Crónica y balance de 30 días de Huelga de Alquileres

Preámbulo

En Gran Canaria hay que partir de que la idea de una huelga de alquileres no nos era extraña en determinados espacios militantes. Desde que la Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC) se metió en vivienda (2012) lo hizo buscando y nutriéndose de referentes del pasado, y esos referentes casi siempre hablaban de huelgas arrendatarias: Baracaldo (1905), Buenos Aires (1907), Glasgow (1915), Nueva York (1918), Sevilla (1919), Veracruz (1922), Santiago de Chile y Valparaíso (1925), Barcelona (1931) Santa Cruz de Tenerife (1933), y esto por mencionar sólo las más conocidas de la primera mitad del siglo XX.

La voz del Inquilino

«La Voz del Inquilino», órgano del Sindicato de Inquilinos de Santa Cruz de Tenerife, protagonista de la última gran huelga de alquileres del Estado español.

En 2015 y 2016 la FAGC participó en dos tanteos de huelga de alquileres en la capital grancanaria en dos bloques de viviendas de propiedad vertical, con la finalidad de obtener una rebaja del alquiler. La primera se ganó al instante de declararse y la segunda tan sólo al día siguiente. Se nos demostró entonces, empíricamente, como un arma formidable, que casi no requería recursos y que obligaba a las huelguistas, si querían ganar, a dotar a lo que antes tomaban por un «problema personal» de un sentido colectivo.

La huelga de alquileres tenía además otra ventaja: ante una situación de impago involuntario, la huelga podía convertir la insolvencia en un acto de reivindicación política y lucha social. La idea también nos la aportó indirectamente la experiencia de una compañera que, sin ningún recurso, decidió ponerse en huelga de hambre: ya que igualmente no iba a comer, al menos podía darle un contenido político a su dura situación. La misma lógica articuló a lo largo de la historia las ya mencionadas huelgas arrendatarias: cuando no se puede pagar y hay poco que perder, la posibilidad de organizarse con otras y coordinar el impago se convierte en una realidad incluso cuando no hay la más mínima politización previa.

Con esta táctica en el horizonte se fundó el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria el 21 de enero de 2017, el primero del Estado. En la sección «Finalidades y medios» de sus Principios ya se recogía:

11. Se explorarán otras herramientas de lucha colectiva como son las Huelgas de Alquileres, a fin de detener desahucios masivos, conseguir una rebaja general de los alquileres, etc.

En Canarias la huelga de alquileres no era por tanto una ocurrencia, una extravagancia o un «conejo sacado de la chistera»; era una herramienta conocida, trabajada y, ante nuestra alarmante situación económico-social, tanto antes como especialmente ahora, una necesidad.

Disturbios en la huelga de alquileres de Santa Cruz de Tenerife

Disturbios en la huelga de alquileres de Santa Cruz de Tenerife

Génesis

La situación socioeconómica de Canarias antes de las crisis del Covid-19 era ya bastante grave (y nos resistimos a creer que no pasara lo mismo en otros puntos del Estado): 40% de pobreza y exclusión social, 67% incapaz de llegar a fin de mes, 35% de pobreza infantil, más de 200.000 desempleados, 900 desahucios por trimestre, una media del alquiler de 908 euros en las islas y de 997 en la provincia de Las Palmas, subida del precio del alquiler de un 25% tan sólo en el último año…

El confinamiento decretado el pasado 14 de marzo no ha hecho más que agravar la situación. Sólo un estúpido podría pensar que las miles de personas que sobreviven de subsidios, o la mayoría de esos 200.000 desempleados que señalábamos, son capaces de alimentar a sus hijos y pagar un alquiler con ingresos inferiores al SMI. La realidad es que en Canarias una gran parte de la clase obrera precaria o parada complementa sus ingresos oficiales a través de la economía sumergida o informal. No hay datos oficiales sobre el número de personas que dependen en Canarias o en el resto del Estado de «hacer cáncamos» (trabajos en negro o en b), pero nuestra militancia cotidiana nos revela que la gran mayoría de personas con problemas de vivienda o solvencia económica dependen de trabajos sin nómina como son los cuidados de personas mayores, enfermas o niños, el trabajo doméstico, la limpieza de comunidades, las «chapuzas» (trabajos de pintura, albañilería, etc.), la venta ambulante, recogida de chatarra, o directamente de actividades al margen de la legalidad. Para todo este rango de población que vive al día, el confinamiento es mucho más letal que el virus.

Con un gobierno colapsado, que sólo ha sabido adoptar medidas insuficientes, con unos juzgados paralizados y los desahucios aplazados, no había mejor momento para reclamar que el dinero destinado a la ridícula institución capitalista de la renta se destinara a la alimentación y a darle contenido político y reivindicativo a una realidad que se iba a producir al margen de los partidos políticos, los movimientos sociales y los colectivos, plataformas y sindicatos de vivienda: un impago generalizado a partir del 1 de abril entre los sectores más empobrecidos de la sociedad, porque si la gente no cobra tampoco paga.

Cartel llamamiento huelga alquileres COVID-19 (2)

Diseño de @sublinismo

Esta realidad la entendimos en Gran Canaria desde que empezó el confinamiento. En nuestros grupos de trabajo ya hablábamos de la necesidad de usar la huelga de alquileres como medida de presión desde el mismo día 14 de marzo. El 18 hicimos público «Nuestro propio plan de choque», en consonancia con la iniciativa estatal, pero entendiendo que no se puede pedir nada a las instituciones, que sólo se les puede exigir exponiendo antes las consecuencias a las que se enfrentarán si no satisfacen nuestras demandas. En este documento ya anunciábamos:

Instamos a todos los sindicatos laborales y de vivienda a declarar una huelga laboral general indefinida y una huelga hipotecaria y arrendataria general indefinida. Instamos a la población a proclamarla por su cuenta en caso de que dichos sindicatos no estén a la altura.

Después de sondear la cantidad de huelguistas a la que podríamos llegar inicialmente en nuestro rango de acción directo y cotidiano (la clase obrera insolvente, desempleada y precaria), el 20 de marzo nos decidimos a empezar a agitar públicamente sobre la necesidad de la huelga de alquileres, para conseguir que el máximo número de inquilinas y colectivos se sumaran, mientras creábamos el primer Comité de Huelga. Nos dedicamos frenéticamente a compilar todo el trabajo previo que habíamos realizado, a niveles legales, propagandísticos y narrativos, a redactar nuevos materiales y a tener preparados todos nuestros recursos para poder dar a conocer la convocatoria de huelga desde el 23 de marzo. El objetivo era claro: movilizar a la clase obrera y arrendataria por etapas, primero a nivel local y luego estatal, para convocar una huelga de alquileres general e indefinida a partir del 1 de abril. Fue entonces cuando nos contactaron compañeras anarquistas autónomas de Barcelona (convocaban inicialmente para el 31 de marzo) que nos dieron a conocer la iniciativa internacional que se estaba gestando en paralelo a nuestra convocatoria. La huelga adquiría la dimensión global necesaria para darle el último empujón.

Arranque de la huelga

Convocatoria huelga

El 23 de marzo el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria se convierte en el primer sindicato de inquilinas del Estado en convocar huelga de alquileres, y la FAGC en uno de los primeros colectivos en apoyarla. Las reclamaciones son directas y claras: suspensión y socialización: que se suspenda el pago de la renta y que se socialicen las viviendas abandonadas de las entidades financieras. Nada más lanzar la convocatoria (e incluso ya en el período previo de agitación) comienzan a llegarnos las primeras consultas. Primero sería un goteo, después una cascada. Resolvíamos las primeras dudas legales (no sólo de Canarias, sorprendentemente, sino de muchos otros puntos del Estado), hacíamos públicos los primeros modelos de burofax para notificar el impago, informábamos a los primeros colectivos de cómo secundar la huelga y les compartíamos la primera circular interna sobre cuestiones estratégicas y jurídicas (después la ampliaríamos, atendiendo a que muchos colectivos no estaban habituados a gestionar casos de desahucios y desconocían la dinámica).

Los medios contrainformativos nos ayudaron a propagar la huelga a nivel estatal, como Noticias Alasbarricadas.org, La Haine, Kaos en la Red, Todo por Hacer, Radio Topo, Radio Klara, Radio Alegría Libertaria o Basterrak, mientras atendíamos a los primeros medios de comunicación comerciales para disputar a nivel local la batalla por el relato. Las editoriales Segadores y Bauma sacan un interesante libro, ¿Huelga de alquileres? (2020), con una visión histórica y también contemporánea, dando fundados argumentos para ir la huelga.

Notamos rápidamente que la huelga empieza a coger impulso más allá de nuestro limitado espacio insular. Las primeras 30 organizaciones (muchas del ámbito libertario) secundan nuestra llamada a la huelga y la hacen suya. Sin embargo, percibimos que ciertos colectivos, plataformas y sindicatos de vivienda le hacen el vacío a la convocatoria. Inicialmente lo achacábamos al vértigo, pero con el paso de los días comprobamos que no tenían ningún problema en mostrar su apoyo públicamente a la huelga que se empezaba a gestar en ciudades como Toronto, mientras ignoraban la que ya estaba en marcha en Canarias (esta realidad sigue pasando a día de hoy). A pesar de todo seguimos aumentando la presión, tejiendo alianzas tácticas, negociando y debatiendo y el 27 de marzo ya podemos celebrar que gran parte de los 200 colectivos que firmaron el «plan de choque social» original han llegado al acuerdo de anunciar el 30 de marzo que el 1-A irán a la huelga de alquileres.

Convocatoria estatal huelga de alquiler

Es una pequeña victoria, pero asumimos que el ambiente de los compromisos políticos y los «comités de notables» no es el nuestro y nos centramos en el trabajo de base.

Desarrollo de la huelga, resultados y pequeñas victorias

Cartel guía legal sobre la huelga de alquiler

Entre los días 23 de marzo y estos últimos días de abril el Comité de Huelga del SIGC y sus Comisiones de trabajo (especialmente la Comisión Jurídica que elaboró una completa guía legal1 para afrontar la huelga), junto con la FAGC, han desarrollado una actividad que es muy difícil reproducir sin liberados y sin subvenciones. Hay días en los que se han llegado a atender (sobre todo entre el 1 de abril y el 5) más de 60 consultas, tanto telefónicas como por mail o redes sociales. Hasta el día 23 de abril el SIGC y la FAGC habían atendido 932 casos de todo el Estado2, ayudando a negociar directamente (suspensiones pero también moratorias y quitas, cuando las arrendatarias lo han solicitado) a muchos de los 932 casos citados, asegurando inicialmente (antes del período de negociaciones) el seguimiento de la huelga de más de 1.200 arrendatarias (especialmente en 4 bloques completos de viviendas, 3 de propiedad vertical y el restante semihorizontal), impulsando 12 comités de huelga y garantizando la suspensión de pagos de 178 alquileres3.

El perfil de las personas que han contactado con nosotras es el siguiente: los casos que le han llegado al SIGC han sido principalmente protagonizados (en un 90%) por mujeres, muchas veces madres de familias monoparentales, trabajadoras precarias con nóminas bajas, desempleadas o directamente dependientes de la economía sumergida (el número de trabajadoras domésticas y cuidadoras es muy elevado). Su principal preocupación era cómo hacer frente al pago de la renta y a la vez dar de comer a sus hijos. Querían saber qué les pasaría en caso de impago, cómo acogerse a la huelga o cómo negociar con sus caseros. A la FAGC también le han llegado muchas personas de ese perfil pero, para nuestra sorpresa, nos contactaron (y siguen contactando) un número significativo de estudiantes: jóvenes subarrendatarios que no sabían cómo rescindir el contrato sin sufrir consecuencias, cómo afrontar jurídicamente el impago y cuáles podrían ser los riesgos para los avalistas. Mucha gente politizada también nos contactó: personas solventes, sin problemas para afrontar los pagos, que querían acogerse a la huelga de forma solidaria por convicción y compromiso. Debemos reconocer que era un sector de la población que no entraba inicialmente en nuestros cálculos. Sin embargo, y a pesar de que es necesario destacar esta realidad, sigue siendo un porcentaje comparativamente anecdótico pues más del 70%-80% de las personas que nos han contactado siguen respondiendo al perfil mayoritario que también recurre al SIGC: madres trabajadoras, casi siempre sin formación académica, que tiran solas de sus familias con una economía de pura subsistencia.

Cartel en Barcelona

Pancarta en un bloque de inquilinas de Pons i Gallarza (Sant Andreu, Barcelona).

Pero detrás de todos estos datos macros lo que hay son historias, personas y rostros reales que, con casi todo en contra, han plantado cara a rentistas sin empatía, a inmobiliarias y fondos caníbales, a tabús que no se cuestionaban desde hacía 100 años, y han construido desde abajo una lucha social, económica y política que es ignorada sistemáticamente por la gran política: sea la de gabinete y partido o la de colectivos en la que sólo hay espacio para los «cuadros superiores» y el espectáculo.

Hablamos de Mara en Gran Canaria, que sin otros ingresos que la manutención de su hija (antes del confinamiento limpiaba escaleras sin contrato) consiguió que la comunidad de propietarios de la que era inquilina le suspendiera el alquiler de forma indefinida, después de un dura y tensa negociación. Hablamos de Gwendolin y sus 11 vecinos (viven en la misma calle que Mara), muchos de ellos migrantes con trabajos precarios, que impusieron a su casero (un multirrentista con numerosas propiedades por toda Gran Canaria y la península) la huelga de alquileres como herramienta para conseguir la suspensión de pagos durante los próximos 4 meses. Hablamos de Raquel camarera de hotel y arrendataria de Tenerife, que sufrió un ERTE y ya no podía asumir el alquiler que le exigía el fondo que compró su vivienda cuando su casero fue embargado y que consiguió una quita del 50% (a pesar de nuestro consejo, prefirió no ir a la huelga ni negociar la suspensión del 100%) gracias a nuestro nuevo modelo de burofax para grandes tenedores. Hablamos de E., también inquilina en Tenerife, en su caso de una inmobiliaria que nunca ha cumplido con sus obligaciones contractuales pero que ahora se niega a entender que E. no pueda pagar el alquiler porque su pareja está ingresada y ya no pueden salir a buscarse la vida. Hablamos de D., en Gran Canaria, a la que una inmobiliaria ha amenazado con poner en una blacklist de morosos si no paga y a la que hemos ayudado a redactar una respuesta advirtiendo de las consecuencias legales de coaccionarla y hacer públicos sus datos y a la que hemos invitado a contraatacar usando nuestro label sindical. Hablamos de S. y sus compañeros de piso en Lanzarote, en huelga desde el 1-A, subarrendatarios en una vivienda hiperhacinada (conviven 3 familias con niños, 2 parejas de adultos y 3 personas solteras) cuyo casero absentista les exige desde Madrid el pago porque a él, literalmente, «no le importan las miserias de unas personas que sólo son ingresos en su cuenta» (el 3 de abril les propuso una rebaja del 25%; el 10 del 50%, acorde al decreto gubernamental; este viernes 24 las inquilinas han conseguido la quita del 100%). Hablamos de A., de nuevo en Gran Canaria, que nos contactó porque la envío su casero, al que asesoramos para lidiar con el banco con el que contrajo una hipoteca y gracias a eso le concedió la suspensión a su inquilina4. Hablamos también de J. y su bloque de 12 de vecinos en Fuerteventura, arrendatarios de una empresa hotelera a la que sólo él y otra vivienda más podían seguir pagando, pero que por solidaridad decidieron ponerse todos en huelga desde el 1 de abril y aún están esperando una respuesta del administrador. Y como ellos podríamos hablar de muchos otros casos donde la necesidad se convierte en un arma política, en un generador de conciencia instantánea que nos empuja a romper estigmas y desconfiar de leyes capitalistas hasta ayer sagradas. Casos donde el apoyo mutuo abre grietas, a veces imperceptibles, en un ambiente de aislamiento, miedo y desconfianza. Casos que por sí solos han demostrado la importancia y el potencial real de esta convocatoria de huelga.

Cartel huelga en puerta casa

Puerta de una huelguista en Jinámar (Las Palmas de Gran Canaria).

Problemas y dificultades

A pesar de los datos y experiencias que acabamos de compartir, ni el agotamiento ni la saturación han sido los principales problemas a los que nos hemos enfrentado estas últimas semanas. La huelga se ha encontrado con distintas dificultades, de distinta índole, que ha provocado sus propias curvas de desaceleración. Curiosamente la mayoría de los baches que ha tenido que superar la huelga no respondían a las suposiciones de sus detractores, dentro y fuera de los movimientos sociales.

1. El Real Decreto 11/2020: Aunque ya hemos analizado lo ridículo del RD 11/2020 decretado por el Gobierno el día 31 de marzo (microcréditos y moratorias de pago que fomentan el sobreendeudamiento de las más pobres, una quita del 50% del todo insuficiente y ajena a la realidad de miles de familias con ingresos 0 y una moratoria de desahucios durante los próximos 6 meses que es prácticamente el mismo plazo que se puede conseguir por la vía procesal convencional), hay que admitir que supo cumplir parcialmente con su objetivo, que no era disminuir la presión en los sectores más vulnerables de la población, sino tranquilizar a la clase rentista y golpear a la huelga de inquilinas en su nacimiento, antes de que cogiera mayor impulso.

El ejecutivo ha sido hábil escogiendo el momento para su decreto, pero también pulsando la psicología de un sector importante de la población. Nos han educado en una mentalidad propietaria, donde ni siquiera la crisis financiera del 2008 ha conseguido tumbar la institución del crédito. El crédito sigue suponiendo para mucha gente «dinero gratis» y no «dinero caro», y el «compre ahora y pague mañana» no es sólo un lema comercial sino una cuña ideológica convertida en impronta social.

Las medidas del gobierno han conseguido, por tanto, que un significativo sector de personas dispuestas inicialmente a hacer huelga hayan optado por tantear la enrevesada fórmula de los microcréditos con la esperanza de pagarle la renta a los «pequeños tenedores» (según el gobierno, aquellos rentistas que tienen menos de 10 inmuebles) o hayan volcado todas sus energías en intentar negociar quitas y moratorias con «grandes tenedores» que, en muchas ocasiones, han recurrido a guardar silencio e ignorar toda demanda, negándole cualquier valor vinculante al Real Decreto. Las «leyes de sangre», las leyes de obligado cumplimiento como pagar, vuelven a confrontarse con las «leyes de papel», las que dependen de la buena voluntad de los poderosos.

Los autodenominados «agentes sociales» integrados en el activismo legalista, han usado mucho este Real Decreto para intentar que las huelguistas accedan a un «desarme programado»

Otro cartel llamando a la huelga de alquiler

Diseño de @elias_tano

2. Coyuntura socioculturaly relato mediático: En nuestra segunda circular interna sobre la huelga hacíamos referencia a qué sectores de la población interpelaba directamente nuestra convocatoria. Defendíamos una postura que encontró mucha oposición en otros colectivos de vivienda, pero la práctica nos ha demostrado que no iba mal encaminada: el seguimiento de la huelga ha sido lógicamente mayor entre las inquilinas insolventes5. Las personas con problemas económicos previos a la crisis del coronavirus iban a proceder al impago con nuestra ayuda o sin ella y, sin nada que arriesgar, eran el sector más proclive a secundar una huelga de alquileres. ¿Acaso la insolvencia promueve la politización a pasos acelerados? En absoluto. Es una circunstancia política creada por la necesidad y no al revés, y es en esa grieta donde deberían hacer barrena los colectivos sociales inteligentes.

Fuera de este sector hay otro, el de las personas previamente solventes cuyo poder adquisitivo ha disminuido por el confinamiento (las afectadas por ERTES, autónomas, etc.)6. Personas empobrecidas pero que en algunas ocasiones no tienen ningún tipo de conciencia de serlo. Son inquilinas que reconocen sus problemas de pago, pero que se niegan a admitir que hayan dejado de ser «clase media». Creen que su estatus sigue siendo el mismo que el de sus arrendadores (aunque sean multipropietarios o incluso entidades bancarias) y no asumen como salida de su situación dejar de pagar. Este es el sector que se ha puesto en contacto con el SIGC sobre todo desde hace dos semanas pensando exclusivamente en la posibilidad de acogerse al RD.

¿Puede una persona llevar una semana alimentando a sus hijos a base de arroz con tal de no dejar de pagar el alquiler? ¿Puede pedir prestado a familiares y amigos antes de dejar de pagar y antes incluso de recurrir a subsidios y bancos de alimentos? Puede, y lo hemos comprobado.Es un rango de población compuesto por personas que aún se sienten «privilegiadas», completamente colonizadas por la mentalidad del empresario y el rentista (aunque sólo sean empleados que nunca conocieron el desempleo e inquilinas que nunca conocieron la imposibilidad de pagar), incapaces de asimilar la «estabilidad» capitalista reducida a escombros, de adaptarse al hecho de que la precariedad se está propagando más rápido que el virus7. Esta circunstancia cognitiva, cultural, ideológica, es sabiamente promovida por los medios de masas, por los lobbies rentistas y por todos aquellos sectores políticos, sociales y económicos que fomentan la aporofobia y el estigma de la insolvencia.

Desde que surge nuestra convocatoria el ataque mediático a nivel local (posteriormente estatal) ha sido feroz8. La proyección del rentista como un ser desvalido, anciano, en la más absoluta miseria, que come pan duro y costea su residencia y su futuro trasplante de córneas gracias a la renta, es ya un recurso clásico. Lo mismo ha ocurrido con la manipulación sobre los «pequeños tenedores». Se ha argumentado ad nauseam, sin aportar ningún dato para ello (oficialmente no los hay) que la mayoría de rentistas en el Estado español tienen menos de 10 viviendas –que no es poco–, y esto se ha hecho reproduciendo la siguiente falacia: se ha pretendido contabilizar el número de arrendadores para deducir que hay más caseros particulares que «grandes tenedores» (como si concluir que hay más pequeños comercios que multinacionales demostrara que los primeros tienen mayor control sobre el mercado); lo que debería contabilizarse es el número de inmuebles que poseen unos y otros, así se concluiría que si hay más pequeños tenedores que grandes, son los grandes los que controlan casi todo el mercado inmobiliario.

Vivir del alquiler es ser un parásito

La ofensiva mediática se complementa con la irrupción el 27 (cuatro días después de nuestra convocatoria) de ASVAL (Asociación de Propietarios de Vivienda en Alquiler), la CEOE de los caseros, un lobby de especuladores, fondos de inversión y multirentistas encabezados por el ex alcalde de Barcelona del PSC, Joan Clos. No hay que ser muy listas para entender que los privilegiados hacen pública su organización en el momento justo, con la intención de contrapesar las posibles medidas que pudiera adoptar el gobierno en su infame RD, y que el gobierno, por su parte, está encantado de contar con semejante rompeolas.

Muchos colectivos sociales, con gran presencia mediática, no han sabido fisurar esta narrativa hegemónica. Se han centrado en tratar de proyectar una huelga interclasista, en intentar captar a los locales comerciales y en no cuestionar la entidad de la renta adaptándose al discurso preponderante en un momento en que era necesario arriesgarse a romperlo.

En estas circunstancias se hace necesario entender que el capitalismo no se mantiene gracias a los empresarios, los inversores, los especuladores y los rentistas, ni siquiera gracias al Estado y sus fuerzas armadas; se mantiene gracias a todas las personas que, sin beneficiarse directamente de la estructura capitalista, o incluso siendo perjudicados por ella, la protegen y cifran en ésta sus aspiraciones, ideas y formas de vida. Y esto, tristemente, incluye incluso a los que públicamente cuestionan el modelo.

3. Colectivos sociales. Nos habíamos mentalizado para afrontar el resto de obstáculos pero puede que para éste no estuviéramos lo suficientemente preparadas. También puede que este punto no tenga una importancia tan capital como los dos anteriores, pero nos es imposible omitirlo. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que un supuesto gobierno de coalición progresista no decrete en el Estado español la suspensión de pagos arrendatarios, mientras que un gobierno conservador como el francés siente que no le queda otra? Porque mientras en el Estado francés pende la amenaza de los disturbios, el temor a volver a las noches de coches ardiendo del 2005 y de los «chalecos amarillos» del año pasado, en el Estado español el gobierno de PSOE-UP sabe que tiene a los colectivos sociales perfectamente domesticados.

Sería largo, innecesario y molesto –sobre todo para nosotras– narrar la cantidad de choques, conflictos, descalificaciones y cuestionamientos que hemos recibido por alentar la huelga. Y sería aún más desagradable airear las guerras internas que algunos colectivos sostienen entre ellos, tratando de salpicarnos al resto y condicionando, irresponsablemente, cualquier posibilidad de trabajo real. No lo haremos. Lo importante es detectar actitudes que intentan socavar la huelga y exponer nuestras conclusiones.

Ha habido colectivos que han desenterrado a Marx para decirnos que «no es el momento histórico para una huelga» (con miles de personas con problemas de pago y los juzgados paralizados) y que «no hemos creado el sujeto revolucionario necesario» (gente que aún cree que la revolución se hará por decreto, que la teoría crea la realidad y no al revés y que no hay iniciativa obrera sin partido obrero). También nos hemos encontrado con colectivos que han tratado de desautorizar la huelga hablándonos desde lo alto de una despensa llena, diciéndonos que «la situación no es tan grave», que «la gente tiene ahorros» y argumentos que sólo denotan privilegios de clase e insensibilidad absoluta hacia situaciones como la canaria o hacia sus propias bolsas de pobreza peninsular. No hace falta generar tanta retórica para acabar justificando el esquirolaje.

Cartel llamando a la huelga

Diseño @Ana_Resya

Otros colectivos sí se han manifestado aparentemente a favor de la huelga, pero ha sido imposible colaborar con unas estructuras verticales, férreamente centralizadas y donde los colectivos periféricos apenas podemos aportar nada. Estructuras donde la gente no manifiesta la opinión de la asamblea de su respectivo colectivo, sino «comités de sabios» donde las huelguistas están ausentes o son meras observadoras. Estructuras centradas en controlar el discurso y los ritmos de la huelga, aunque eso suponga un sabotaje interno.

Esta es nuestra triste reflexión: creemos que tanto los partidarios del «no a la huelga» como algunos destacados partidarios del «sí» buscan lo mismo: anular la huelga, vaciarla de contenido. Unos lo hacen a través del boicot exterior y otros a través del control interno, pero el resultado es el mismo. Al final unos quieren que no prospere para que sus rivales políticos locales no les coman terreno, y otros para intentar no hacerle daño a un gobierno afín al que están completamente supeditados.

Lecciones de la huelga de alquileres

Es muy posible que tardemos mucho tiempo en darnos cuenta de la importancia y los efectos reales de esta huelga de alquileres. Es probable que tengamos la tentación de evaluarla exclusivamente en parámetros de cifras y resultados, inflando el número de huelguistas, o que incluso hablemos de ella en términos de victoria o fracaso. Es muy posible.

La huelga, sin embargo, tiene una vida subterránea, ajena a las manipulaciones de los medios de comunicación, a los decretos del gobierno, a su amenaza de represión o a la infiltración de los partidos en los movimientos sociales. La huelga está cambiando la vida y la perspectiva de las que están participando en ella, aquí y ahora.

La huelga de alquileres es un hito histórico, que no se daba con esta fuerza desde hacía casi un siglo. Es la primera vez desde entonces que un grupo numeroso de personas cuestiona simultáneamente un tabú moderno: la institución capitalista de la renta. Muchas inquilinas empiezan a plantearse su relación con los rentistas y se preguntan por qué deben mantener a unos sujetos que voluntariamente, y sin ninguna imposibilidad física, han decidido vivir a costa del trabajo ajeno. Las arrendatarias comienzan a cuestionarse por qué deben pagar ellas por un bien de primera necesidad, que habilitan, mantienen y revalorizan, y cuyo precio de compra ya ha sido amortizado desde hace años con el pago continuado del alquiler. Y cuestionarse una de las instituciones del capitalismo (como el interés en el préstamo, el lucro en el comercio o la plusvalía en el trabajo) es el primer paso para cuestionarse el modelo en sí y empezar a arañar las contradicciones que implica el propio principio de propiedad privada.

Por otro lado, hemos contemplado actos de solidaridad y relaciones de apoyo mutuo que no sólo abren brechas en el discurso aislacionista imperante, sino que construyen tejido social en un momento de desmoronamiento sociológico general. Hemos visto bloques enteros de inquilinas puestos en huelga, donde las familias que sí podían pagar secundaban la convocatoria por solidaridad con las vecinas que no podían. Son personas que sin ningún aprendizaje teórico previo y sin necesidad de que ningún colectivo politizado les diera la tabarra, han entendido que si unas pocas viviendas dejan de pagar el problema lo tienen las arrendatarias; pero que si son todas las viviendas de un bloque las que dejan de pagar al unísono, el problema lo tiene el arrendador.

Todo esto no hubiera sido posible sin la huelga.

Por otra parte esperamos que los colectivos sociales aprendan (aún tienen tiempo) lo que comprendieron nuestros abuelos y abuelas sin necesidad de ampararse en nombres ilustres del pasado y sin llegar a compromisos políticos en nombre de nadie: las huelgas de alquileres las hacen las inquilinas, las vecinas que tienen que pagar un alquiler y no pueden, que tienen que elegir entre alimentar a sus hijos o alimentar al rentista; no las hacen los colectivos políticos, ni siquiera los más fuertes. Por lo tanto, una huelga de alquileres existe e incluso puede tener éxito aunque no haya ninguna organización, más o menos profesionalizada, ocupando el micrófono. Las ligas y sindicatos de inquilinas del pasado eran conscientes de que su misión no era dirigir las huelgas, sino tratar de darles un cauce político, organizarlas, animarlas y sumar a ellas al mayor número de inquilinas con problemas de impago. Hoy, la mentalidad de algunos colectivos y sindicatos es que no existe huelga si ellos no la convocan (controlan), que un impago generalizado no es suficiente para darle cobertura convocando una huelga y que de hecho no hay huelga posible si los sectores solventes no la secundan. Es lo que pasa cuando dejamos los movimientos sociales en manos de personas pudientes y patriotas de la «clase media», cuando los sindicatos laborales son dirigidos por personas que no trabajan y los sindicatos de vivienda por personas que nunca han sentido peligrar su techo.

Cartel llamando a la huelga de alquiler el 1 de mayo

Diseño @sublinismo

Los activistas domesticados existen y son ruidosos, como lo son los periodistas serviles, los políticos profesionales, los economistas adocenados y los rentistas puestos en pie de guerra. Pero no son en modo alguno el aspecto capital de la huelga: son sólo algunos de los problemas, más recurrentes o más marginales, a los que ésta se enfrenta a diario. La realidad de la huelga son las miles de personas que concertadamente han organizado su necesidad, le han dado un carácter reivindicativo a su impago, se han coordinado con sus vecinas, han levantado los primeros comités de huelga y le han plantado cara a un Sistema terriblemente peligroso en su eterna agonía.

Es muy posible que no podamos conseguir todos nuestros objetivos en esta huelga. Es muy posible que a eso muchos lo llamen «fracaso». Pero la verdad incuestionable es que el éxito de la huelga se produjo con la propia convocatoria. El efecto que ha tenido la huelga en la realidad cotidiana de cientos o miles –lo mismo da, aunque algunos no lo crean– de personas sin politizar, de vecinas que se han acercado por primera vez a la lucha social en estas duras semanas, ya vale de por sí algo.

Hemos conseguido la suspensión de 178 alquileres –muy poco– y sólo por eso ya hubiera valido la pena declarar la huelga. Sólo por eso vale la pena mantener la convocatoria a partir de este 1º de Mayo.

Que viva, siempre, la huelga arrendataria.

SIGC-FAGC

1 Se puede descargar en formato de fichas.

2 Siendo honestas, no hemos podido contrastar a cuántas personas equivalen estos 932 casos, pero si consideráramos que cada caso corresponde a un mínimo de 3 personas (hemos atendido muchos casos de familias numerosas o de pisos subarrendados con numerosos inquilinos) nos saldría una cifra próxima a las 2.800 personas.

3 Destacamos que todo esto lo hemos hecho mientras la actividad normal del Sindicato y la FAGC han seguido su curso. Si bien el «estado de alarma» ha propiciado que no haya desahucios judiciales y las demandas de realojo han descendido mucho, el matonismo policial con las okupas y los intentos de desalojos ilegales y extrajudiciales se han seguido produciendo, como la necesidad de realojos de emergencia en situaciones de violencia de género. Igualmente hemos seguido ayudando a familias con niños que han recurrido a la okupación, tanto a nivel individual como comunitario, a seguir reclamando suministros básicos imprescindibles en esta situación. Hemos mantenido también las negociaciones con instituciones y entidades financieras en casos de desahucios o alquileres sociales previos al confinamiento.

4 Este caso concreto se desarrolla en la web del SIGC.

5 En este documento, en su sección «Sectores de población a los que interpela la Huelga de Alquileres» decíamos: «La Huelga de Alquileres interpela a las inquilinas, pero se entienda que entre éstas se dan distintas causas y motivaciones para justificar el impago. Insolventes: Inquilinas que ya arrastraban problemas para pagar la renta antes de la crisis del Covid-19, y cuya situación se ha agravado con el confinamiento. Inquilinas que sí podían previamente hacer frente al alquiler, pero a las que el confinamiento ha dejado sin ingresos y ya no pueden afrontarlo. El impago en este amplio sector de la población será generalizado, con independencia de que los Sindicatos de Inquilinas estén o no a la altura de convocar huelga. Solventes: Inquilinas a los que el confinamiento ha afectado poco o nada en relación a sus ingresos. Podrán hacer frente al alquiler los próximos meses. En este sector de la población sólo se solidarizarían con una huelga de alquileres aquellas inquilinas politizadas y con conciencia social. Son las que se exponen a unas consecuencias legales y económicas a las que no tendrían que enfrentarse si no secundaran la huelga. El seguimiento de la huelga en este sector es muy limitado»

6 No nos referimos a las trabajadoras de la economía informal y a las precarias (son las que teníamos en mente en la circular anteriormente citada cuando hablábamos de «inquilinas que sí podían previamente hacer frente al alquiler pero a las que el confinamiento ha dejado sin ingresos»). Éstas, aunque en muchos casos sí pudieran sufragar la renta antes del «estado de alarma», viven generalmente en una situación de inestabilidad crónica y están familiarizadas con el impago forzoso.

7 Hace unos días nos contactaba un señor de la península bastante conmocionado. No entendía que en 2019 veraneara en Canarias y ahora se viera obligado a llamar a un sindicato canario para informarse de cómo negociar con el fondo de inversión propietario de su casa la posibilidad de una moratoria o rebaja del alquiler.

8 Se puede ver una pequeña muestra en este vídeo.

La SAREB anuncia paralización temporal del desahucio

El pasado viernes día 14 de diciembre el director de responsabilidad social y corporativa de la SAREB, Gaspar González Palenzuela, anunció en directo en el programa de RTVC “Buenas tardes Canarias” que la SAREB empezaba las negociaciones con el Ayuntamiento de Telde y con el Gobierno de Canarias para buscar “una solución” a las familias de la Comunidad “La Ilusión”. Anunció también públicamente que mientras se desarrollaban esas negociaciones habían comunicado al Juzgado nº 2 de lo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria que detuvieran el proceso de desahucio. Varios medios de comunicación recibieron la misma información y así la difundieron (La Vanguardia, El Diario.es)

La SAREB había aceptado las demandas iniciales de las vecinas que el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria le había trasladado dos días antes por correo electrónico: empezar las negociaciones con las instituciones públicas y paralizar el desahucio.

El martes pasado (día 18 de diciembre) se produjo también una reunión con la alcaldesa de Telde, Carmen Hernández, en la que tres delegadas de “La Ilusión” y dos delegadas del SIGC, exponían sus demandas entre las que se encontraban presionar a la SAREB para que aceptara la cesión en uso del inmueble, un posicionamiento público contra el desahucio y otras cuestiones de régimen interno del edificio. Ninguna de estas demandas fue rechazada. Pocas horas después, el Ayuntamiento celebraría una reunión con responsables del área de vivienda del Gobierno de Canarias en la que, supuestamente, le trasladaría dichas demandas. El encuentro también quedó recogido por la prensa (La Provincia, El Día).

Todo esto podría entenderse como una pequeña victoria. Un alto cargo de la SAREB se ha visto obligado a hacer declaraciones públicas (algo muy inusual) y ha anunciado que el desahucio queda paralizado hasta que se llegue a un acuerdo con las instituciones. Las instituciones han declarado que “bajo ningún concepto, estas doce familias se van a quedar en la calle, por lo tanto, les enviamos un mensaje de tranquilidad porque hay una solución para esta situación”. Podríamos decir que en 10 días hemos conseguido detener un desahucio masivo; que en menos de dos semanas hemos hecho un trabajo legal apabullante, redactando escritos para cada vecino con alegaciones que sobrepasan las 8 páginas; que en menos de medio mes hemos conseguido movilizar a la opinión pública y conquistar la hegemonía del relato en los medios de comunicación. Las vecinas de “La Ilusión” han dado la cara en cada situación, ante cualquier foco, comiéndose los micros mejor que ningún profesional de la información, y lanzando su corazón como un arma contra el capitalismo especulador. Hemos conseguido además un perfecto equilibrio estratégico, donde la FAGC se ha encargado de la labores de presión y hostigamiento político y social y el SIGC se ha encargado de la parte constructiva y negociadora. La piqueta y la palabra.

Todo esto, repetimos, podría interpretarse como un pequeño éxito. Pero no. La paralización temporal de un desahucio es sólo una tregua. Aunque nuestras demandas estén encima de la mesa por ahora no tenemos más garantías que las palabras. Nada nos asegura que la situación se revierta, que las instituciones olviden los acuerdos contraídos y la SAREB siga adelante con el desahucio cuando pasen las elecciones de mayo de 2019. Nos toca seguir alerta y no bajar la guardia. Sí, estamos mucho mejor que a comienzos de diciembre, hemos vencido el miedo, hemos derrotado al pánico, hemos puesto de rodillas temporalmente a esa ideología que prima la propiedad privada por encima de la vida, pero nuestra mentalidad es y seguirá siendo la que manifestaron nuestras vecinas cuando la SAREB anunció la paralización del desahucio: “lo creeremos cuando lo veamos, porque las palabras se las lleva el viento”.

Estamos obligadas a seguir adelante hasta la victoria definitiva. Porque los dieciséis niños que dependen del resultado de nuestra lucha no pueden permitirse una derrota.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde

36 personas que habitan en un edificio desde hace un año y medio se encuentran en riesgo de desahucio ya que la Sareb, propietaria del inmueble, pretende venderlo

El propietario del edificio, que había sido embargado, ofreció las llaves de las casas a estas personas con la condición de que lo cuidaran

Las familias viven con luz de obra y el agua la traen en cubas. Están dispuestas a pagar un alquiler social para vivir en ellas

Llegar a la puerta del edificio de La Ilusión es llegar a un lugar donde se alberga esperanza y familiaridad. Hace un año y medio 12 familias de diferentes zonas de Gran Canaria lograron encontrar en El Valle de Los Nueve, en el municipio grancanario de Telde, la confianza y seguridad que habían perdido meses o años atrás cuando se vieron en la calle, con una mano delante y otra detrás, sin saber a dónde ir. La principal preocupación eran los menores. 16 niños y niñas que han visto a sus padres luchar por tener un sitio donde vivir. Y lo consiguieron. Pero, ahora, la situación se ha torcido y la inseguridad se ha vuelto a adueñar de estas 36 personas. La Sareb (Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria) pretende ejecutar un desahucio y dejarlos en la calle para cumplir con su objetivo de vender el inmueble.

La comunidad de La Ilusión escribió la primera página de su libro en el mes de junio de 2017. En una asamblea del Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria que tuvo lugar en San Telmo, en Las Palmas de Gran Canaria familias desahuciadas, mujeres maltratadas con hijos y madres solteras vieron la luz. El propietario del edificio, que había sido embargado, ofreció las llaves del inmueble a esas personas con la condición de que lo cuidaran y lo convirtieran en el lugar donde formar su hogar. Antes era un sitio donde se iba a robar o a consumir drogas.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde
Cocina de una de las viviendas de la comunidad de La Ilusión ALEJANDRO RAMOS

Cuando las vecinas recuerdan el momento en el que que llegaron a su nueva casa no pueden ocultar la alegría. “Teníamos las llaves y cada uno iba abriendo la puerta que le tocaba, una locura. A partir de ahí empezamos a trabajar y sacar basura para convertirlo en lo que hoy es”, explican a este periódico. Por eso lo llaman La Ilusión. Tuvieron que poner cableado nuevo; arreglar las humedades; conseguir piezas para los baños de segunda mano; limpiar el garaje; construirse cada uno las cocinas como podían. “Aquí no había nada, esto estaba pelado”, aseguran, mientras muestran con orgullo las imágenes de lo que era y lo que es.

Han intentado, en varias ocasiones, poner un contador de luz, pero no se los permiten, al igual que de agua. Cuando llegaron pusieron todo el cableado nuevo y, gracias a la luz de obra, pueden disfrutar de electricidad. Para el agua vienen unas cubas de agua cada dos o tres semanas que les llenan los bidones. “Al principio teníamos que venir con garrafas”, recuerda una de las habitantes.

Cada casa una historia, pero se consideran una familia. Tienen edades comprendidas entre los 25 y 55 años y se ayudan unos a otros, no hay conflictos entre ellos y se han consolidado en el barrio sin ningún tipo de problemas. Frente al edificio un colegio. Ahí estudian la mayoría de sus hijos. Un centro escolar que se recuperó la vida que le faltaba con la incorporación de estos más de 10 niños. “El colegio estaba a punto de cerrar y nosotros matriculamos a nuestros hijos y se ha mantenido”, afirma una de las vecinas entre lágrimas.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde
Habitación de una niña que vive en la comunidad de la Ilusión. ALEJANDRO RAMOS

El pasado 30 de noviembre, un señor, acompañado de la Policía, llegó al edificio para entregarles una notificación que se remitía a los “ocupantes de la vivienda”. El pasado lunes enviaron unos escritos Juzgado Mercantil Nº2 de Las Palmas de Gran Canaria para identificarse y explicar en calidad de qué se encuentran en el edificio. Hasta el momento, no saben cuál será su futuro ni si el desahucio tiene una fecha prevista. “¿Cómo pasamos las navidades nosotros ahora?”, se preguntaban.

Han intentado llegar a un acuerdo para pagar un alquiler social y seguir habitando las viviendas, pero no lo consiguen. “Hemos hablado con la Sareb y ellos no quieren nada, solo vender”, asevera una de las residentes. “Quieren dinero y nosotros queremos un techo, no pedimos nada más”. La intención de este grupo de vecinos no es otra sino buscar una solución que no pase por quedarse tirados en la calle. “A mi me da igual coger mis cosas e irme debajo de un puente, pero con mi hija no me voy a la calle hasta que me den una casa y no de gratis. Yo la voy a pagar”, afirma con contundencia.

Ahora buscan una respuesta. Que paren el desahucio. Que aunque aún no tiene fecha prevista, es algo que no les deja dormir, hasta que el Gobierno de Canarias o el Ayuntamiento de Telde les busque una solución.

La ‘Ilusión’ se esfuma de una comunidad de 12 familias en Telde
Escaleras del edificio de la comunidad de la Ilusión. ALEJANDRO RAMOS

Estas 12 familias precaristas, que no oKupas, ya que no entraron en las viviendas por la fuerza, sino con un juego de llaves y con la autorización de su antiguo dueño, aseguran que van a seguir luchando por lo que les pertenece, una vivienda donde poder formar un hogar. Con la ayuda del Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria, a quien “tienen mucho que agradecer”, según manifiestan, no van a parar por su futuro y el de sus hijos.

“La Esperanza” dice NO al desalojo de “La Ilusión”

La Esperanza” dice NO al desalojo de “La Ilusión”

Desde la Comunidad “La Esperanza” (la comunidad autogestionada más grande del Estado) queremos manifestar nuestro total apoyo a la comunidad hermana de “La Ilusión” y rechazar con todas nuestras fuerzas la amenaza de desalojo que se cierne sobre ella. Exigimos a las entidades financieras que pretenden desalojarlas que abandonen ahora mismo sus pretensiones y a las administraciones públicas que les ofrezcan una alternativa habitacional asequible y digna en caso de que no se pueda detener lo que a todas luces sería un desastre humanitario. Desde el norte al sur de la isla, la situación de paro, precariedad, salarios insuficientes, alquileres elevados, desahucios constantes, ha ocasionado que muchas familias no hayamos visto obligadas a organizarnos, a pedir la colaboración de organizaciones como la FAGC y a impulsar comunidades como éstas para evitar la indigencia y la disolución de nuestras unidades familiares. Es el sistema el que ha incumplido sus deberes, no nosotras. Por eso, también desde el norte al sur de la isla, es importante fortalecer nuestros lazos de solidaridad y apoyo mutuo, porque en cualquier momento pueden venir a por cualquiera de nuestras comunidades y es vital que demos una respuesta conjunta y coordinada. Repetimos una vez más: “Ni casas sin gente, ni gente sin casa”. Nadie nos puede quitar “La Esperanza” y nadie nos quitará “La Ilusión”.

Comunidad “La Esperanza”

Catalunya y las anarquistas

Aparecido originalmente en Solidaridad Obrera

Hablar de Catalunya, desde el anarquismo (y casi desde cualquier sitio) resulta difícil. Lo cómodo parece ser mantenerse al margen, implicarse en las propias dinámicas, desdeñar lo que allí pasa como si no fuera nada de importancia o despacharlo tirando de lugares comunes y fórmulas doctrinarias. Parece que uno se juega el prestigio al inmiscuirse en temas tan enconados en los que se dibujan dos frentes claros, aún dentro del anarquismo. Sin embargo, yo no tengo prestigio alguno que arriesgar y hablar sin nada que perder aligera bastante la labor.

Lo siento por quien no coincida conmigo, pero no puedo callarme ante lo que veo (si no he dicho nada antes es por cuestiones ajenas a mi voluntad). Advierto que por las mismas cuestiones no me ha sido fácil mantenerme completamente informado sobre la situación en Catalunya, y puede que se me escape algún detalle que seguro las lectoras sabrán perdonar. Ninguna de mis observaciones alude por tanto a ninguna compañera o texto concreto, sólo a sensaciones y corrientes de opinión que he detectado.

Advierto también otra cosa, quien esto escribe se considera a sí mismo un apátrida, una persona opuesta por convicción y sensibilidad a cualquier nacionalismo y estatismo, desafecto a cualquier bandera y enemigo de toda frontera. Criado literalmente en un ambiente nacionalista, nunca he conseguido que me motiven ni los identitarismos ni las patrias. He visto durante demasiado tiempo, y lo siento por los aludidos, como las anarquistas en Gran Canaria nos comíamos solas (o casi) piquetes antidesahucio y realojos, sin que los nacionalistas intervinieran cuando desahuciaban a algún paisano suyo ni les ofrecieran a los afectados más que folclore y apoyo simbólico. El nacionalismo en Canarias ha ofrecido durante décadas galeradas y galeradas hablando de abstracciones, pero ni una sola respuesta organizada (excluyendo la caridad), a nivel callejero, a la miseria de un pueblo que no come banderas ni puede reivindicar una patria cuando ni siquiera tiene tierra. No es la primera vez que escribo esto.

Sobre la cuestión catalana, si simplificamos mucho un asunto que es verdaderamente complejo, parece que el anarquismo se ha dividido en dos posturas principales: una que llamaremos ortodoxa (aunque el término es deliberadamente engañoso), y que se opone a cualquier participación de las anarquistas en el conflicto catalán, y otra heterodoxa (ídem), que cree que las anarquistas deben implicarse. Yo no pienso atacar, ni siquiera analizar, ambas reducciones; pero sí voy a cuestionar sus exageraciones y lo que tomo por fallos estratégicos. Puede que leyendo el anterior párrafo quizás alguien se imagine ya dónde sitúo mi voz, pero no les recomiendo que se apresuren. En el anarquismo siempre hay hueco para no estar “ni al margen ni en el ajo”1, para estar con la gente y contra los Estados.

Lo siento mucho, pero del discurso ortodoxo se desprenden en demasiadas ocasiones dos vertientes, subyacentes pero importantes, que no consigo tragar. En primer lugar detecto que muchas veces tras las críticas a la intervención de las anarquistas en lo que se ha venido a llamar el procés se esconde una mirada indulgente hacia el Estado español (la misma que se acusa de tener con la Generalitat al bando contrario), unos tics rancios de centralismo españolista con los que, como ápatrida, ni quiero ni puedo coincidir. Hay sorpresa y asombro, entre algunos de nuestros intelectuales, por que las catalanas quieren abandonar el naufragado cayuco español, cuando lo que debería sorprenderles es que el resto quiera continuar en él. Se alude a un impreciso internacionalismo que en realidad sirve de mampara para no admitir un pecado inconfesable: la propia comodidad dentro de una España cuya opresión se percibe como tolerable. Se tiene más miedo y se carga más tinta contra un Estado hipotético que contra uno real que nos aplasta a diario. El Estado catalán, como conjetura, asusta y preocupa más que el Estado español, como certeza. Cuando nuestra voz se une a los que cuelgan banderas de España de los balcones y a los que dan vivas a la Guardia Civil toca revisar seriamente qué está saliendo de nuestra boca.

El rejo españolista es la primera arista con la que no coincido, y la segunda es el eterno recurso de la “pureza”. La idea de que el anarquismo es algo demasiado grande y perfecto como para bajarlo de su pedestal de cristal de Swarovski y mezclarlo con causas espúreas, no es la mía. Así se entiende que en la mayoría de luchas sociales, como es el caso del frente de la vivienda en la última década, el anarquismo haya jugado un papel anecdótico o de comparsa, salvo aisladas excepciones. Porque para intervenir en esta lucha toca juntarse y trabajar con vecinos que pueden ser votantes del PP, que están cargados de mil prejuicios y que ignoran las ideas anarquistas. Así se entiende también que en el 15M nos mearan la mayoría de oportunistas políticos (nuevamente, salvo raras salvedades) y que en los últimos años nos adelante por la izquierda hasta una asociación de petanca. Creemos que solo podemos participar en luchas perfectas, con gente perfecta, con un porcentaje de un 100% de coherencia y de un 0% de contradicciones. Esas condiciones, todas lo sabemos, nunca se darán. Es por eso por lo que ya no participamos en casi nada.

Es triste, pero hemos guardado el pasado en ámbar. Creemos que el 19 de julio de 1936 la gente tomó las armas por la revolución social gracias a la ciencia infusa. Omitimos un trabajo previo pesado y agotador que describe Anselmo Lorenzo en el Proletariado militante2, y que conllevaba tragar mucha mierda e ir a discutir a círculos burgueses en los que a veces se acababa a las malas. Los anarquistas pudieron impulsar los acontecimientos revolucionarios del 36 en Barcelona porque antes contactaron con la gente en sus aspiraciones más básicas y no le hicieron ascos a disputarle terreno a los burgueses ante los auditorios más hostiles. Si hoy se produjera una movilización por reducir la jornada laboral a las 6 horas o por bajar la edad de jubilación a los 60 años, muchos anarquistas se inhibirían de participar y acusarían a la movilización de reformista mientras en sus locales lucirían con orgullo el retrato de los Mártires de Chicago. Parece que algunas prefieren hacer una manifestación a favor del Apoyo Mutuo, en abstracto, mientras sus vecinos son apaleados ante su mirada indiferente.

Lo siento, pero no me hice militante anarquista para ejercer de vigilante monacal de la pureza de un dogma.

Creo que las anarquistas debemos situarnos en unos parámetros bien distintos. El linchamiento que sufrieron las catalanas el 1 de octubre de 2017 debería de habernos hecho despertar y haber cambiado muchas de nuestras certezas. Estamos asistiendo al apaleamiento masivo de un pueblo (de una de sus mitades, si se prefiere) que reivindica, esencialmente, el derecho a autogobernarse, y ninguna anarquista puede ignorar esto sin acabar aceptando un centralismo estatal que supuestamente hemos combatido desde la I Internacional. Y aun cuando las exigencias de las catalanas fueran más peregrinas, aquí nos encontramos ante un pueblo desarmado y unas fuerzas policiales que lo aplastan. Nuestro lugar de la barricada no puede ofrecer lugar a dudas. Podemos disentir todo lo que queramos de ciertos planteamientos independentistas (de hecho lo haré en la parte final de este texto), pero igual que oponernos a la persecución de una minoría religiosa no nos convierte en creyentes, oponernos a la persecución de las independentistas catalanas no nos convierte en nacionalistas. La discrepancia de conceptos en abstracto no nos puede hacer ignorar una violencia gubernamental que es concreta, material y tangible. Pongo la represión en el centro del debate porque es la demostración más clara del origen de nuestros pruritos y reservas, y lo que pone contra las cuerdas a nuestra autentica sensibilidad anarquista. Las anarquistas estaban en los años 30 y 40 del siglo pasado con las judías como hoy están con las palestinas, porque nuestro lugar, sin necesidad de asumir banderas, Estados, creencias religiosas y culturales, siempre ha estado con las perseguidas y contra los perseguidores, con las oprimidas y contra los opresores, y nunca nos han cabido dudas al respecto. Las anarquistas somos mapuches cuando cargan contra las mapuches, somos kurdas cuando bombardean a las kurdas, somos artistas cuando encarcelan a las artistas, y así sucesivamente, porque nuestra carne se compone de todas aquellas que sufren la represión en cualquier lugar del mundo. ¿Por qué somos anarquistas entonces? Porque quien siempre reprime es el Poder. Hoy, por lo mismo, nos toca ser catalanas.

Seguramente varias compañeras verán exagerada la comparativa, pero lo esencial es que el sistema judicial español y su policía están apaleando, persiguiendo y encarcelando a personas que, peor o mejor, reclaman su derecho como comunidad humana a decidir por sí mismas. No reconocer que existe una agresión represiva nos vuelve a colocar ante una repugnante indulgencia con el Estado español, su judicatura y fuerzas policiales, que no le concederíamos a otros aparatos represivos internacionales. Para mí la sensibilidad anarquista debe estar con las catalanas que sufren las cargas y la persecución; lo demás es retórica. Creer que debemos asumir el ideario de una víctima para reconocerla como tal es unir nuestra voz a la de los verdugos. Ya lo decía Reclus: “Personalmente, cualesquiera que sean mis juicios sobre tal o cual acto o tal o cual individuo, jamás mezclaré mis voz a los gritos de odio de hombres que ponen en movimiento ejércitos, policías, magistraturas, clero y leyes para el mantenimiento de sus privilegios”3.

En el plano de la sensibilidad y la solidaridad, factores que se ignoran en política, creo que ésta debe ser nuestra conclusión. Pero, ¿y en el plano estratégico? La cuestión podría extenderse hacia cualquier situación de efervescencia social, más allá de Catalunya. ¿Deben las anarquistas implicarse en estos casos? Siempre he pensado que sí. Salvo contadas excepciones, toda situación de conflicto social es un campo de trabajo propicio para el anarquismo. Tener reparos porque su origen o aspiraciones iniciales no son libertarias es condenarse a la inacción. Cuando surgió el 15M muchas anarquistas despreciaron el fenómeno por reformista y pacato y se negaron a participar. El análisis podía ser acertado, pero no la reacción de mantenerse al margen. Las cosas son lo que dejamos que sean, y ese “dejamos” nos incluye a nosotras. Las cosas se institucionalizan, politizan (en el mal sentido) y desinflan a niveles revolucionarios porque precisamente nosotras, las revolucionarias, nos quedamos de brazos cruzados y lo permitimos. Somos responsables. La I Internacional surge en 1864, entre otros factores, por las ganas que tenía Napoleón III de dar un aspecto social y aperturista a su dictadura, por eso manda a un grupo de proudhonianos a Londres para que confraternicen con los cartistas ingleses. ¿Debían participar los anarquistas en eso o despreciar el invento por sus orígenes? La historia nos demuestra que no le hicieron ascos al asunto y que gracias a él acabaron teniendo preponderancia en el movimiento obrero de las regiones europeas latinas.

Cuando las anarquistas grancanarias intervinimos en el 15M no lo hicimos de forma complaciente y aquiescente. Seguramente muchas reformistas y miembros de partidos políticos nos recuerdan más como generadoras de conflictos y eternas disidentes que como otra cosa. Pero esa participación no sólo desbarató muchos de sus manejos y radicalizó algunas situaciones y reivindicaciones, también nos permitió dar a conocer las ideas y herramientas anarquistas y afianzarnos como colectivo. Cuando la FAGC empezó a andar por el frente de la vivienda convocó asambleas de inquilinas y desahuciadas en las plazas y así contactamos con muchas vecinas, pero no fue esa nuestra única forma de crecer. La PAH local de aquella época, refractaria a la okupación, no interesada por los casos de alquiler y, a nuestro entender, bastante institucionalizada, no parecía un buen lugar para que la anarquía dejara su semilla. Pero fue en algunas de sus asambleas, a las que nos autoinvitábamos y en las que exponíamos a modo de contraste nuestra forma diferenciada de abordar la lucha por la vivienda, cuando muchos casos que no hallaban solución en la PAH empezaban a contactar con nosotras. Hacía falta que fuera allí, en una confrontación de ideas directas, donde las personas cuyos casos de alquiler se desestimaban, escucharan que el problema de la vivienda requería soluciones integrales, sin situar a las hipotecadas por encima de las inquilinas y precaristas. Hacía falta que la gente que ya tenía una orden de lanzamiento firmada en la mano, escuchara allí que la okupación, convertida en tabú por parte de los activistas de clase media, siempre sería una alternativa más viable que dormir en la calle. ¿Qué potencial revolucionario tiene una movilización vecinal contra la colocación de parquímetros, la construcción de un bulevar o el levantamiento de un muro? Si nos dejáramos llevar por las apariencias, por lo inmediatista y localista de la reivindicación, por la voz de algunos participantes cargada de prejuicios y de ideas derechistas, seguramente nos parecería que ninguna. Pero como nos recomendaba Malatesta4, es nuestro cometido participar en esas reclamaciones parciales y llevarlas a lugares más lejanos y más hondos. De ahí vienen las explosiones sociales, aunque sea a pequeña escala y a modo de entrenamiento para el futuro. ¿Pueden ser los actuales CDR (Comités de Defensa del Referéndum primero, y de la República después) algo similar? Lo desconozco porque la distancia no me permite hablar más que de oídas. Lo que sí sé es que en cualquier organización barrial y vecinal de base las anarquistas debemos intentar participar (hasta donde veamos que nos sea posible) para profundizar en el carácter social de las reivindicaciones y tratar de radicalizar tanto las formas como los fondos. Algunas compas me aducen con razón que no se ven participando en un órgano que apoye referendos y repúblicas, pero nada cuesta que esa erre se transforme y se levanten Comités de Defensa de la Revolución, tan sólo con participar, implicarse e intentar desbordar las expectativas. De todas formas, el continente no debería pesar más que el contenido.

Leído lo leído, las compas que siguen estas líneas pueden haber concluido que propongo que el anarquismo se sume al proceso soberanista catalán y que apoye a éste, y a las fuerzas que lo impulsan, de forma incondicional. Nada más lejos de mi intención. De hecho considero que para ofrecer apoyo ciego e implicación acrítica es mejor no salir de casa. Vaya por delante que no pretendo desde mi ultraperiferia decirle a las compas catalanas, a los que lo viven en primera persona y tienen que lidiar con el asunto a diario, cómo deben o no hacerse las cosas. Sólo pretendo ofrecer una visión desde la perspectiva que da la distancia y también desde la cercanía a los procesos de independencia que nos ofrece nuestro cercano continente africano.

En todo acto de conflicto social es interesante y necesario que intervengan las anarquistas, pero deben hacerlo a su modo y con sus propias condiciones. La participación anarquista es necesaria en clave de tensión, e incluso de oposición callejera. Porque implicarse no es ni puede ser sinónimo de colaboracionismo. Este aspecto no se está contemplando, al menos en toda su dimensión. La acusación de equidistancia y neutralidad ante cualquier desacuerdo, el “esto no toca” ante cualquier discrepancia, el “le estás haciendo el caldo gordo a la derecha y al 155” ante cualquier crítica, generará un ambiente óptimo para que quienes controlan el próces desde las instituciones se sientan cómodos, pero jamás permitirá que se pueda ahondar en la radicalización social del conflicto. El papel de las anarquistas no puede ser ni de palmeras ante los políticos menos malos ni exclusivamente de carne de cañón en los desafíos físicos (piquetes, cortes de carretera, etc.), eso no es más que reproducir milimétricamente un pasado en el que no nos fue demasiado bien.

Cuando estalla la Guerra Civil en 1936, y la consiguiente revolución popular, los comités confederales y anarquistas pierden todo el verano, cuando el impulso de la revolución era más fuerte, debatiendo sobre el papel del movimiento libertario en los acontecimientos. La tesis que se impuso desde primera hora fue la de la colaboración con las instituciones republicanas, tesis que reforzaba a quienes desde dentro de las organizaciones libertarias ya habían pedido el 14 de abril de 1931, ante un marco muy distinto, que se dejara respirar a la nueva República Española y se rebajara la conflictividad social para no poner en peligro su asentamiento. Este espíritu, reeditado en 1936, iría cristalizando mes a mes hasta hacer inviable toda crítica al gobierno y a sus disposiciones. Allí también se aducía el “esto no toca” y se hablaba de deslealtad y de lo contraproducente para la causa común que era emitir cualquier crítica. Así se va aceptando la militarización, la participación gubernamental, se va quitando a los anarquistas más recalcitrantes, como Liberto Callejas, de la prensa confederal, y se les va sustituyendo por otros más dóciles como Jacinto Toryho, hasta que el anarquismo, motor ideológico de la revolución, se ata así mismo las manos y asume el rol de comparsa republicana. José Peirats diría que lo mejor para la CNT hubiera sido convertirse en oposición, manteniendo su trinchera en la calle y en lo social5. Si esta tesis, la de asumir el rol de oposición callejera, puede mantenerse –de forma bien fundada viendo los acontecimientos posteriores– cuando el anarquismo era una fuerza preponderante, ¿cómo no mantenerla hoy cuando es ultraminoritario?

La idea de intervenir sólo en los posibles altercados callejeros, pero sin elaborar un discurso propio detrás, con una estrategia de conflictividad propia, tampoco es propicia para que la cuestión social se abra camino. En todas las revueltas y conatos revolucionarios las anarquistas se han partido la cara en la calle las primeras, sin que esto haya evitado que desaparecido el alboroto también haya desaparecido su influencia. Victor Serge le relató a Ángel Pestaña cómo durante la Revolución Rusa las anarquistas ganaron mucho afecto popular al ser las primeras en batirse el cobre durante las jornadas de octubre, pero cómo todo se fue diluyendo cuando después de actuar como fuerza de choque se volvieron a sus locales a debatir sobre el sexo de los ángeles6. Las anarquistas hemos sido, a nivel histórico, perfecta carne de cañón en conflictos que generan otros, pero no siempre hemos sabido generar los propios o al menos introducir nuestras exigencias en dichos conflictos y mantener la tensión callejera necesaria para alcanzar nuestros verdaderos objetivos que son, por fuerza, populares y extraparlamentarios.

La implicación por tanto debe ser práctica, resolutiva, pero respondiendo a una estrategia propia y no prestada, y sobre todo debe ser crítica y autónoma, incómoda, debe ser generadora de tensión social y no pacificadora. Y esto debe aplicarse a todo.

Aceptar banderas e identitarismos sólo aleja el conflicto del terreno social y lo entrega en manos de quienes controlan la narrativa de las emociones abstractas. Mientras el conflicto gire entorno a lo abstracto y no a lo concreto, el pan, la vivienda, la asistencia sanitaria, el trabajo, la autonomía económica, serán elementos que podrán sacrificarse sin pesar alguno en el altar de las patrias y los himnos. Los que buscan la hegemonía de lo etéreo son los mismos que buscan que no se mencione el capitalismo ni las posibles alternativas a éste. El juego del nacionalismo es poner a los elementos abstractos, como la nación, la identidad colectiva, los símbolos, en el centro del discurso, para evitar que tomen voz las personas concretas. Lo más peligroso, para los vendedores de quimeras, es que la gente llegue a darse cuenta de que autogobernarse no significa cambiar una bandera por otra, sino tomar decisiones sobre su propia economía, su propio modelo social y su propia vida.

Por otra parte, asumir que las anarquistas sólo pueden implicarse en un conflicto asimilando las ideas de quienes hasta ahora lo han dirigido es haber perdido de antemano. Aceptar como un mal menor supuestos pequeños Estados de rostro amable y simpáticas repúblicas coloristas es pecar de exceso de ingenuidad y de un optimismo infantil. Los Estados que nacen, después de procesos revolucionarios o de independencia, son, a ojos de sus partidarios, como niños mimados a los que se les consiente y perdona todo. Cualquier error que cometen es culpa de las agresiones externas, cualquier exceso represivo es responsabilidad de la nueva situación, etc. Esta idea se extiende y se acaba convirtiendo en un mantra para los grupos de presión que intentan silenciar cualquier disidencia aduciendo a la vulnerabilidad del nuevo Estado y acusando de desestabilizar a cualquier discrepante. Los Estados jóvenes son pequeños tiranos consentidos, y creer que son más fáciles de moldear o desafiar, por parte de su población interna, es un ejercicio de inocencia política imperdonable7. Las anarquistas, en tanto en cuanto defiendan un proyecto de autogestión y autonomía real, no tienen porqué sumarse a una aspiración, por muy generalizada que se pretenda, de carácter estatista. ¿Que toda tesis que no contemple la creación de un nuevo Estado está descartada entre la población? Pues nuestra misión es introducir la idea opuesta, pero no a través de manifiestos, discursos y jeremiadas, sino a través de crear los órganos prácticos, prescindiendo de cualquier retórica, que la hagan posible. Crear comités, comisiones y asambleas, o la estructura que se prefiera, para empezar a gestionar recursos fácilmente asumibles por la comunidad (como vivienda y suministros) que demuestren que en un nuevo marco de ruptura se puede prescindir del Estado. Con Estado y república, como nos demuestran la mayoría de países del mundo que han renunciado a las monarquías y siguen siendo regímenes liberticidas y capitalistas, no hay ruptura posible. Hay un cambio institucional pero no una transformación real de las relaciones económicas y sociales, y eso es lo realmente importante.

Ese es el peligro de aceptar el transversalismo como consecuencia inevitable del conflicto catalán. Los movimientos nacionales suelen ser, por tendencia, transversales e interclasistas; los movimientos sociales no pueden ni deben serlo. Aceptar la necesidad de la transversalidad es aceptar que la batuta del procés la lleve la burguesía catalana, con las consecuencias que esto conlleva. A la burguesía catalana le pueden importar mucho los símbolos y los sentimientos, pero su mayor afecto es para con el dinero y su símbolo favorito es el de los billetes de 500 euros. La propiedad privada lo es todo para ella, y no sacrificará nada que pueda ponerla en riesgo. Ante todo lo que pueda afectar al statu quo económico (por eso desaceleró tanto el procés –quizás más que la propia represión estatal– la fuga de capitales y los boicots empresariales españolistas) sabe bien dónde debe situar su solidaridad de clase –mucho mejor que nosotras–. Por eso el PdeCat se ha olvidado de la humillación del 155, de la provocación de ser un país tomado por la Guardia Civil, de sus presos y exiliados, y ha firmado con el PP, Ciudadanos y el PNV un acuerdo para destrozar la okupación famélica con desalojos expeditivos8. Eso es transversalismo, y lo es también Felip Puig mandando a sus mossos a apalear manifestantes durante el 15M, lo son los mossos torturando a detenidos en comisaría y disparando pelotazos de goma en la cara, lo es Xavier Trías semiderribando Can Vies, lo son los desahucios, la gentrificación y la persecución de manteros, y lo son mil cosas más que las compas catalanas conocerán mucho mejor que yo. La retórica de los males menores es la madre de los grandes batacazos.

Y es aquí donde entramos en una cuestión capital. A la burguesía catalana sólo le interesa la independencia política, la de sus instituciones y sus estructuras de poder. Al pueblo trabajador catalán lo que le debe interesar es la independencia económica y social, porque sin esta última la independencia política se convierte en algo inútil y meramente estético. Si algo nos ha demostrado el sangrante ejemplo de África es que el supuesto proceso descolonizador que se produjo en el continente en la segunda mitad del siglo XX fue un proceso puramente formal que dejó intacta la estructura colonial en su mismo tronco. Los países africanos pueden presumir hoy de independencia política (a veces bastante parcial), pero su independencia económica está completamente en entredicho: los beneficios de sus recursos siguen sin permanecer en el suelo que los produce y siguen enviándose a la antigua metrópolis y su economía sigue siendo dependiente de las antiguas potencias coloniales. Los imperios de antaño sólo cedieron la independencia política cuando se aseguraron de que sus empresas tenían bien atado el monopolio económico. Catalunya puede conseguir mañana mismo la independencia sin que la situación de su clase obrera cambie en lo más mínimo, pues su economía puede seguir siendo perfectamente dependiente del Estado español y la Unión Europea (de ahí el temor de la derecha nacionalista catalana a romper con Europa). Cualquier intento de independencia que sólo contemple los aspectos políticos y no económicos sólo conseguirá una cosa: instituciones libres con ciudadanos esclavos.

Ese es el problema de que se haya aceptado que el proceso que se está dando en Catalunya tenga que ser dirigido por políticos profesionales, por partidos e instituciones. El protagonismo es suyo, y ellos deciden los tiempos y las hojas de ruta sin que les importe una mierda las exigencias de la calle. Si algo nos demostró la Revolución Francesa es el grave riesgo que corre el pueblo trabajador cuando se ponen al servicio de la burguesía y un supuesto “bien mayor”. Las obreras hacen la revolución pero después dejan que sean otras quienes decidan su curso. Así son utilizadas y explotadas para consolidar los intereses de una nueva clase dominante y finalmente son desechadas cuando ya no responden a ningún propósito útil. La misión de las anarquistas, y de todas aquellas fuerzas sociales extraparlamentarias, es una misión titánica pero importante: deben intentar que la capacidad de decisión se desplace de las instituciones a la calle; sacar el protagonismo del parlamento y los partidos y ponerlo en las organizaciones de base de barrio y su capacidad de generar narrativa y tensión; agudizar el antagonismo entre pueblo y gobierno, entre trabajadoras y clase política, hasta forzar el divorcio. La calle no está para apoyar a las instituciones y a los políticos, sino para presionarles y sobrepasarlos. Cuando antes citaba a Anselmo Lorenzo y cómo los primeros internacionalistas debatían en ambientes hostiles, no me refería –y espero que no se me haya entendido así– a mezclase con políticos ni a participar en sus aparatos de poder; hablaba de disputarles el auditorio; de cuestionar su legitimidad para encabezar cualquier proyecto colectivo; de juntarse con la gente de abajo, con independencia de sus ideas a priori, para empezar a desafiar la hegemonía gubernamental y poder construir desde la raíz.

La tarea es ardua y quizás, sobre todo a estas alturas, parezca imposible. Pero creo que las anarquistas que toman la decisión de implicarse en un proceso de ebullición social deben de hacerlo con sus condiciones; no por dogmatismo sino porque la propia práctica y la experiencia nos demuestran que es lo más pragmático. Para sumarnos a la combustión social no es necesario aceptar sufragios, Estados, banderas y chorradas; es necesario buscar el espacio para fracturar y meter nuestros discurso, y sobre todo nuestra praxis, por las grietas. Cuando Errico Malatesta lucha contra el colonialismo inglés en Egipto en 1882, o cuando Louise Michel apoya las reivindicaciones canacas y argelinas contra el Estado francés desde Nueva Caledonia en 1873, no hacen más que buscar una palanca social en conflictos que inicialmente sólo son nacionales. Bakunin mismo mantendría un fuerte idilio desde finales de los años 40 del siglo XIX con los movimientos soberanistas eslavos y las convulsiones nacionales que por entonces sacudían Europa y sólo lo rompería en 1863 después de sus últimos desencantos con el movimiento nacionalista polaco e italiano. Hasta cuando las anarquistas se han negado a participar en intentonas que consideraban fracasadas o que estaban impulsadas por los mismos que las perseguían, como el intento de proclamación de independencia de Companys en la Catalunya de 1934, no lo hacían para quedarse de brazos cruzados, sino para recoger los fusiles de los vencidos y prepararse para organizar sus propios levantamientos.

No soy optimista ni confiado. Tengo, de hecho, muchas reservas. Sólo sé que ante un caso de represión y cacería de disidentes como el que el Estado español está ejecutando en Catalunya nuestro deber, como libertarias, es estar con las catalanas y contra los resortes represivos del gobierno. Sólo sé que las anarquistas hemos de aprovechar casi cualquier situación de descontento popular para meter baza y para introducir presión en la olla social y evitar así que la gente siga sometida a la lealtad institucional y a la disciplina de partido. Sólo sé que para que el conflicto se externalice y el desafío con el gobierno pueda extenderse a otros puntos del Estado español es imperativo que transcienda de su dimensión nacional y aborde definitivamente la cuestión social. Sólo sé que el pueblo catalán, durante todo este proceso, ya ha dado por sí mismo varías muestras de rebeldía y de desobediencia a disposiciones, mandatos, ordenes y leyes. Sólo falta, por parte de nosotras, de todas las que componemos las fuerzas extraparlamentarias callejeras, que empujemos para coadyuvar a que también se vean capaces de desobedecer a sus propios líderes y empiecen a tomar decisiones sobre lo social, sobre la producción, sobre la distribución, sobre el pan y el techo, sobre su destino, sin delegar en nadie más que en ellas mismas. Repito que parece complicado e incluso imposible, pero ese es nuestro terreno: conseguir que lo extraordinario pase a ser cotidiano y que lo imposible sea factible. De hecho todos los proyectos que en este conflicto parecían posibles, por lejos que hayan podido llegar –sobre todo en lo simbólico–, hasta ahora han fracasado. Buscar lo imposible es hoy, en Catalunya, lo más realista.

Ruymán Rodríguez

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1Así decía Carmen Martín Gaite en un poema (Ni aguantar ni escapar) que versionó Chicho en A contratiempo (1978): “Ni de ida ni de vuelta/ni al margen ni en el ajo/ni pasión ni desdén:/vacilación resuelta/con el suelo debajo/por entre el mal y el bien/[…] ni súbdito ni rey/ni a cualquier viento hoja/ni el paso altivo y fuerte:/por donde pisa el buey/pero en la cuerda floja/mientras llega la muerte”.

2“Uno de los días de reunión del núcleo organizador aparecieron unos carteles anunciando una reunión pública que celebraría el domingo siguiente en la Bolsa la Asociación para la Reforma de Aranceles. Esto me inspiró la idea de proponer al núcleo que designase uno de los individuos para hacer una pública manifestación de sus aspiraciones, fundándome en que ninguna ocasión mejor que aquella para la publicidad que deseábamos; tratándose allí la cuestión social, aunque limitada por el criterio burgués a discutir sobre proteccionismo y libre cambio, nuestra intervención podría abrir una vía nueva que separase a los trabajadores de la sugestión política a que se hallaban a la sazón sometidos y les inclinase a ingresar, como es de razón, en el proletariado militante” (A. Lorenzo, El proletariado militante, tomo I, 1901).

3Citado por Antonio Téllez en La Guerrilla Urbana I. Facerías, 1974.

4“Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. […] Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas. En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos” (E. Malatesta, En tiempo de elecciones, 1890).

5“Fuera del gobierno estábamos en la oposición, en nuestra trinchera, y teníamos un factor importantísimo en nuestras manos: la producción, la economía. Podíamos ser una fuerza de presión muy difícil de manejar mientras que, yendo al terreno del adversario, nos separábamos de nuestro terreno firme y nos transformábamos –cual ocurrió– en fáciles marionetas en sus manos” (Entrevista con J. Peirats el 19 de junio de 1976, recogida en el cuadernito Colección de Historia Oral. El movimiento libertario en España I, sin fecha).

6“[…] Los grupos anarquistas fueron los primeros en batirse y dar la cara al enemigo […], de ellos partió la mayoría de iniciativas, batiéndose siempre en los lugares de más peligro. […] Arrastraron al pueblo a las trincheras y en ellas estuvieron hasta el último instante, mientras Lenin, Trotsky y Zinóviev y compañía, tomaban prudentemente el camino de Moscú. Pero después de esto, después de la heroica defensa de las trincheras y de batirse valerosamente, ya no se les vio por parte alguna. Se encerraban en sus casas o en sus clubs, y vengan y vayan discursos, sin interrumpir enérgicamente en el prosaísmo de una realidad que era, en aquellos momentos, muy superior a toda concepción abstracta de las ideas” (V. Serge citado por A. Pestaña en Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, 1924).

7En Dios y el Estado (1882) ya nos advertía M. Bakunin: “Pero los Estados medianos y sobre todo los pequeños, se dirá, no piensan más que en defenderse y sería ridículo por su parte soñar en la conquista. Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, como el sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en detrimento del vecino; redondearse, crecer, conquistar a todo precio y siempre, es una tendencia fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que sea su extensión, su debilidad o su fuerza, porque es una necesidad de su naturaleza”. Las palabras de Bakunin se ajustan a una realidad empíricamente demostrada. Nos basta con hacer un seguimiento a la historia de los imperios para descubrir que casi todos fueron pequeños Estados alguna vez y que muchos incluso nacieron de idealistas luchas por la independencia, pero ninguno pudo escapar a este axioma: aun los Estados más pequeños son homicidas en su sueños.

8“La comisión de Justicia del Congreso ha aprobado una proposición de ley para desahuciar a okupas […] en 20 días […]. La iniciativa del PdeCat ha sido apoyada por el PP, PNV y Ciudadanos […]” (E. Vega, El Congreso aprueba el desahucio exprés contra los okupas, 24 de abril del 2018, en Cadena SER).

La fuerza del apoyo mutuo

Como saben todas las personas que siguen el trabajo cotidiano de la FAGC, el pasado 22 de marzo la empresa Endesa dejaba sin luz, y con ello sin agua, a la Comunidad “La Esperanza” (la comunidad autogestionada más numerosa del Estado con más de 70 familias, 200 personas, entre ellas unos 100 menores). La FAGC se encontraba en su momento más delicado, derivando toda la actividad de realojos al Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria, acosadas por las enfermedades y la emergencia de cuidarnos. Como dice nuestro querido compa el Acratosaurio Rex, “huyendo [en nuestro caso a un proyecto agrícola en la periferia] para no tener que rendirnos”. Sin embargo, nos limpiamos el polvo de la ropa, nos pusimos en pie y activamos nuestro protocolo de emergencia.

Las vecinas, apoyadas por el SIGC, se organizaron en varias asambleas y decidieron los pasos a dar. Pero su situación también era complicada: les habían cortado los suministros justo en Semana Santa, cuando los días festivos mantienen vacíos muchos de los feudos institucionales ante los que protestar y cuando el interés mediático se concentra en ver pasear a muñecos llorosos y ensangrentados por las calles delante de enormes colas humanas que se rompen la camisa, la piel o los cuernos siguiendo a los guiñoles. Pero no pensaban dejar que las circunstancias les pudieran. Más valía partirse que doblarse.

El Sindicato dedicó mucho de su esfuerzo al apoyo presencial y a la asesoría técnica y la FAGC se dedicó a lo que mejor sabemos hacer aquí las anarquistas: meter mucho ruido y organizar la guerra de tinta y la red de solidaridad. También intentamos tranquilizar a las vecinas a nivel legal por los rumores de desalojo. Todas nos volcamos. Queremos destacar especialmente la labor de un compañero que a pesar de los complicados momentos de salud por los que está pasando se reincorporó para coger el móvil y el teclado, movilizar a sus contactos para que la rueda de prensa fuera un éxito, asesorar a las vecinas, preparar argumentarios y escribir comunicados que han captado perfectamente la sensibilidad y las demandas de “La Esperanza”. Todo el amor para él.

El anterior sábado se convocó una nueva asamblea para preparar la rueda de prensa del pasado lunes día 2 de abril y para afrontar una vez más el tema más duro y complicado: la falta de agua. Los servicios sociales del ayuntamiento, la misma institución que permitió la obra que facilitó el corte de luz, y que hoy se niega a responder a los medios, empieza su presión y sus amenazas veladas sobre el futuro de los menores si la comunidad continúa sin agua. La asamblea decide que, como primera medida de emergencia, debe comprar un motor para hacer funcionar el hidro que llevará el agua a sus casas. Consultan precios y modelos y uno de los más asequibles cuesta unos 1300 euros. Los vecinos sólo cuentan con los fondos que ha ofrecido la FAGC (todo lo que teníamos) y con la contribución de dos hermanos canarios que ofrecieron una ayuda que aún no habíamos pedido. Deciden entonces hacer una derrama de 15 euros por familia, pero saben que tardarán en reunirlos y que no todos podrán aportarlos. ¿Cuánto tiempo aguantarán sin agua antes de que las amenazas de los trabajadores sociales se cumplan?

La FAGC se angustia y nota el dolor de las madres de “La Esperanza” en su propio pecho. Entonces hace un acto casi improvisado y casual, sin demasiadas expectativas, y publica en su cuenta de Twitter una humilde petición de ayuda. En pocos minutos las peticiones empiezan a llegar. La community manager (la palabra nos parece que apesta, pero no conocemos otra) empieza a compartir con los vecinos cada nuevo ofrecimiento de ayuda. Al poco tiempo no da a basto para contestar, los “mil gracias” y los emoticonos de besos y corazones vuelan de sus dedos. No ha pasado una hora y ya hay casi hay 50 donantes. Escribe y llora, y chapotea en un teclado cada vez más humedecido por las lágrimas (y algún moco). De Estados Unidos, Alemania, Portugal, Italia, Catalunya, Euskal Herria, País Valencià, Madrid, Galicia, Asturies, Cantabria, León, La Mancha, Andalucía, Baleares, Canarias, y mil sitios más que desconocemos. Sólo en 24 horas se ha conseguido el objetivo y ponemos fin a la campaña solidaria, pero la gente quiere seguir donando. No sólo quieren ayudar con el motor, sino con las cubas de agua, con el combustible, con una solución definitiva para la luz, con lo que necesite la comunidad. Nos sentimos superadas. No todo es dolor para la FAGC.

El miércoles ya habíamos conseguido 2400 euros. La comisión de “La Esperanza” encargada de ir a comprar el motor recoge el dinero que le entrega la FAGC y se traslada hacia el comercio con el precio más asequible. Finalmente el motor de 6 hp que necesitaban está más barato de lo que habían creído y con 1000 euros pueden comprarlo y tener un importante remanente para pagar combustible y cubas de agua atrasadas. El motor entra en la Comunidad y ésta se convierte en un clamor. Se gritan dos cosas: “¡Ya hay agua!” y “¡Gracias!”.

Esta noche las niñas y niños de “La Esperanza” tienen agua. La angustias y pesadillas de adultos y menores se mitigan. Hoy se ha conseguido una pequeña gran victoria. Y ustedes, que sé que nos leen, han tenido mucho que ver.

El fantasma de los servicios sociales no ha desaparecido, aún queda solucionar el tema de la luz de forma definitiva, aunque sea a medio-largo plazo. Varios colectivos ecologistas de la isla implicados con las energías renovables han contactado con el SIGC para proponer una solución a través de placas solares que posiblemente pueda aplicarse también al resto de nuestras comunidades autogestionadas. El ejemplo de Errekaleor es fuerte, aunque tengamos que adaptarlo a nuestros humildes recursos. Aun queda mucha guerra, pero qué bien sienta cuando puedes sentarte tras la trinchera y saborear la victoria de una batalla junto a tus colegas.

Esto no hubiera sido posible sin ustedes, sin todas esas personas, tras siglas o un nick en una cuenta en una red social, tras la que hay un nombre, una carita, una circunstancia y un corazón. Desde aquí toda nuestra gratitud y amor por haber demostrado que el Apoyo Mutuo es mucho más que un lema. Es tan fuerte que se ha convertido en el verdadero motor que ha impedido que se apague el proyecto de socialización de viviendas más grande del Estado. Ustedes son la FAGC, ustedes son la Esperanza.

Gracias a Alasbarricadas.org, a El Lokal del Raval, al Colectivo Feminista “La Furia”, a Inèrcia Docs, a Calumnia Edicions, a CGT (Airbus Getafe), a CNT Premià, a CNT Jerez, a CNT Sabadell, a los bloques de Cal La Trava y Jahnela, al colectivo M.A.O.N, a Anarquismo en PDF, a Veganismo en Pie, al grupo de afinidad “El Jardí”.

Y gracias a David y Luis, a Israel, a Mireia, a Porrumentzio, a Lanjo, a Cristina, a Ana, a Miguel, a Luis, a Zurra, a Samuel, a Fany, a Elena, a Raul, a los Toños, a Guerrero y Gema, a Hora de Revolta, a Benjamín, a Patxi, a Sara y Ricard, a Andrea, a Guille, a Alex, a Marc, a Marta, a Aurelito, a Mateo Morral, a Rakel, a los Ilusionistas, a David, a Sager, a Dani, a Oti, a Xavier, a Pepa, a Negro, a Gonzalo, a Manuel, a Virginia, a Alfredo, a Juan, a Olga y Jesús, a José Luis, a F. Marco, a ander, a Marisa, a Santa, a Iago, a Neizan, a Mel, a Pablo y Nona, a Wiwutrnb y Sonata, a José, a Faísca, a Pedro, a Sven y Birte, a Pedrito, a Anita, a Daniel, a AnarquistaForever, a Javier, a Yaiza, a la familia Las Cuestas, a Magrit Matrice, a Edurne, a Lorenzo, a Eric y Cel, a Fernando, a Mike, a Carmen, a Antonio, a Amaia, a Esther, a Tito, a Rodri y a muchos otros nombres que no mencionaremos, hasta que nos digan, pero que también han estado y están ahí.

No les olvidaremos, mientras haya memoria.

FAGC

El tweet que desató la avalancha solidaria.

 

El motor que necesitaba la comunidad. Al final la comisión pudo encontrarlo a 1000 euros. 300 menos del objetivo propuesto.
Factura del motor.
Factura del bindón para rellenarlo.
Factura de la clavija para conectarlo.
El motor ya está de camino a casa. La alegría de Tay, una de las portavoces de la comunidad, y otro de los motores humanos con los que ha contado «La Esperanza» estos días.
El motor llega. Las vecinas que no están cargando garrafas de agua o buscándose la vida con distintos trabajos precarios, corren la voz por el patio de la comunidad: «¡ya está aquí el motor!».

 

Algunas vecinas se hacen una foto de familia con el motor. Si alguna vez les preguntan a ustedes qué es el «anarquismo de barrio» les basta con enseñar esta imagen.
Se procede a instalar el motor y a llenarlo de combustible.
Carlos, vecino de la comunidad, «manitas» y afiliado al SIGC, se encarga de que todo esté preparado. También los peques esperan oír arrancar el motor.
El hidro empieza a funcionar por primera vez en más de una semana. Tiene presión y ya puede distribuir el agua a las casas.
La explosión de alegría se desata. Los ojos brillan como brilla «La Esperanza».
Las cuentas bien claritas de Tay. Gracias a ustedes y su solidaridad hay dinero suficiente para combustible, para pagar las cubas de 90 euros los 20.000 litros y para que en no mucho tiempo podamos celebrar también que «La Esperanza» es energéticamente autosuficiente.

Nota de prensa

Convocatoria rueda de prensa

El pasado jueves 22 de marzo (2018) la empresa Unelco-Endesa cortó, sin previo aviso, el suministro eléctrico que abastecía a la Comunidad “La Esperanza” en el municipio de Santa María de Guía (Gran Canaria). La Comunidad “La Esperanza” es la comunidad autogestionada más grande del Estado español y se compone en su mayoría de familias sin recursos con hijos a cargo que a comienzos de 2013 fueron realojados allí a través de la Federación Anarquista de Gran Canaria, contando con el consentimiento de la promotora propietaria del inmueble que aún se encuentra litigando su proceso de embargo a manos de Bankia (siendo adjudicataria de la deuda la SAREB).

La gravedad del acto de Unelco-Endesa es incalificable desde una perspectiva humanitaria si atendemos a que en la Comunidad viven más de 70 familias, unas 200 personas, siendo más de la mitad de ellas menores. El problema no es sólo que la comunidad carece de luz, sino también de agua, pues el hidro que traslada el agua a las viviendas no funciona sin energía eléctrica. Las consecuencias directas para estas familias y sus hijos, obligadas de un día para otro a vivir sin agua y sin luz, pueden ser irremediables si no hallamos una solución urgente.

Unelco-Endesa siempre se ha negado a regularizar el suministro eléctrico, a pesar de la disposición de los vecinos a pagar contadores y cuotas. La negociación con ellos ha sido imposible desde hace 5 años. A su vez ninguna administración pública ha aceptado mediar o intervenir para garantizarnos este derecho a los suministros básicos que la propias normativas municipales establecen.

Es por eso que queremos convocar a todos los medios de comunicación a una rueda de prensa que tendrá lugar el próximo lunes día 2 de abril a las 9:30 en la Comunidad “La Esperanza” (carretera del norte kilómetro 24, Albercón de la Virgen, frente a la ITV) para denunciar esta situación, provocada por Unelco-Endesa con la complicidad de todas las administraciones públicas competentes que se proponen crear una crisis humanitaria en “La Esperanza” de consecuencias irreversibles. Las vecinas y vecinos de la Comunidad no pensamos permitirlo y buscaremos por nosotros mismos las soluciones que ellos no nos dan. Pero para eso necesitamos primero dar a conocer nuestra dramática situación y que los medios comparezcan e informen de un hecho que se prefiere silenciar: que en el democrático Estado español, en esa zona política progresista y avanzada llamada Europa, 200 personas, en su mayoría niños, carecen de los suministros más básicos (agua y luz) por culpa de la codicia de una empresa privada y por culpa de la vergonzosa inhibición de las administraciones públicas.