Queremos cambiar el sistema (El Kaleidoskopio de Gabalaui)

Foto de @gabalaui.

Queremos cambiar el sistema replicando el funcionamiento del sistema. O al menos decimos que queremos cambiar el sistema. Sería interesante hacer un estudio del lenguaje político de la izquierda que se apellida transformadora, radical o progresista. Un lenguaje que pretende trascender pero que en la práctica replica lo que ya conocemos. En las redes sociales hay tantas revolucionarias que sorprende que no haya estallado ya una revolución. La distancia sideral que existe entre el discurso y la práctica conduce a la pérdida de credibilidad, al desencanto y a la resignación. Llega un momento que en esta democracia liberal se vota a cualquiera con tal de que represente algo parecido a lo que deseamos.

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Prólogo de «Visca la terra i visca l’Anarquia (2)»

Fuente: Prende la paraula

Prólogo

No tengo el gusto de conocer personalmente a Jordi Martí Font, pero, a pesar de ello, creo poder afirmar que tiene algo de temerario. Temerario es, por lo menos, que invite a un servidor, un apátrida, a escribir, desde Canarias, un prólogo para un libro que va sobre la relación del anarquismo con la cuestión nacional catalana.

El trabajo de compilación de documentos realizada por el autor, la cronología que traza sobre esta reedición del conflicto catalán conocida como el procés, son de por sí de gran interés –aunque no se comparta su tesis de fondo– por el simple hecho de que permite sistematizar los acontecimientos, las posturas y reacciones ante un fenómeno muy mal entendido fuera de Catalunya e incluso, según parece, también dentro.

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Espabilar a las que callan

El odio no es una opinión. Debatir con racistas es validar su odio. Sin embargo, hay que acabar con la indolencia de la mayoría, que calla y normaliza la escalada de violencia en Canarias, patrocinada por las políticas racistas del gobierno más progresista de la historia y alentada por los fascistas de siempre y sus medios afines. No podemos normalizar las cacerías, las agresiones y amenazas a migrantes. No podemos permitirnos que nadie duerma al raso en barrancos, en un muelle con 2600 personas, en un CIE o en Barranco Seco en catres de lona, con mantas racionadas, sin comida, baños o agua suficiente.

campamento-migrantes
Imagen del periódico local «La Provincia»

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¿Colapso espontáneo o demolición controlada?

Fuente: Acratosaurio para Alasbarricadas.org

 

Industrial Workers of the World in West Virginia

¿Puedo decir que estoy de Estado de Alarma, dictadura policíaco militar, terrorismo informativo y aplausos a las 20 horas, hasta la punta del último pelo? Ahí lo tenéis: nos viene una pequeña epidemia con unos miles de muertes evitables de haberse puesto en marcha hace una década sistemas adecuados de protección, y la respuesta del Estado ¿cuál es? Exactamente: una dictablanda: no te matan de momento. Te multan. ¿Que no se podía hacer otra cosa? ¿Que esto ha pillado por sorpresa? Ni hablar. Esto lo vieron venir desde principios de febrero. Los fabricantes de móviles interrumpieron su feria, el Congreso Mundial de Móviles, el 12 de febrero. ¿Sony, Ericsson, Amazon, NTT Docomo, Rakuten, Intel, Facebook, Deutsche Telekom, AT&T, Nokia o Vodafone…, y compañías de ese tipo, suspenden sus eventos un mes antes del Estado de Alarma, y nos van a decir desde el Estado que no sabían lo que se nos venía encima? ¿No lo sabía el Gobierno, la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, cuando las grandes compañías de comunicación les dicen que se quedan en casita?

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Traducciones al italiano y al francés de «Sociedades de papel»

En italiano:

Società di carta

Il coronavirus, questa pandemia così interessatamente sfruttata dai mezzi di comunicazione e così presente anche nelle più brevi conversazioni, ci permette di contemplare la società nel suo scheletro, spoglia di tutta quella sofisticata infrastruttura che le è stata posta sopra.

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Sociedades de papel

Fuente: Alasbarricadas.org

El coronavirus, esa pandemia que tan interesadamente han sabido explotar los medios de comunicación y que es imposible obviar aún en la conversación más breve, está permitiendo contemplar a la sociedad en su esqueleto, sin toda la sofisticada infraestructura que se ha construido sobre ella.

Hablar de los aspectos negativos, sociales e individuales, que ha sacado a relucir el coronavirus es una perogrullada. Más allá de las cuestiones estrictamente sanitarias, en las que no voy a entrar para evitar esa tendencia en alza de dar lecciones sobre lo que se desconoce, el «fenómeno coronavirus», como elemento mediático y sociológico, ha sido construido sobre el pánico más que sobre la información. Más allá de las incontrolables pulsiones atávicas y ancestrales, la cultura pop nos ha predispuesto perfectamente a ello. En la literatura y el cine, los infectados fueron desplazando poco a poco a los zombis (tal y como los zombis fueron desplazando a los alienígenas), y un miedo más real y verosímil, el terror científico, fue sustituyendo al otro, el terror religioso o folclórico.

El miedo a la infección, cíclica en nuestras sociedades, mantiene intacto, con independencia de la época, el miedo invisible y sobre todo el miedo al otro, a nuestros propios semejantes. Lo que cambia con una enfermedad como la gripe A o el coronavirus es que no se puede culpabilizar al infectado por sus hábitos y permanecer tranquilos considerando que es una suerte de castigo moral (al contrario de lo que sí ocurrió con el SIDA a la hora de criminalizar a la comunidad gay o a las personas drogodependientes). Inicialmente esa fue la tendencia, y los efluvios racistas y xenófobos marcaron la génesis del relato mientras las redes se inundaban de sopas de murciélago y de ciudadanos chinos ignorando cuerpos desplomados. Pero el estado de histeria global que estamos padeciendo responde a un hecho ferozmente elemental: cualquiera puede contagiarse. Y eso implica que los ricos, los que controlan la narrativa, los que nos dictan de qué preocuparnos, también se contagian. No es casual que sea el turismo, el ocio de la clase media, la vía preferente de contagio internacional.

No nos preocupamos de otras pandemias como el hambre, la pobreza o los desahucios; nos preocupamos de una enfermedad que sí pueden contraer los concejales, los diputados, los jueces, los corredores de bolsa, los administradores de fincas o los notarios. Por eso el coronavirus, mucho más contagioso que el hambre, pero mucho menos letal, marca la actualidad.

Aparte de esta reflexión, es evidente que este virus está sacando todos los efectos negativos que acompañan a la mayoría de los momentos de crisis y convulsión cuando las recetas revolucionarias no están a la altura para contraprogramar. A nivel personal, la mezquindad, la insensibilidad, el acaparamiento, la insolidaridad, marcan muchos de nuestros comportamientos. A nivel colectivo, político y económico, ésta puede ser una oportunidad inmejorable, como lo fue la crisis que empezó en 2008, para recrudecer el modelo social, imponer unas condiciones laborales aún más indignas, recortar derechos y libertades, cuestionar la sanidad universal gratuita, restringir aún más la migración e invitarnos a ignorar la suerte de cuantos nos rodean.

¿Acaso no sería un disparate concluir que algo bueno se puede extraer de esta situación? Lo sería, y sin embargo… Aún podemos analizar con otra óptica nuestra realidad a pesar de las paladas de mierda que nos echan encima. Las situaciones de caos y colapso también nos permiten entender la vida y las relaciones humanas de forma mucho más simplificada. De esta situación surge el egoísmo más áspero, pero también surge la necesidad de crear redes de cooperación, de apoyo mutuo, para cuidar niños o ancianos. La gente empieza, aunque sea muy superficialmente, a cuestionarse la importancia real de ciertos rituales sociales que antes les angustiaban: juicios pendientes, expedientes disciplinarios, exámenes, objetivos laborales, pago de deudas, etc. La supervivencia, ese instinto primario, puede sacar lo peor de nosotros, pero también nos obliga relativizar todo ese mundo oficial que se agrieta y fragmenta ante nuestros ojos cuando nos jugamos la vida. En estas situaciones le vemos las costuras al Sistema1. Aún nos pueden seguir obligando a producir (nadie quiere que la rueda deje de girar, de ahí el discurso sobre la obediencia laboral y el imperativo, siempre dictado verticalmente, de «arrimar el hombro»), pero la sociedad tiene que relegar para «más tarde», «cuando todo mejore», mecanismos que hasta hace nada eran ineludibles para el buen funcionamiento social, para seguir existiendo como civilización.

Ahora ya no es tan imperativo castigar a los infractores del contrato social, podemos posponer los juicios que no urgen para más adelante. Se suspenden congresos, reuniones importantes, entrevistas de trabajo, negocios, eventos deportivos, actos políticos, procedimientos administrativos, todo lo que hasta hace poco constituía una parte significativa de nuestro orden establecido. Las cosas que ayer eran fundamentales, tan inevitables como la muerte, hoy nos parecen una completa parida. Lo artificial queda al descubierto y aprendemos a priorizar. El mundo de las leyes y de los convencionalismos sociales, la pesada liturgia del statu quo, de repente no significa nada ante la necesidad elemental de mantenernos vivos y a salvo, de preservar a los nuestros (lástima que ese término sea tan restrictivo); ante la pulsión instintiva de sobrevivir2.

Si hay medidas que se resisten a adoptar, como lo de suspender las clases a nivel de todo el Estado, es simplemente porque saben cómo repercutiría esto en la producción (las escuelas también están concebidas para almacenar niños). Si no fuera por esta circunstancia, incluso el adoctrinamiento, la necesidad de generar currículo académico, la educación nacional que ya cuestionaba William Godwin desde sus inicios3, puede pausarse hasta tiempos mejores.

Sin embargo, que nadie entienda esto como un «cuanto peor mejor». En absoluto. El plan esperado es que la situación no siga degenerando, parar el apocalipsis sin necesidad de que las clases altas pisen un búnker y lo más probable y realista es que se logre. Pero, si no fuera así, ¿creemos que el mundo que sobrevivirá al colapso sería necesariamente mejor que éste? Las distopías post-apocalípticas tienen siempre algo de reaccionario. El mensaje de fondo es «valora la sociedad en la que vives, lucha por conservarla, porque es mejor que cualquier cosa que esté por venir». Es una falacia conformista, sin embargo, tal y como están organizados los proyectos sociales y los colectivos políticos que deberían presentar una alternativa a este sistema, lo más probable es que el mundo de mañana no tenga por qué mejorar al mundo de hoy, por muy horrible que éste sea.

El futuro, con una estructura capitalista y gubernamental débil, no tiene por qué depararnos una arcadia idílica de apoyo mutuo, decrecimiento y vida simplificada. Las opciones más probables son muchas y muy otras: dictaduras militares más drásticas que las actuales dictaduras democráticas, guerra de todos contra todos, señores de la guerra peleando por reinos de taifas y quién sabe qué más. Para que surja de los momentos de crisis algo positivo no basta con profetizar el fin del mundo y quedarnos a presenciar el ocaso desde nuestra torre de marfil. Hay que crear ya, desde ahora, el andamiaje, las redes y la organización necesaria, para poder dar una respuesta al naufragio, para no empezar de cero cuando la sociedad se resquebraje y la especie humana pierda su brújula. Si no estamos en eso, en crear hoy las estructuras cooperativas y solidarias que ensayen ya la autogestión económica y la autonomía política en nuestros barrios (y no en comunidades aisladas para convencidos), el futuro se parecerá con mucha más probabilidad a lo que la cultura pop nos ha enseñado desde hace décadas en la gran pantalla.

El colapso es una oportunidad, pero no necesariamente una oportunidad de mejora. Eso depende de nosotros.

Ya lo avisaba Gustav Landauer: “La revolución ha llegado de una manera que yo no había previsto; ha llegado la guerra, que sí había previsto; y vi muy pronto que en ella se preparaban, incontenibles, el derrumbe y la revolución”4.

Ruymán Rodríguez

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1La fragilidad de todo el entramado social se ve con total nitidez en momentos de crisis colectiva, pero también, esporádicamente, en varias situaciones de conflicto personal. Nada nos muestra mejor lo endeble e inmaduro del Sistema que asistir a la farsa de un juicio o pernoctar en un calabozo. Una sociedad que manda a sus transgresores a un cuarto oscuro, como hacen los malos padres con sus hijos desobedientes, es una sociedad quebrada. Henry David Thoreau llegó a la misma conclusión durante la única noche que pasó en un calabozo: “[…] Me tuvieron una noche en la cárcel y, cuando meditaba examinando las paredes de sólida piedra […] y la reja de hierro que filtraba la luz, no pude menos que pensar en la estupidez de esta institución que me trataba como si simplemente fuese un montón de carne, sangre y huesos, susceptible de encerrarse bajo llave. […] Comprendí que, si había un muro de piedra entre yo y mis vecinos de la ciudad, había otros aún más difícil de escalar o romper, antes de que ellos llegaran a ser tan libres como lo era yo. […] Comprendí que el Estado era ingenioso a medias, […] y perdí todo el respeto que conservaba por él y le tuve lástima” (La desobediencia civil, 1849).

2Un método infalible para resolver qué es vitalmente imprescindible en una sociedad real, desde los oficios a las cosas, es plantearse su utilidad en un entorno no industrializado, por ejemplo, en una isla desierta. ¿Qué utilidad tiene en ese contexto el dinero en relación con el agua potable? A quién preferiríamos como compañero de viaje, ¿a un joyero o a un enfermero? La necesidad marca la respuesta y deja al descubierto que vivimos en una sociedad puramente artificial.

3En su Investigación sobre la justicia política (1793) Godwin le dedica un capítulo entero a la “Educación nacional” (educación estatal) y lanza algunos análisis de plena actualidad que sólo encontrarían continuidad avanzado el siglo XX: “Desde el mismo momento en que un sistema [educativo] adquiere forma institucional, ofrece de inmediato esta característica inconfundible: el horror al cambio. […] En vez de dotar a sus alumnos de la capacidad necesaria para someter cualquier proposición a la prueba del examen, les enseña a defender los dogmas establecidos”.

4En el prefacio que él mismo hizo a la segunda edición (1919) de su Llamamiento al socialismo.

Análisis: ¿Por qué aumenta el desempleo en Canarias según las últimas encuestas?

Canarias ha registrado un total de 239.600 parados en el tercer trimestre de 2019, lo que ha supuesto un incremento del 7,78% con respecto al mismo periodo de 2018, según la última Encuesta de Población Activa (EPA) publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE).

De este modo, Canarias es la segunda comunidad del Estado donde más crece el número de parados en este trimestre, ya que lo hace en 17.300 personas. Esto hace que la tasa de paro del archipiélago se sitúe en el 21,19%.

Nuestro compañero Ruymán Rodríguez analiza el dato para la Televisión Canaria (RTVC).

La verdadera Barcelona en llamas

El Lokal

Se han escrito, pensado y dicho tantas mentiras sobre los disturbios de Barcelona, que si llegaran a materializarse podrían verse desde el espacio con mucha más facilidad que la Gran Muralla China.

No me cuesta suponer que muchos de los que reproducen esas mentiras o bien no han pisado Catalunya desde que el lunes 14 de octubre se hacía pública la sentencia del procés y empezaban las movilizaciones o, si la han pisado, no se han enterado de nada. Pero estoy convencido de que los autoproclamados “profesionales de la información”, que sí la han pisado, que sí se han enterado de todo y que aún así intoxican deliberadamente, lo hacen respondiendo a los mandatos directos del poder y a una bien definida estrategia propagandística. Lo lamentable es descubrir que gran parte de la izquierda politizada, con sus columnas de opinión, comunicados, colectivos, sedes y asambleas, parecen estar analizando la realidad a través de dicha propaganda mediática.

La verdad sobre esta última reedición de La Rosa de Foc tiene muy poco que ver con lo que nos han contado o mostrado. Por un lado, uno esperaría al llegar a Barcelona encontrarse con una ciudad colapsada, con la “gente de orden” metida en su casa y la vida urbana completamente paralizada. La realidad, por el contrario, es que la gran mayoría de habitantes sigue con sus rutinas y hábitos callejeros normales. Esto no quiere decir, necesariamente, que no les interese lo que está pasando en su ciudad, ni que sean ajenos al conflicto. Al contrario, es el tema de conversación constante y es imposible saber si el vecino que apura un vermú en una terraza no está haciendo tiempo para sumarse a una movilización esa misma tarde. De hecho, es raro ver a alguien alarmarse por oír un pelotazo de goma a lo lejos o por ver a manifestantes corriendo por las calles. No sabría decir si es una cuestión de desconexión entre ambas realidades o de costumbre, de haberse habituado a lo inhabitual.

Pero la gran mentira sobre las llamas de Barcelona va mucho más lejos, o al menos más a las vísceras. ¿Comandos internacionales bien organizados y bien financiados detrás de los disturbios? ¿Un movimiento exclusivamente nacionalista motivado por aspiraciones supremacistas? La realidad de las barricadas y de la calle no tiene nada que ver con eso.

En primer lugar, la media de edad de quienes están protagonizando las protestas es llamativamente baja. Son jóvenes que a menudo no superan los 18 años. En las calles de Barcelona no es raro encontrar a chicas y chicos de 15 o 16 años llevando la iniciativa en las manifestaciones y en los enfrentamientos con la policía. La gran mayoría ha nacido en el siglo XXI, y nada tienen que ver con “revolucionarios profesionales”, “antisistemas de origen europeo” y demás mitos que los medios han hecho circular estos días. De hecho, ojalá hubiera más grupos organizados metidos en el conflicto. Porque hoy por hoy casi todo el peso de la lucha, también a nivel represivo, está recayendo sobre unos jóvenes que pueden parecer “expertos” de cara al exterior, pero que realmente no tienen más armas que la voluntad, el entusiasmo, el ensayo/error, el adiestramiento del día a día, la improvisación, la información boca-oreja y mucha rabia acumulada. Los tutoriales de Internet, el aprendizaje sobre el terreno y puede que un breve consejo de algún veterano aislado, están haciendo más por mantenerlos seguros y a salvo que ninguno de esos fantasmagóricos grupos bien financiados (aún nadie me ha contestado a cuánto se paga el contenedor en llamas) con los que todavía nadie se ha encontrado. La espontaneidad está marcando gran parte de la lucha y también muchas de las acciones concretas, con todo lo positivo, pero también peligroso, que tiene esto.

Por otra parte, ¿qué es lo que mueve a esta juventud a tomar las calles? Sería excesivamente simplista y caricaturizador reducirlo todo al nacionalismo catalán. Sí, ciertamente ese factor está muy presente y se deja notar, desde las banderas a las consignas. Sin embargo, sólo un análisis de brocha gorda podría defender que el patriotismo es lo que mantiene al 100% de los manifestantes en pie de guerra. La realidad es mucho más compleja y tiene que ver bastante con las fisuras en la narrativa del Estado.

Durante décadas a varias generaciones (los que nacimos entre 1978 y la primera década del 2000) se nos ha dicho, y a veces convencido, de que en democracia podía defenderse cualquier idea, incluso la independencia, siempre y cuando fuera de forma pacífica. Este era el caballito de batalla contra la izquierda abertzale en los años más duros de ETA. El mantra ha seguido repitiéndose hasta nuestros días. Las censuras y detenciones arbitrarias por delitos de opinión podían ir fisurando el relato, pero en casi todas partes y ambientes ha seguido incuestionable. El 1 de octubre de 2017 se abrió una importante grieta con la brutal represión policial que sufrió Catalunya el día del famoso referéndum. Pero fue el pasado lunes 14 de octubre cuando la música dejó de sonar, el telón cayó y la máscara se rompió. Miembros de la alta burguesía, cargos públicos, de partidos y asociaciones, gente con miles de votantes y seguidores a sus espaldas, personas que siempre han ejercido de bomberos ante procesos callejeros que no pueden controlar, pacifistas ad nauseam, eran condenados por el Tribunal Supremo a penas de cárcel de entre 13 y 9 años por defender la independencia. Esta sentencia provocaba dos conclusiones muy claras: primera, el soniquete de que “todo vale en democracia mientras no se use la violencia” había caído al suelo hecho añicos y se llegaba a la deducción de que si te podían caer varios años de cárcel por no hacer nada, mejor que te cayeran por “hacer algo”; segunda, si el Estado español podía hacer eso con los “próceres” del catalanismo, ¿que no podría hacer con el resto? Hay veces que la sensación de amenaza, de un terror que se abalanza sobre nosotros, nos lleva a recluirnos; otras, a enseñar los dientes. Es en esto último en lo que está la juventud catalana.

Muchos de estos jóvenes acompañaron a sus padres a votar el famoso 1-O, y los vieron sangrar, con las manos en alto, mientras la policía los apaleaba impunemente. El relato pacifista de sus mayores se había disuelto y ya no había forma de recomponerlo. Los pasos dados por el Estado español y su aparato policial-judicial han tenido mucho que ver, por tanto, con esta inversión de la corriente. Dinámica de la que tampoco escapan la Generalitat y los partidos independentistas, de derecha a izquierda. El fenómeno de la “independencia en diferido”, los paripés y proclamaciones simbólicas que evidenciaban más miedo a un pueblo catalán sin riendas que al propio Estado español, han hecho que el manifestante actual, incluso el independentista, sienta cada vez mayor aversión por unas instituciones y unos partidos cuyo prestigio se deteriora a pasos agigantados.

Sin embargo, ni siquiera esto abarca todas las motivaciones. En las manifestaciones hay también muchos jóvenes sin futuro, sin empleo, migrantes, cabreados por una Barcelona cada vez más inhabitable, concebida para ser consumida y no vivida. Jóvenes que antes de la sentencia ya estaban hartos de que los mossos les registraran y detuvieran por su color de piel. Jóvenes con empleos precarios que se lamentaban por tener que abandonar una manifestación o un corte de carretera porque tenían que entrar a trabajar en una feina de merda. Cuantos más de estos jóvenes se sumen al conflicto más se incidirá y profundizará en los aspectos sociales del mismo.

La actuación de la policía, tanto la nacional como los mossos, está deliberadamente forzando la radicalización de la situación. Más allá de lo visto en redes sociales (pelotazos de goma directamente al cuerpo, atropello de manifestantes, palizas a ancianos, pisar a detenidos en el suelo, porrazos en la nuca, detenciones arbitrarias, cargas indiscriminadas, persecuciones mientras lanzan carcajadas de psicópata por el megáfono de un coche patrulla, 4 personas tuertas por los citados pelotazos de FOAM), he podido comprobar personalmente la provocación sistemática empleada como táctica policial: he visto a mossos haciéndome directamente una peineta mientras pasaba a su lado; les he escuchado mandar a la gente “a tomar por culo con su jodida república”, en perfecto castellano, intentado marcar las sílabas, tanto como fuera posible, para intentar que un idioma se convierta, de por sí, en un insulto; les he visto abrir una barrera policial, con 100 metros de tierra de nadie a sus espaldas, en pleno prime time televisivo, para permitir que un “agente provocador” lanzara a la masa concentrada gritos de “¡arriba España!”, en un burdo intento de propiciar una agresión colectiva que justificara la carga de los antidisturbios. Todo esto, desde luego, no es casual y debe responder a una estrategia bien pensada. No obstante, es imposible mantener permanentemente la táctica de la tensión. Es verdad que a veces la cuerda cede, pero también es cierto que a veces se rompe con una sacudida violenta. Las consecuencias, entonces, no pueden preverse.

El conflicto, en síntesis, tiene algunos aspectos que desde el punto de vista subversivo (lo siento, pero no tengo otro) marca un antes y un después: la ruptura emocional de la gran mayoría de los manifestantes con el Estado español es prácticamente absoluta; aunque el divorcio con las instituciones y partidos catalanes, y con sus plataformas sociales, aún no es completo, entre los jóvenes crece el descontento y se dan los primeros síntomas de separación; el mito de la nostra policia, reforzado especialmente tras los atentados de las Ramblas del 17 de agosto (2017) y del 1-O, se resquebraja la primera semana de protestas después de todo lo relatado; la línea roja marcada por el pacifismo empieza a desdibujarse y la censura de acciones hipócritamente consideradas “violentas” se considera fuera de contexto en círculos cada vez más amplios (es complicado considerar violento la quema de un contenedor1 cuando cada día de movilización arroja uno o dos manifestantes mutilados).

A pesar de que estos disturbios suponen un punto y aparte (aún es pronto para valorar su magnitud en nuestra historia contemporánea, pero ya podemos confirmar que ha roto ciertas barreras que por ejemplo nunca tocó el Movimiento 15-M), sería absurdo caer en idealizaciones. Por un lado supondría una exageración afirmar que detrás de todos los manifestantes hay una pulsión política o reivindicativa. Hay también un factor lúdico, de ocio, que, sin ser mayoritario, no es irreal. En ocasiones ese factor no está reñido con la solidaridad y el compromiso en la lucha callejera y, aunque parezca paradójico, estos elementos pueden llegar a compenetrarse de forma bastante natural. Sin embargo, la imagen de jóvenes con vasos de alcohol en la mano, haciéndose un selfie con sus parejas y amigos delante de una barricada en llamas, reduciendo los disturbios a un momento más de una noche de fiesta, no es sólo propaganda. Pero este es un fenómeno que guarda más relación con nuestro modelo social que con este conflicto concreto, de hecho, en una ciudad tan turistificada como Barcelona, he llegado a ver a familias de turistas asiáticos haciéndose fotos delante de contenedores volcados.

Otro elemento desconcertante es la aparente falta de un objetivo o plan concreto. Debe de haberlo, pero casi nadie parece conocerlo. Una pregunta común, en los cortes de carreteras, las manifestaciones y los propios disturbios era: “¿y ahora qué?”. Muchos eventos acaban convirtiéndose en un deambular sin rumbo fijo, ante la ausencia de una finalidad definida. De hecho a veces pensaba, seguro que ingenuamente, que el primer sujeto o colectivo que expusiera un programa estratégico con puntos asumibles se llevaría el gato al agua. Esta dinámica me hacía darle vueltas a dos cuestiones: primera, la necesidad, ya mencionada, de una hoja de ruta ajena a las instituciones y a las organizaciones que éstas manejan; segunda, preguntarme dónde estaban “los míos”, las organizaciones y colectivos anarquistas.

Seguramente deben de haber muchas individualidades desparramadas en cada movilización, pero eché en falta la presencia coordinada de los grupos libertarios. Los compañeros anarquistas con los que traté me explicaron que esto era muy difícil dada la configuración atomizada del movimiento anarquista de la ciudad. Aún así me extrañó que, ante acontecimientos de tanto calado social y político, no surgiera un rudimentario acuerdo de mínimos. Ojalá las mentiras de la prensa, sobre el fuerte peso de los anarquistas en las protestas, se aproximaran a la verdad.

Si algo nos enseñó el 15-M es que los movimientos políticos siempre rinden cuentas ante la historia. El 15-M no fue un movimiento revolucionario y estuvo muy lejos, como el actual movimiento catalán, de ser perfecto y estar exento de contradicciones (para eso habrá que esperar al Paraíso revolucionario). Sin embargo, allá donde los anarquistas participaron las ideas libertarias bien definidas confluyeron con las intuitivas, el movimiento anarquista creció o se fortaleció (ejemplo es la FAGC en Gran Canaria) y pudo dejar su impronta en los acontecimientos. Donde el anarquismo se inhibió, si no tenía de por sí demasiada vida autónoma previa, acabó siendo representado como un conjunto de inútiles cascarrabias únicamente interesados en perorar y en poner palos en la rueda del movimiento. Proyectarse, no como un movimiento de lucha social, sino como un grupúsculo puramente dialéctico, no puede hacerse sin pagar un precio histórico y social muy elevado.

Aquellos anarquistas, y miembros de la llamada izquierda en general, que hoy cargan contra la juventud catalana están cometiendo el mismo error que ya cometieron con el 15-M. Toda la vida hablando de tomar las calles y las plazas, de despertar y levantarse, de barricadas y disturbios, y cuando esto pasa les pilla con los pantalones bajados porque no ha habido una mínima preparación, ni siquiera una mínima convicción, de que se pudiera pasar de los discursos y las teorías abstractas a la realidad práctica. Cogidos por sorpresa, y sin mucho interés en moverse demasiado (ni a nivel de replanteamientos ideológicos ni de actividad inmediata), adoptan la cómoda postura de cuestionarlo todo pero sin hacer nada. Con esa actitud se están posicionando, tanto antes como ahora, como el ala derecha de los movimientos sociales, cuando no como el ala izquierda de los movimientos reaccionarios. No están comprendiendo a su juventud, reduciendo su propia ideología “revolucionaria” a un artefacto senil, pretérito, impracticable, que no arrastra ni una pizca de la utilidad que pudo tener en el pasado.

Lo mismo le ocurrió a algunos de la “vieja guardia” libertaria con los jóvenes que protagonizaron el Mayo del 68. Eran incapaces de analizar una explosión social de ese tipo –que no habían organizado directamente ellos, sino la nueva generación militante– sin quitarse las lentes de sus planteamientos clásicos. Podían entender que las banderas negras volvían a las calles y reconocían que el interés por lo libertario estaba resurgiendo, pero eran incapaces de comprender enteramente el proceso, de sentir afinidad por unos jóvenes tan diferentes de sus antecesores y por un lenguaje completamente nuevo. Por eso trataban a los protagonistas de las luchas con cierto desdén y adultismo, considerando que su radicalismo se curaría con la edad2. Esto, aunque a la larga pudiera ser cierto, no es nunca una buena forma de acercarse a un proceso. Lo lamentable y paradójico es que muchos de los que participaron en el Mayo del 68 juzgan hoy a la juventud catalana con la misma severidad con la que se les enjuició a ellos entonces. Al final los jóvenes les dirán lo mismo que ellos dijeron en su día a otros censores: “[…] preferimos trabajar en acuerdo con centenares de revolucionarios que, sin llevar la etiqueta de anarquistas, lo son para nosotros mucho mas que ciertos burócratas”3.

En definitiva, hemos de huir de estas actitudes como de la peste. El anarquismo debe aprovechar estas situaciones para mostrarse práctico y resolutivo, como una opción de desbloqueo real en las reflexiones y en las calles. Ojalá todas las energías que se invierten en discusiones bizantinas sobre entelequias se invirtieran en desarrollar una hoja de ruta, un programa, entendible y asumible, que viniera a proponer cosas tan concretas como que los disturbios no cesarán hasta que no haya una amnistía que abarque no sólo a los presos del procés sino a todos los detenidos estos días (inasumible para el Estado español, pero al menos marca un objetivo) y se empezaran a generar las estructuras necesarias para mantener la tensión un tiempo indefinido. Si somos incapaces de generar algo tan “macro”, quizás sería interesante concentrarnos en diseñar una estrategia de objetivos concretos en las movilizaciones. Tomar un espacio, ocupar una institución, colapsar un recurso, como pasó con el aeropuerto de El Prat el primer día de movilizaciones, es un objetivo claro, con principio y fin. La dinámica de “barricada-carga policial-correr” y vuelta a empezar puede ser muy útil a nivel de aprendizaje y de generar músculo revolucionario, pero es muy difícil mantenerla durante prolongados períodos de tiempo. Los jóvenes que están en esto por ese aspecto lúdico que comentaba antes, abandonarán las calles cuando la cosa deje de ser “divertida”. Los jóvenes con compromiso político y los que se mueven por motivos sociales, sí seguirán ahí cuando la “novedad” se acabe, pero un movimiento no puede sobrevivir asumiendo un coste tan elevado a niveles represivos. Con una media de 30 detenciones al día (200 detenidos en 6 días) se corre el peligro de agotarse. Es por eso importante replantearse la táctica y la estrategia, en qué incidir y qué cambiar.

Y si no estamos para reflexionar sobre nada de esto, es importante que al menos estemos en las calles, que se note nuestra presencia, no renunciar a la propaganda por el hecho. Desde fuera puede parecer que carece de importancia, pero estar ahí, y no renunciar al discurso propio, es vital. Y lo he podido comprobar personalmente. De lo más pequeño a lo más grande, en cualquier momento puedes ahondar en un conflicto, radicalizar una situación, mostrar eficacia o experiencia. Tu comportamiento habla más de tu propuesta política y social que ningún discurso. Cuando un grupo de manifestantes se sientan y empiezan a entonar de nuevo el “som gent de pau”, es importante que una presencia discordante les recuerde que sentados invitan a que carguen y que dejan expuesta una zona del cuerpo tan sensible como la cabeza. Cuando los cánticos capacitistas y machistas se abren paso, es necesario romper esa dinámica e introducir consignas anticapitalistas o libertarias que sirvan de contrapeso. Cuando un grupo de jóvenes corren descamisados y a cara descubierta huyendo de las sirenas, es difícil que se olviden del militante anarquista que les hizo un tutorial in situ sobre cómo taparse completamente el rostro y la cabeza con las camisetas que colgaban de sus cinturas. Cuando los ánimos están inflamados después de cantar Els segadors, no está de más recordar a quienes te rodean que la letra de ese himno la compuso un antiguo anarquista llamado Emili Guayavents (1899) y que de ahí viene lo de: “com fem caure espigues d’or/quan convé seguem cadenes4 y disfrutar de cómo los pibes y pibas que te han escuchado empiezan a comentar el dato. Cuando un fascista se embosca para reventar una manifestación, puede suponer un cambio de perspectiva entre los presentes que sea un anarquista el primero en detectar la jugada y en expulsar al “agente provocador”. Todo esto, aunque apenas suponga una minúscula gota más en la corriente, es importante para alimentar el cauce y empujarlo fuera de las aguas mansas.

Lo repito: no estamos ante una revolución, ni estamos tampoco ante una lucha perfecta. Ninguna lo es, ninguna lo será. Los agoreros que en cada revuelta o movilización social denuncian que “no durará”, que “fracasará” o que “no es una revolución integral”, siempre tienen y van a tener razón. La tienen ahora con respecto a los disturbios de Catalunya, la tuvieron hace poco en relación al 15-M, la tuvieron hace mucho cuando hablaban del Mayo del 68, pero también la habrían tenido si hubieran estado vivos el 19 de Julio de 1936 y hubieran podido recorrer las calles de Barcelona. Todas las revoluciones y conatos de revoluciones que se han producido, a lo largo de la historia de la humanidad, o han fracasado o han sido traicionadas, y muchas de ellas han sido lo suficientemente parciales como para que el término revolución les quede, tal vez, demasiado grande. Los agoreros no aciertan porque sean unos “genios clarividentes”, lo hacen porque su horizonte analítico tiene, en realidad, la misma complejidad que la de recordarnos que todos vamos a morir5. La cuestión es si, conociendo esa obviedad, el alto porcentaje de fracaso, desmovilización y represión que nos espera, merece la pena moverse, tensionar la situación, ganar peso, experiencia y número de cara al futuro, llevar los acontecimientos hasta sus límites, luchar sin idealizaciones ni esperanzas vagas o, por el contrario, quedarse cruzados de brazos, criticando desde la distancia, y esperando a que nos llegue la muerte. Como decía Simone Weil: “no me gusta la guerra, pero en la guerra siempre me pareció que lo más horrible era la situación de los que permanecían en la retaguardia”6.

Al regresar de Barcelona una compañera del Sindicato de Inquilinas me preguntó: “al final, los que están en las calles, ¿quiénes son? ¿Son independentistas o son antisistema?”. Y le tuve que contestar lo que vi: son pueblo, simplemente pueblo, un pueblo que está empezando a perder el miedo. Esa es la verdad sobre las llamas de Barcelona.

Ruymán Rodríguez

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1 La táctica de la criminalización ha tratado, como siempre, de arrastrar a la gente por las tripas, y los medios no han parado de difundir las cifras del Ayuntamiento de Barcelona que estima en un millón y medio de euros el gasto por los contenedores quemados. La reacción de mucha gente ha sido la de no explicarse como un Ayuntamiento puede comprar a un precio tan elevado unos simples contenedores. ¿Se los compra acaso a Swarovski?

2 Para conocer más sobre el conflicto ideológico y generacional que supuso el Mayo del 68 dentro del movimiento libertario, es recomendable leer el capítulo (“1968. La revuelta antiautoritaria en Europa” pp. 219-246) que Octavio Alberola y Ariane Gransac le dedican a dicho acontecimiento en su libro El anarquismo español y la acción revolucionaria (1961-1974) (2004, Ed. Virus). En dicho libro también se explica que el desencuentro se escenificó ostensiblemente en el Congreso Anarquista de Carrara (Italia) de 1968. Para más información sobre dicho congreso y sus cuitas internas recomiendo el artículo de Luis Nuevo “Congreso Anarquista Internacional de Carrara de 1968. El anarquismo delante del espejo” para la Redacción de Noticias de Alasbarricadas.org.

3 Escrito de los editores de Noir et Rouge leído en el citado Congreso de Carrara, ibíd.

4 “Como hacemos caer espigas de oro/cuando conviene segamos cadenas”.

5 En realidad, nadie conoce la fórmula exacta para que una revuelta vaya a más y pueda amenazar con transformar verdaderamente las cosas. De hecho, es casi imposible de prever. Como explica Éric Hazan en el capítulo “Politización” (pp. 21-42) de su ensayo La dinámica de la revuelta (reeditado este mismo octubre del 2019 por Virus Editorial), ni siquiera el nivel de politización del pueblo es un factor clave para ello. Hubo momentos históricos en los que las revoluciones fueron más provocadas por el hambre y la desesperación que por la politización de las masas (Francia 1789, Rusia 1917), otros en los que politización confluyó con factores económicos y sociales (España 1936) y otros donde a pesar del alto nivel de politización no ocurrió nada a efectos revolucionarios (Italia en la década de los 70). La revolución es y será siempre un campo abierto a la experimentación, donde la historia sirve de pista pero no de brújula.

6 En H.M. Enzensberger, El corto verano de la anarquía, 1998, p. 170, Ed. Anagrama.

Lagrimitas de cocodrilo

Por Acratosaurio rex

Alasbarricadas.org

Entre las múltiples distracciones que me ofrece internet a través del youtube, una ha sido disfrutar del visionado de la entrevista que se le hace a Ada Colau cuando se emociona y se le saltan las lágrimas. Le preguntan si no pensó en dejar la política y llora un poquitín. La he visto primero a alta velocidad que queda muy gracioso. Y luego a cámara lenta es aún más divertido, porque parece que Satán habla por su boca.

No tengo nada en contra de la alcaldesa Colau, de verdad. Manda en Barcelona y yo vivo a tomar por saco de ella. Simplemente quiero comentar eso de «dejar la política», a través de su sano ejemplo. Sigue leyendo Lagrimitas de cocodrilo