarquista para rompérmelo en la cara. Pero lo que digo no es nada nuevo ni original y son muchas antes que yo las que han entendido así la anarquía y el anarquismo. Para Malatesta: “El anarquismo es un modo de vida individual y social a realizar para el mayor bien de todos, y no un sistema, ni una ciencia, ni una filosofía”4. Rocker se explayaba más todavía:

“Soy anarquista, no porque crea en un futuro milenio en donde las condiciones sociales, materiales y culturales serán absolutamente perfectas y no necesitarán ningún mejoramiento más. Esto es imposible, ya que el ser humano mismo no es perfecto y por tanto no puede engendrar nada absolutamente perfecto. Pero creo en un proceso constante de perfeccionamiento, que no termina nunca y sólo puede prosperar de la mejor manera bajo las posibilidades de vida social más libres imaginables. La lucha contra toda tutela, contra todo dogma, lo mismo si se trata de una tutela de instituciones o de ideas, es para mí el contenido esencial del socialismo libertario. También la idea más libre está expuesta a este peligro, cuando se convierte en dogma y no es accesible ya a ninguna capacidad de desenvolvimiento interior. […] El anarquismo no es un sistema cerrado de ideas, sino una interpretación del pensamiento que se encuentra en constante circulación, que no se puede oprimir en un marco firme si no se quiere renunciar a él”5.

El anarquismo ha sido para muchas, que lo han sabido explicar mejor que yo, un anti-absoluto, una sensibilidad especial y concreta ante los problemas reales que ha exigido a su vez una forma específica de confrontarlos: el antiautoritarismo práctico. Es lógico que si eso es el anarquismo a eso, más que a identidades prediseñadas y uniformadas, deba corresponder el anarquista.

Es cierto que el anarquismo sí surge como problema identitario en muchas ocasiones. Ya lo he comentado en varios textos. Hay quien necesita asumir una identidad prefabricada que cree que le proporcionará prestigio entre un grupo más o menos amplio de afines. Así se producen fenotipos verdaderamente ridículos: el anti autoritario que defiende con fanatismo la autoridad intelectual de tal o cual santón; el iconoclasta que guarda su reliquia libertaria, en forma de bandera o símbolo, junto al corazón; el herético que encabeza la “congregación de la doctrina para la fe” en pos del dogma libertario. Aberraciones de ese tipo las ahí en todos lados: anticapitalistas especuladores, aliados feministas misóginos, ateos creyentes e intelectuales ignorantes. También hay anarquistas que lo son de forma identitaria, pero para mí, con todos los respetos, esa es una forma muy pobre de ser anarquista. Como considerarse identitariamente ario es una forma muy pobre de ser un humano.

Lejos del terreno de las aporías, considero que la sensibilidad anarquista es de vital importancia a la hora de gestionar nuestra propia vida y los conflictos y desigualdades sociales. Una vida sin jerarquías y dónde nuestra supervivencia se vea garantizada por relaciones de ayuda mutua es hoy más necesaria que nunca. Aunque la mayoría de anarquistas podamos coincidir en esto, algunas compañeras han planteado un debate que se podría sintetizar así: ¿debe esta sensibilidad seguir recibiendo el nombre de “anarquista”? Aunque la cuestión parezca meramente formal y no de fondo, la realidad es que las implicaciones, por sus motivaciones y consecuencias, van más allá de una cuestión nominal.

Empecemos aclarando que este debate no es nuevo. Ya Ricardo Flores Magón proponía hace más de un siglo: “Solamente los anarquistas sabrán que somos anarquistas y les aconsejaremos que no se llamen así para no asustar a los imbéciles”6. Varias voces a principios del siglo XX en el Estado español proponían la utilización del término “socialismo libertario” en lugar de “anarquismo” para evitar las connotaciones negativas de este7Y el las últimas décadas el término mismo de “libertario” se ha convertido en un eufemismo de anarquista, cuando no en una forma de aclarar que se es anarquista pero de forma light, descafeinada, no inflamable. En realidad el origen de la palabra no tiene nada que ver con la búsqueda de un sustantivo amable y edulcorado para definir al antiautoritarismo. La palabra fue acuñada por el anarcocomunista francés Joseph Déjacque que tituló así a su periódico (Le Libertaire, 1858-1861) y que ya la había usado en 1857 en una carta abierta dirigida contra Proudhon en la que le acusaba de ser “liberal y no libertario” por su machismo8. El término fue rescatado por Sébastien Faure ante las leyes antianarquistas (conocidas como “leyes perversas”) aprobadas en Francia a partir de 1893 que prohibían expresamente la propaganda anarquista y la inclusión del vocablo en cualquier texto apologético. Así dio vida en 1895 a su periódico Le Libertaire y volvió a popularizar una palabra que había sido olvidada hacía 30 años. El término se usaba como sinónimo de anarquista cuando éste no podía usarse si se querían evitar las consecuencias legales, pero no era necesariamente una graduación de compromiso o autoafirmación. Es con el paso de los años cuando a las manifestaciones y personajes con cariz social que no se declaraban anarquistas pero que se oponían al autoritarismo se les empieza a definir así. Y es con el paso de los años cuando los que no están cómodos con un nombre que toman por agresivo o poco estético empiezan a usar lo de “libertario”.

Esta actitud se ha tratado de justificar en la mala prensa que tiene la palabra anarquista, sobre todo atribuida a la oleada de atentados de los años 90 del s. XIX. Es cierto que la palabreja se ha teñido de connotaciones negativas, pero esto surgió mucho antes de que los “propagandistas por el hecho” irrumpieran abruptamente en el tablao de la historia. Durante la Revolución Francesa se usaba el término anarchiste de forma peyorativa para acusar a los opositores políticos radicales, a los partidarios de la “igualación de fortunas” y a los sans-culottes más agitadores9. Sería exhaustivo e innecesario reproducir todos los fragmentos de la historia de la filosofía en la que el término anarquía o anarquista, de Platón10 a Bentham11, ha sido anatemizado. Incluso los primeros clásicos anarquistas, de Godwin12 al propio Proudhon13 (que la utilizaba indistintamente), se contagiaban y usaban el término de forma negativa. En conclusión, el nombre no fue maldecido originalmente por lo que hicieran o dejaran de hacer los anarquistas que lo portaban; desde siempre ha existido miedo al término y no tiene más recorrido, en un mundo organizado bajo el ordeno y mando, que su sentido etimológico: ausencia de jefes. No necesito abundar en ello porque los anarquistas llevan siglos explicando la paradoja de vincular anarquía y caos, autoridad y orden. El miedo al horizontalismo, a la autonomía, a la desregularización de la vida cotidiana, a la abolición de la propiedad privada sin subterfugios, es connatural a un mundo cuyo funcionamiento se basa en que unos estén arriba y otros abajo. Lo lógico es que cualquier intento de alterar eso se considere una amenaza. De hecho, en todos lo ejemplos que acabo de mencionar, de Platón a Bentham y de este a las facciones más conservadoras de la Revolución Francesa, la crítica a la anarquía y sus supuestos propagadores no se fundamenta tanto en el miedo a la libertad absoluta como en el miedo al igualitarismo que conlleva la ausencia de autoridad formal. Para los citados la anarquía supondría un inadmisible seísmo igualador que socavaría la jerarquía social, acabaría con la superioridad “natural” de unos individuos sobre otros y nos llevaría al caos. El anarquista, obviamente, no podía caerles más antipático.

La palabra anarquista, por tanto, debe ser lógica e impepinablemente negativa en una sociedad donde los poderosos tienen el monopolio del discurso, donde el tabú de la autoridad apenas se cuestiona de forma pública, donde todo sigue girando gracias a que no se alteran ni los privilegios de unos ni los deberes de otros. Lo que las anarquistas hayan hecho con ese nombre puede ayudar más o menos a dar munición al enemigo, pero en modo alguno condiciona las connotaciones del vocablo. Partiendo de esto, hemos de entender que cuando surgen las primeras personas que conscientemente se dotan de este nombre saben perfectamente lo que están haciendo. No están cogiendo una palabra nívea que se manchará con el uso; están cogiendo un insulto, un epíteto peyorativo, un descalificativo político, y lo están reivindicando. Es un acto de provocación, de prestigiar lo mancillado, de revolverse contra lo establecido. Y la provocación, consciente y estratégica, sigue siendo necesaria. Es lo que han hecho la mayoría de colectivos y personas reprimidas y marginadas cuando han vuelto contra sus acusadores sus propias injurias: negro, puta, maricón, paria, han sido dardos que las oprimidas han recogido del suelo para devolvérselos a sus acusadores. Y no son pocas las veces que han dado en la diana del orgullo herido.

Dejando atrás esta digresión histórica, que espero haya sido de alguna utilidad, vamos a adentrarnos en lo que más me interesa de la mayoría de asuntos: su dimensión práctica. Ser anarquista, como identidad fetichista, sectaria, como actividad masturbatoria, sí es un estorbo. El anarquismo de esos anarquistas es el que siempre he criticado: el que sermonea a las supuestas masas analfabetas, en el que cree que la verdad absoluta le fue revelada por algún libro polvoriento, el que imagina que puede dar lecciones de superioridad moral, el que piensa que no puede aprender nada de la gente de a pie y sin ideología definida, el que no da un palo al agua porque moverse mancha y la realidad empuja a la contradicción. Pero la sensibilidad anarquista, la forma de definirse anarquista por lo que se siente, se vive, se propone y, sobre todo, se hace, ¿debe dejar de recibir ese nombre? El argumento a favor viene a decir que es un nombre muy impopular, que crea una distinción entre la anarquista y el resto de la gente, que es más fácil introducir nuestras prácticas en las luchas sociales si nos dejamos el nombre en el bolsillo y que es de por sí una marca gastada, obsoleta. Yo no coincido, nunca lo he hecho, con ninguno de esos argumentos.

En primer lugar ya he aclarado que la impopularidad de dicho término proviene de su propio significado y de la capacidad que tienen los poderosos de imponer la hegemonía semántica sobre una palabra que supone para ellos un desafío per se, sobre todo si llegara a materializarse como opción mayoritaria. Pero con independencia de esto, hemos de partir de algo que es tan terrible como cierto: no todo lo popular es correcto. Una cosa es enfocar el mensaje de forma que cale en la gente, buscar la mejor manera de expresarse y presentarlo, dejar de creer que todo lo que proponemos es infalible, que es la gente la que tiene que convertirse a nuestro credo, y empezar de una vez a ser conscientes de que es nuestra propuesta la que tiene que dar una respuesta eficaz a las necesidades más inmediatas de la gente. Y otra cosa muy distinta es pensar que nuestro discurso debe seguir la estrategia de la demagogia y adaptarse a lo generalmente aceptado. Nuestro discurso debe ser realista, contrastable en los hechos, pero eso no implica que no sea provocativo, que tenga que ser necesariamente cómodo y que deba ser aceptado sin romper alguna resistencia inicial. Pensar lo contrario es abrir la puerta al maquiavelismo, a la falta de integridad, a decir lo que la gente quiere oír aunque no sea lo que necesita escuchar. Dejarnos llevar por eso plantea un antecedente peligroso: ¿por qué no asumir un discurso racista para poder introducirnos en aquellos barrios obreros donde ha calado la propaganda contra la inmigración? ¿Por qué no aceptar un argumentario machista si queremos meter basa sindical en un curro donde se respira testosterona? ¿Por qué no apoyar el maltrato animal a cambio de compadrear con pibes a los que les gustan las peleas de perros? ¿Por qué no olvidarnos de cuestionar la propiedad privada y el capitalismo para llegar a la peña que inunda los centros comerciales y que tiene como ocio el consumo? Son preguntas retóricas, pero que ejemplifican muy bien el peligro de rebajar la intensidad del discurso en pos del marketing. El fin nunca justifica los medios. Dejarnos arrastrar por lo contrario nos convertirá en unas estupendas publicitas expertas en mercadotecnia, pero seremos nulas como transformadoras sociales. Cuando el humo se disipe no tendremos nada que ofrecer porque ya habremos renunciado a todo para ser populares.

Hay una frase de Luther King que lo define muy bien:

“La cobardía hace la pregunta: ¿es seguro? La conveniencia hace la pregunta: ¿es políticamente correcto? La vanidad hace la pregunta: ¿es popular? Pero la consciencia hace la pregunta: ¿es correcto? Y llega un momento en que uno debe tomar una posición que no es ni segura, ni políticamente correcta, ni popular. Pero uno debe tomarla porque es la correcta”14.

Hay veces en que se impone hacer lo correcto aunque inicialmente no sea popular. El feminismo, por ejemplo, ha sido durante muchos años un movimiento, una lucha y una reivindicación muy impopular. De hecho lo sigue siendo en muchos y significativos ambientes a pesar de los esfuerzos de las mujeres por no ceder espacio ni conquistas. ¿Deben las feministas darse otro nombre más popular, mejor aceptado, para que los hombres no sientan amenazados sus privilegios o para no lastimar su orgullo masculino? No. Lo que hacen es todo lo contrario: cuanto más incómoda el nombre con más fuerza lo reivindican, disputan la hegemonía de los significados a quienes controlan la lengua y no permiten que sean otros los que decidan cómo deben llamarse. Gracias a esa vindicación son muchas las mujeres que se acercan a un nombre que no necesita adaptarse a las sensibilidades susceptibles y que no renuncia a ser lo que es. Todavía se repite sin cesar que es tan malo ser feminista como machista, que son extremos que se tocan, que no hay que ser ni lo uno ni lo otro. Si las feministas renunciaran al nombre estarían perdiendo una batalla que va más allá de lo formal, estarían dando la razón a quienes las denigran y entregándole la exclusividad de la narrativa a sus adversarios. Lo mismo se aplica en el caso de las anarquistas o de cualquier otra reivindicación demonizada.

Por otra parte está el tema de la honestidad. Recuerdo los comienzo del 15M en Las Palmas de Gran Canaria. Inicialmente éramos cuatro anarquistas que irrumpimos en una tranquila acampada con folios que bramaban contra las elecciones o la posibilidad de que los partidos desmovilizaran el movimiento. Los pobres universitarios que entonces llevaban la voz cantante no tenían mucha idea de que era eso del anarquismo, y los que lo sabían no tenían los mejores referentes. El primer día se hizo una asamblea para echarnos. Hoy lo recuerdo con una gran sonrisa. De aquella experiencia surgió que se removiera bastante el ambiente, que la gente con más formación política o con más empatía hacia los perseguidos nos defendieran, que los adversarios se replantearan su supuesto pluralismo y sus convicciones democráticas y que la mayoría se preguntara “¿qué carajo es eso de la anarquía?”. Al final los resultados fueron sorprendentes: mucha gente dejó de juzgarnos por sus ideas preconcebidas y empezaron a juzgarnos por nuestros actos; a los pocos días empezaron a surgir anarquistas de debajo de las piedras, todo el mundo era o había sido anarquista pero nadie se atrevía a decirlo hasta que montamos el revuelo; la gente sin politizar empezó a interesarse por nuestras ideas, a debatir y a formarse; muchas se declararon anarquistas sin serlo previamente (un grupo de 4 anarquistas aisladas se convirtió en un grupo de 20, sin contar simpatizantes, con capacidad para convocar manifestaciones por sí mismo); se hablaba en una plaza pública de anarquismo como quizás no se había hecho en Gran Canaria desde los años 30 del pasado siglo; las banderas negras empezaron a ser un símbolo identificable para la gente (de pensar la mayoría que significaban “luto por la democracia” [esto es totalmente verídico] a aparecer en carteles y proclamas como reclamo para atraerse a las libertarias); las anarquistas daban talleres o se implicaban en las comisiones y en la resolución de conflictos; había asambleas bastante nutridas en las que, sin proponerlo y para mi sorpresa, las libertarias eran mayoría; y así, en pocos meses, nació la FAGC. Había otro factor importante: las anarquistas nunca ocultamos que lo éramos y de forma más errónea o acertada (yo sigo pensando que fue un acierto) decidimos no interferir en las decisiones asamblearias de forma colectiva (no concertar previamente ningún postura común en las votaciones) para preservar la autonomía del movimiento. Otros grupos, por el contrario, sobre todo pescadores políticos, trataban de manipular las asambleas de forma bastante evidente, vetando propuestas y votaciones o generando votos en cascada con estratégicos aplausos compulsivos. Al final la gente podía identificar perfectamente si el Partido Humanista, DRY, o el que fuera, estaba detrás de una propuesta. Lo más curioso es que muchos de los miembros de los distintos colectivos o partidos políticos no se identificaban abiertamente como tal, enredaban siguiendo consignas colectivas pero sin explicitar sus vínculos ni filiaciones. Esto generaba cierta suspicacia y animadversión entre muchos de los asambleados. ¿Es esa la táctica que debe seguir el anarquismo, la del paracaidismo y la infiltración? Siempre he pensado que no. No hay que ser ingenuas, cuando nos declaramos anarquistas la gente de los partidos, los que estaban ahí para sacar tajada personal, los aspirantes a periodistas, los que estaban relacionados con las instituciones o los que aspiraban a convertir al propio 15M en un partido, no pararon de atacarnos y de intentar bloquear o incluso sabotear cualquiera iniciativa lanzada por las anarquistas. La gente puede ser permeable y manipulable, pero no todos y no todo el tiempo. Si el boicot de los partidistas podía funcionar cuando se pedían manifestaciones sin banderas y abuchear o incluso linchar al que las llevara, la misma gente que hacía de turba en una situación era la que nos pedía consejo para saber qué hacer en caso de detención y la que celebraba que hiciéramos muro humano ante los desahucios, que solucionáramos los problemas internos de convivencia en la acampada sin recurrir a la policía o que expusiéramos el cuerpo ante el desalojo de la Plaza de San Telmo. Finalmente esa gente, con independencia del miedo que les metieran los políticos contra nosotras, aprobó por mayoría, sin más brújula que el sentido común, la propuesta de organización para el 15M que se basaba en los principios libertarios expuestos por un libertario15. Descubrir que las anarquistas no sólo podíamos agitar, sino también construir, proponer y razonar abrió los ojos a mucha gente, sin importar el peso de las leyendas negras y las décadas de telediarios, que formaron sus juicios en función del contacto cercano con nosotras y que dejaron de valorarnos por lo que habían oído y empezaron a valorarnos por nuestra actividad.

¿Es mejor ahorrarse todo esto y no tener que derribar prejuicios iniciales? Considero que no. Cuanto más ocultemos que somos anarquistas más se enconaran esos prejuicios. La gente no es tonta y en cuanto empiecen a vincular nuestras propuestas con determinadas corrientes ideológicas empezarán a definirnos y puede que a sentirse engañadas. El contacto ya habrá derribado el prejuicio, pero no necesariamente la suspicacia ante un grupo de gente que necesita velar, como si se avergonzaran de ello, lo que subyace tras propuestas que hablan de apoyo mutuo, de actuar sin intermediarios, de carecer de líderes, de mantenerse independientes de partidos e instituciones. Por otra parte, esa tensión que he descrito en el anterior párrafo es necesaria. Es importante remover el avispero, que la gente se enfrente a sus miedos e ideas preconcebidas, que tengan que cuestionarse lo enseñado y deconstruir lo aprendido. No toda provocación es gratuita y descerebrada, la hay bien razonada y con fines estratégicos. De todas formas nos nos engañemos: lo importante es lo que hagamos, eso es lo que condicionara la opinión que la gente tenga sobre nosotras, sobre nuestras ideas y sobre cómo nos definimos.

Lo esencial es que las prácticas anarquistas abandonen sus espacios afines y que su discurso de la espalda a la hiperretórica. El apoyo mutuo debe verse en el tajo y en los desahucios; el ilegalismo debe dejar de ser una fantasía y debe practicarse en los piquetes y en la socialización de inmuebles; la acción directa debe usarse a la hora de organizarse con las vecinas, las obreras, las desempleadas, las indigentes y las perseguidas. Y para esto no es necesario dejar de definirse como anarquistas; todo lo contrario. Se subestima a la gente cuando damos por sentado su rechazo. Muchas vecinas pasan del término, o no lo conocen o no les importa. Las que a priori están en contra ofrecen una magnífica oportunidad de debatir, de confrontar sus creencias con la realidad de la práctica, de demostrar que tenemos que aprender a olvidar lo que nos han enseñado. Y quizás nos llevemos una sorpresa y nos encontremos con una o dos voces felices de reencontrarse con nosotras, que nos recuerden lo leído sobre 1936 o lo vivido en 1968 y nos presionen para estar a la altura. La experiencia que he descrito con el 15M demuestra que ahorrarnos un nombre no sirve para reducir la distancia con la gente sin ideología concreta, todo lo contrario. Definir la propia sensibilidad sirve para galvanizar resistencias y para imantar a las que están buscando justo lo que estamos ofreciendo. Repito que serán nuestros actos los que nos definan a nosotras y a nuestras ideas anarquistas. Si somos eficaces, resolutivas y prácticas nuestro anarquismo será útil y la gente adoptará la herramienta sin necesidad de proselitismos. Si somos charlatanas, incapaces y abstractas nuestro anarquismo será inútil y la gente lo despreciará sin importarle lo que le diga Tele 5.

En nuestra actividad militante en vivienda definirnos como anarquistas nunca nos ha supuesto un problema. Como he dicho antes, la mayoría de la gente desconoce el término y también sus connotaciones (al menos en Canarias, y más hace algunos años). Las personas quieren soluciones a los problemas que les están ahogando, y cuando esas soluciones se logran a través de las armas anarquistas son esas armas las que se ponen en la cintura o entre los dientes sin importarles otras consideraciones. Cuando tu curro social es eficiente y ofrece resultados positivos la gente asocia tu anarquismo a inmediatez y a realismo. Esa es la base de todo. Cuando sigues trabajando en esa línea presentarte como anarquista puede hasta llegar a ser una ventaja. La gente que acude a tus asambleas o que contacta contigo busca primero información en Internet o le pregunta a sus vecinas. Cuando tu discurso y tus logros hablan por sí mismos, y cuando en cada barrio obrero hay alguien que a su vez conoce a alguien cuya prima, hermana o cuñada recibió ayuda de tu colectivo para parar su desahucio o para conseguir vivienda, el término anarquista empieza a abrirte puertas. Hemos llegado a comunidades que iban a ser víctimas de un lanzamiento masivo donde nos han recibido peor cuando creían que veníamos de algún partido o plataforma que cuando se han enterado de que éramos anarquistas. Vecinas que nos miraban con desconfianza cuando pensaban que éramos de Podemos, nos han abierto las puertas de sus casas cuando han descubierto que éramos esas pibas de la FAGC que levantábamos comunidades okupadas, que parábamos desahucios de edificios enteros y que habíamos sido detenidas y torturadas por ello. Al final el término anarquista puede prestigiarse y ser una bonita carta de presentación, sólo hace falta que tus actos estén a la altura.

Después está la excusa del desgaste del término. ¿Qué palabras han sido más manoseadas que la igualdad o la libertad, cuáles más manipuladas y dirigidas contra sus propios defensores? ¿Renunciamos a ellas? ¿Las damos definitivamente por perdidas y se las entregamos al poder? Socialismo, autogestión, autonomía y un largo etcétera son términos que también pueden ser acusados de anacrónicos y desfasados. ¿Debemos reactualizarlos con prácticas nuevas o debemos dejar que nuestros enemigos se los apropien para reinventarlos de formas retorcidas o para deshacerse de ellos en el sumidero de la historia? Por otra parte, el anarquismo difícilmente está agotado cuando sus prácticas son más necesarias que nunca en los barrios y cuando éstas revisten formas vivas cada vez que una comunidad humana decide rebelarse y escoge el modelo libertario para organizarse de forma oficiosa. Quizás esto sea lo más alarmante: después de una última década de desprestigio político, de descreimiento de los partidos, nos planteamos ahora si dejar en el cajón de la mesilla de noche el término anarquista, cuando quizás ha sido el mejor momento para explotarlo. Permitimos que se rearme la confianza en las instituciones con los partidos reciclados, dejamos que el patriotismo, especialmente el españolista, vuelva a identificar al pueblo con el Estado y todo ello mientras renunciamos a nuestros discurso comenzando por el nombre. Renunciar al término significa cederlo para que sean otros los que digan qué es y qué no, sin ninguna resistencia por nuestra parte. Si tú no reivindicas tu anarquismo ni lo defines, por miedo a ser impopular o incomprendido, serán otros los que lo definan, y te definan, a su conveniencia. Y ese espacio vacío lo ocupara el poder, siempre dispuesto a meter sus tentáculos en espacios vacantes. Y si no lo hace el poder lo harán los oportunistas. En Gran Canaria volvimos a ratificar la necesidad de definirnos como anarquistas, sin subterfugios ni eufemismos, justamente cuando comenzamos a intervenir en el frente de la vivienda. En un principio, por pudor al protagonismo más que por otra cuestión, no reivindicábamos los desahucios que parábamos o las viviendas que expropiábamos. Hablábamos de asambleas y del pueblo en movimiento, lo cual era cierto y muy honesto por nuestra parte, pero de la actividad de las anarquistas, que habían preparado y organizado la acción, no decíamos nada. Fue así, por nuestra dejación e inhibición, cómo plataformas que ni habían acudido a los piquetes reivindicaban en los medios de comunicación la paralización de desahucios de gente que desconocían o que se habían negado a ayudar (por ser casos de alquiler, precaristas o motivos personales). Fue así cómo se nos llegó a proponer realizar okupaciones siguiendo el modelo de las subcontratas, haciendo nosotras el trabajo sucio y corriendo con todos los riesgos, mientras otros colectivos reivindicaban públicamente la acción y se ponían las medallas. Así llegamos a la conclusión de que si nosotras no reivindicábamos públicamente nuestro trabajo como anarquistas serían otras las que lo harían por nosotras. Y no era una cuestión de ego o primogenitura, de nombre y etiquetas; era una cuestión de fondo. Si nosotras callábamos, el mismo trabajo que se había hecho movilizando a las vecinas del barrio, organizado a través de asambleas en las que participaban migrantes, indigentes y okupas, al margen de cualquier órgano de poder, sin subvenciones, sin ningún tipo de ayuda institucional, en oposición a la ley y a la propiedad privada, fundamentado en relaciones de apoyo mutuo y solidaridad desde abajo, iba a ser reclamado por gente que se estaba convirtiendo en la marca blanca de determinados partidos políticos, que trataban a los desahuciados como “usuarios” a los que se les podía cobrar la ayuda prestada, que defendían las leyes y el Estado de derecho, que confraternizaban con la policía y compadreaban con las instituciones y que no pretendían cuestionar los fundamentos del mundo capitalista. El mismo acto, parar un desahucio o ayudar en un realojo, podía ser reivindicado bajo unas premisas y valores muy distintos, denunciando o defendiendo intereses totalmente contrapuestos, bien suponiendo un desafío para el Sistema, bien intentado simplemente arreglar sus excesos. Tras el nombre había mucho más que el nombre.

En conclusión, cada vez que renunciamos a ser lo que somos, a afirmarlo abiertamente, para no escandalizar, para no asustar, para no generar alarma, vamos limitándonos un poquito, replegándonos en el lecho de Procusto de lo conveniencia, rebajando el discurso, moderando las exigencias, edulcorando el contenido, suavizando el programa. Cada vez vamos cediendo más y más terreno, entregando más y más espacio, hasta que ya no nos queda nada. Así ocurre, hasta que un día miras atrás y descubres el mar a tu espalda. Lo que importan son los hechos, esos son los cimientos de la más humilde chabola revolucionaria. Pero los hechos necesitan ser representados y reivindicados, porque de lo contrario, como ya he explicado, serán absorbidos por el enemigo. Y para representarlos no bastan nombres huecos o letras de paja, necesitamos conceptos claros, ideas-fuerza, términos afilados que tajen como hachas. Toca pensarlo bien, o al final, por miedos, complejos y un mal sentido de la estrategia, habremos entregado la narrativa, la semántica, el verbo y la palabra… Y no somos tan fuertes como para permitirnos el lujo de renunciar a nada.

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  • 1. “Yo veo mamíferos.
    Mamíferos con nombres extrañísimos.
    Han olvidado que son mamíferos
    y se creen obispos, fontaneros,
    lecheros, diputados. ¿Diputados?
    Yo veo mamíferos” (Jesús Lizano, Novios, mamíferos y caballitos, 2005).
  • 2. Una de las primeras constancias escritas del término nos la ofrece Esquilo en Los siete contra Tebas (467 a. C.) donde pone en boca de Antígona: “No estoy avergonzada de actuar desafiante en oposición a los gobernadores de la ciudad” (“ekhous apiston tênd anarkhian polei”).
  • 3. Pierre-Joseph Proudhon parece ser el primero en definirse así en su obra ¿Qué es la propiedad? (1840).
  • 4. Citado por Carlos Díaz en el prólogo de La Moral Anarquista de Kropotkin, edición de 1978.
  • 5. R. Rocker, “¿Por qué soy anarquista?” (El Pensamiento de Rudolf Rocker, antología compilada por Diego Abad de Santillán), 1982.
  • 6. Citado por L.L. Blaisdell, The Desert Revolution, 1962. En la misma obra se recogen otras recomendaciones de Magón que insisten en el mismo planteamiento: “Todo se reduce a una mera cuestión de táctica. Si desde el principio nos llamamos anarquistas muy pocos nos escucharán. […] Para no tener a todos contra nosotros, continuaremos la misma táctica que nos ha dado tan buenos resultados; continuaremos llamándonos liberales durante la revolución pero en realidad continuaremos propagando la anarquía y ejecutando actos anárquicos”.
  • 7. “Tarrida, hablando en francés conmigo, empleaba los términos: la anarquía sans phrase y la anarquía pura y simple; en 1908, en la reimpresión de su ensayo del certamen propuso, siguiendo a Ferrer (en 1906 o 1907) renunciar a la palabra anarquía, que el público interpreta demasiado mal, y decir socialismo libertario” (M. Nettlau, La anarquía a través de los tiempos, 1933).
  • 8. “Anarquista a medias, liberal y no LIBERTARIO, exige usted el libre cambio para el algodón y otras naderías y preconiza sistemas de protección del hombre contra la mujer en la circulación de las pasiones humanas; clama contra las altos barones del capital y quiere reedificar la alta baronía del hombre sobre la mujer vasallo; filósofo con anteojos, ve al hombre por el cristal de aumento y a la mujer por el reductor; pensador afectado de miopía, no sabe distinguir más que lo que deja tuerto en el presente o en el pasado, y no puede descubrir nada de lo que está arriba o a lo lejos, la perspectiva del porvenir: ¡es usted un lisiado!” (J. Déjacque, De l’être-humain mâle et femelle, carta de mayo de 1857).
  • 9. Ver P. Kropotkin, La Gran Revolución (1789-1793), 1909.
  • 10. En la República (390-370 a. C.) Platón pone en boca de Sócrates: “[Entre los defectos de un joven se encuentran] la soberbia, la anarquía, el desenfreno y la desvergüenza […]. ¡Ah!, querido en tales condiciones la anarquía se adentrará en las familias y terminará incluso por infundirse en las bestias. Nace en el padre la costumbre de que sus hijos sean sus semejantes, y a temer a los hijos, y los hijos adquieren el hábito de ser semejantes al padre, hasta el punto de que ni respetan ni temen a sus progenitores para dar fe de su condición de hombres libres. Así se igualan también el meteco y el ciudadano, y el ciudadano y el meteco; y otro tanto ocurre con el esclavo”.
  • 11. J. Bentham, Falacias anárquicas, 1796. Es un libelo contra la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano aprobados durante la Revolución Francesa. El título lo dice todo.
  • 12. “No se ha comprendido suficientemente la naturaleza de la anarquía. Constituye ciertamente una gran calamidad, pero es menos horrible que el despotismo” (W. Godwin, Investigación sobre la justicia política, 1793).
  • 13. “En el estado actual de la sociedad, el comercio, entregado a la más completa anarquía, sin dirección, sin datos, sin punto de mira y sin principio, es esencialmente agiotista” (Proudhon, De la capacidad política de la clase obrera, 1865).
  • 14. M.L. King, A proper sense of priorities, discurso pronunciado el 6 de febrero de 1968.
  • 15. El modelo aún sigue en la red: https://laspalmas.tomalaplaza.net/2011/08/08/propuesta-para-la-organizacion-de-las-asambleas-en-gran-canaria/